miércoles, 7 de julio de 2010

Lenguaje y evolución

Tradicionalmente, la relación entre lenguaje y evolución casi siempre se ha establecido en función de los cambios anatómicos. El concepto de que el lenguaje es un proceso biológico mediado por la estrecha interconexión de las características evolutivas, psicobiológicas, sociales, demográficas y ambientales en general de sus poseedores, parece que aunque se intuía tal apreciación su repercusión en los estudios prehistóricos ha sido prácticamente nula. Siempre se ha relacionado la capacidad de vocalización sonora (aparato fonador regulado por el cerebro) como la prueba real de la producción lingüística. Así, cualquier desarrollo evolutivo de cualquier componente anatómico relacionado con ese aparato fonador (boca, faringe, laringe, etc.), o de los centros neurológicos aparentemente relacionados con su control (p. e. el área de Broca), ha sido visto como un claro exponente del desarrollo lingüístico de sus poseedores. El limitado concepto de que los cambios biológicos mediados por la evolución tenían que ofrecer alguna ventaja y superar los efectos de la Selección Natural, tan usado en los medios paleontológicos y arqueológicos, llevaba inexorablemente a tal conclusión.

En este sentido, se comparó la anatomía fonadora humana con la del resto de los primates conocidos. La diferencia fue evidente, aunque se concluyó que se podía aceptar un cierto lenguaje en los monos, aunque con una gran limitación en su articulación sonora, con lo que la capacidad de articular sonidos para formar las palabras quedarían como una propiedad humana que le distinguiría del resto de los animales. Naturalmente, hay que destacar la diferencia cognitiva que nos separa.

Tan centrados estábamos en la aparente marcha ascendente de la evolución que no se ha tenido en cuenta un hecho muy importante (lo pasamos por alto, o lo ignoramos por molesto). En la naturaleza encontramos una larga serie de aves (loros, papagayos, periquitos, etc.) que pueden articular perfectamente los mismos sonidos que tan ufanamente nos atribuimos en exclusividad. Estas aves pueden emitir sonidos que son fácilmente confundidos con los producidos por los humanos. Seguro que muchos habrán encontrado rápidamente la enorme diferencia que nos separa de este conjunto de aves tan particulares. Tampoco pueden pensar, limitándose sus actuaciones sonoras a la simple repetición de unos sonidos que han aprendido con anterioridad.



Ante estos hechos nos podemos preguntar: ¿Con qué finalidad la evolución creó esta alta capacidad de articulación sonora a estos animales, si no les suponía ninguna ventaja selectiva? La primera conclusión que sacamos es que el proceso biológico que denominamos como evolución es mucho más complejo que la simple idea del cambio evolutivo por mutaciones genéticas y su posterior paso a la Selección Natural (Paleontología, Biología evolutiva, Genética y Arqueología en la transición).  


La segunda es que no es lo mismo capacidad de realizar una determinada conducta que su propia realización. Las capacidades evolutivas deben entenderse como posibilidades que tienen que realizarse dependiendo de las características del medio ambiente en el que nacen, crecen y procrean. El ser humano puede hablar (tiene esa capacidad), pero sólo puede realizar o desarrollar si crece en un medio social que posea ya este desarrollo lingüístico. Tal conclusión se conoce como el período crítico de adquisición del lenguaje.

Por tanto, no deja de ser curioso que en la naturaleza existen animales (p. e. Los primates) que tienen una importante limitación para articular sonidos, y sin embargo tienen un lenguaje con cierta complejidad (intencionado para transmitir lo que piensan, socialmente comprendido y con consecuencias en su conducta), mientras otros (estas aves), que sí pueden articular fácilmente sonidos, carecen de un lenguaje de estas características.

¿Dónde se encuentra la clave de la diferencia del lenguaje humano con el resto de los seres vivos? Parece ser que la capacidad de articular sonidos no constituye la diferencia que mayor importancia pueda tener. Existe un numeroso grupo de seres humanos que no puede articular palabras por ser mudos, es decir, sordos que no han aprendido a articular los sonidos del lenguaje, pero que tienen un lenguaje de signos que hace el mismo papel que pueda tener el lenguaje sonoro. Si la clave no radica en el medio empleado para transmitir lo que pensamos, la gran diferencia debe centrarse precisamente en la cualidad de lo que queremos transmitir y la capacidad de entenderlo, es decir, en las características de nuestro pensamiento.

Por tanto, en función de las particularidades que haya alcanzado nuestro pensamiento, así de complejo será el lenguaje que tengamos. En este sentido, el lenguaje admite amplios márgenes, pues varía desde ser una simple exposición simbolizada por medio de sonidos y/o gestos de nuestros pensamientos, hasta alcanzar niveles propios de las sociedades modernas. Lo que ocurre cuando es capaz de tener, en su desarrollo cotidiano, las abstracciones que más nos caracterizan: el simbolismo de nuestra identidad personal y social, correctamente ubicados en las coordenadas del tiempo y del espacio, y de todas las posibilidades de conducta simbólica que de ellos se derivan.

Con estas ideas, el aspecto lingüístico del lenguaje (articulación sonora y/o gestual) es simplemente el aprovechamiento de unas cualidades evolutivas para lograr un fin de mayor trascendencia, la comunicación de nuestros pensamientos al resto de la sociedad (emisión y comprensión).

El rastreo evolutivo del lenguaje en nuestro linaje se ha desarrollado por medio de la Paleoantropología, donde inexorablemente los factores anatómicos han sido prácticamente su única vía de acción, como parece natural teniendo en cuenta las características metodológicas de tal disciplina. El testimonio paleontológico es el único sobre la realidad de los cambios anatómicos en el curso de la evolución, pero actualmente no es capaz de indicar con claridad los caminos seguidos en tal complejo proceso y de tan larga duración. Respecto de la evolución lingüística siempre se han tenido en cuenta los desarrollos evolutivos del aparato fonador. En este sentido, destacan el descenso de la laringe (Laitman, 1983), la angulación de la base del cráneo (Lieberman, Pearson y Mowbray, 2000), el grosor de los nervios Hipoglosos (Kay et al, 1998) o el desarrollo del canal medular (Wynn, 1998). Sin embargo, todos estos datos sólo indican la posibilidad de emitir una gran variedad de sonidos (propios de los seres humanos), pero no de su uso como un lenguaje simbólico (Rivera, 1998, 2002, 2005). También ofrecen datos sobre la evolución anatómica del cerebro, destacando las áreas de Broca y Wernicke con una relación lingüística clara. En general, la confirmación de todos estos datos paleontológicos sobre un uso lingüístico sólo es indirecta, y siempre dentro de la interpretación que ofrece el darwinismo tradicional, es decir, si hubo una evolución neurológica y del aparato fonador alguna ventaja selectiva tendrían para ser seleccionados positivamente. No obstante, como la información arqueológica nos indica, la realidad parece caminar por diferentes caminos interpretativos (el lenguaje del Neandertal).

Si el lenguaje está íntimamente relacionado con la conducta (constituyendo una de sus manifestaciones más importantes), su rastreo evolutivo debería haber interesado a las ciencias que estudian los procesos conductuales humanos, actuales (Neurología, Psicología, Sociología y Biología evolutiva) y del pasado (Prehistoria y Arqueología), lo que evidentemente sólo se ha realizado de una forma muy limitada y poco considerada por los medios académicos tradicionales. La Prehistoria es la ciencia que intenta analizar lo que pudo ocurrir en los primeros periodos de nuestro desarrollo cultural. En este caso, la Arqueología cognitiva (orientación psicobiológica), por coordinar las fuentes teóricas de las ciencias reseñadas anteriormente, puede ser la metodología que mejor parece adaptarse en el estudio de tan complejo proceso humano. Lo que he intentado mostrar a lo largo de los numerosos pots de este blog.

* Kay, R. F.; Cartmill, M. y Balow, M. (1998), “The hypoglossal canal and the origin of human vocal behavior”. Proceedings of the National Academy of Sciences USA, 95.5417-19.
* Laitman J. (1983), “The evolution of the hominid upper repiratory system and implications for the origins of speech. Glossogenetics: The Origin and Evolution of Language”. Proceedings of the International Transdisciplinary Symposium on Glossogenetics. Eric de Grolier (ed.), 63-90. Paris. Harwood Academic Publishers.
* Lieberman, D. E.; Pearson, O. M. y Mowbray, K. M. (2000), “Basicraneal influence on overall cranial shape”. Journal of Human Evolution 38: 291-315.
* Rivera, A. (1998), “Arqueología del lenguaje en el proceso evolutivo del Género Homo”. Espacio, Tiempo y Forma. Serie I, Prehistoria y Arqueología 11. Madrid. UNED.
* Rivera, A. (2004), “Arqueología cognitiva. Una orientación psicobiológica”. ArqueoWeb 6 (1). Universidad Complutense de Madrid.
* Rivera, A. (2005), Arqueología cognitiva. El origen del simbolismo humano. Madrid. Arcos/Libros
* Wynn, T. (1998), “Did Homo Erectus Speak?”. Cambridge Archaeological Journal, 8:1.