domingo 31 de enero de 2010

La transición de Paleolítico Medio al Superior desde la Arqueología cognitiva

Todas las denominaciones (Auriñaciense de transición, Correziense, Auriñaciense 0, arcaico, Fumaniense, Protoauriñaciense, inicial antiguo, etc.) utilizadas a lo largo de estos últimos años sobre el inicio del Auriñaciense vienen a corroborar la dificultad del estudio del inicio del Paleolítico Superior en Europa. Efectivamente, con los medios que nos ofrece la Arqueología y la Paleontología y los escasos datos que tenemos es muy difícil llegar a conclusiones que puedan ser aceptados por la mayoría de la comunidad científica. Un importante defecto que adolecen estas ciencias es que no tienen en cuenta las características psicobiológicas de los seres humanos que crearon los restos que con tanto interés estudian. Con estas condiciones se utilizan conceptos culturales y simbólicos con escasa base científica, presuponiendo que todas las posibilidades conductuales pueden ser posibles, pues no hay nada (desde el punto de vista arqueológico y paleontológico) que lo impida. Se atribuyen capacidades cognitivas con un carácter casi innato, obtenidas por medio de procesos evolutivos adaptativos (selección natural) que muchas veces no encajan en los datos que tenemos en el registro arqueológico. Los conceptos como el simbolismo, el lenguaje moderno, conductas metafísicas son usados sin ninguna limitación psicobiológica. Así, cualquier ser humano (moderno o neandertal) pudo haber tenido conductas con estas características, con una amplia extensión y en cualquier periodo (p e. Los enterramientos musterienses considerados con ajuar, y por tanto con creencias de otra vida espiritual o metafísica, con la única base de nuestra objetiva interpretación). Hay que resaltar el profundo desconociendo sobre las causas que motivan su desarrollo y la forma en que nuestro sistema nervioso es capaz de producirlas (capacidades cognitivas emergentes, continuum evolutivo, nicho cultural y cognitivo, etc.).

Aunque parezca obvio, siempre hay que tener presente que todas las complejas conductas modernas no pueden ser posibles en todos los periodos históricos. Si logramos encontrar características humanas y ambientales que limiten o favorezcan su producción, no cabe duda que la interpretación de los hechos prehistóricos adquiriría otra dimensión y un mayor nivel de certeza.

¿Qué nos ofrece la Arqueología cognitiva? Precisamente unos patrones de adquisición y desarrollo de la conducta humana, conocidos por medio de nuestras propiedades psicobiológicas, es decir, por medio de la unión interdisciplinar de las ciencias que estudian o están muy relacionadas con la conducta humana (Psicología, Neurología, Sociología, Biología evolutiva y Lingüística). De todo ello sacamos las siguientes conclusiones sobre la conducta de los seres humanos:

- La conducta es la consecuencia del desarrollo cognitivo de sus creadores.
- El desarrollo cognitivo depende de las propias capacidades cognitivas de la especie y del medioambiente que las puede desarrollar, considerado como nicho cultural (Bickerton, 2009) y cognitivo (Rivera, 2004).
- El desarrollo cognitivo favorece el proceso de emergencia de otras cualidades cognitivas de carácter evolutivo exaptativo (simbolismo, autoconciencia, lenguaje simbólico moderno, etc.).
- Toda cultura se produce por medio de un continuum cultural. Nada aparece de repente sino que depende de unos antecedentes culturales y cognitivos que posibilitan tal desarrollo, sólo hay que encontrar las características ambientales que las favorezcan (ambiente cognitivo).

Un importante problema metodológico puede ser la propia definición del Paleolítico Superior. Aunque sepamos que el cambio fue de muy amplias características (tecnológicas, sociales, simbólicas, lingüísticas, etc.), la tradición nos lleva a seguir considerando el inicio del cambio dentro de los parámetros tecnológicos. Sin embargo, la verdadera trascendencia conductual que supuso el mayor cambio para la Humanidad fue el desarrollo de una conducta de características plenamente simbólicas, de las que son una simple consecuencia los cambios tecnológicos que vemos en los yacimientos. En este sentido, creo que el desarrollo de ciertas capacidades emergentes constituye un proceso clave en la explicación de tal cambio, lo que evidentemente no ha sido ni siquiera considerado.

De en este periodo transicional conocemos con certeza una serie de hechos:
- El cambio fue muy importante en la conducta, naturalmente sin tener que acudir a nuevos cambios evolutivos, que con toda certeza no se pudieron producir en tan corto número de años (transición paleolítica: 45-35000 BP).
- Los grupos humanos (neandertales y HAM) que desarrollaron formas conductuales con claros componentes simbólicos (adornos) existían hacia muchos milenios sin que se produjeran, al menos no con la claridad que vemos en este periodo, tales conductas.
- Las capacidades cognitivas existían, pero las características medioambientales no, al menos con la intensidad requerida para producir estos cambios cognitivos y culturales que van a configurar al Paleolítico Superior (nicho cultural y cognitivo adecuado).
- La forma de aparición cultural de este periodo de transición fue como un mosaico conductual (Straus, 2005), lo que es un claro exponente de las características necesarias mencionadas anteriormente. Donde alcanzaron tales mínimos, allí tendría lugar un proceso de desarrollo cognitivo que configuro la emergencia cognitiva necesaria pare crear y desarrollar los componentes que van a producir un nuevo y diferente modo de entender el mundo (autoconciencia, simbolismo moderno, y una conducta reflexiva y flexible). Naturalmente, dentro de un característico proceso de evolución cultural y conductual (continuum), pues la única otra explicación sería un proceso de dispersión cultural y/o humana a partir de un lugar donde se pudo producir el inicial continuum cultural que vaya a formar la cultura a expandir, lo que sin duda hay que comprobar arqueológicamente.

La conducta reflexiva y flexible (principal característica humana) se desarrolla a partir de alcanzar cierto nivel de autoconciencia con una ubicación temporal y espacial adecuada. Con la autoconciencia se adquiere una mayor capacidad de reflexión, pues se utiliza la información que nos ofrece la naturaleza dentro de unos parámetros temporales y espaciales desarrollados. La reflexión lleva a la flexibilidad conductual, y esta al desarrollo tecnológico de tipos, materias primas, cadenas operativas, tecnología. Todo esto se plasma en los yacimientos por medio de las características tecnológicas del periodo, los adornos y desarrollo social. Pero para su desarrollo es necesario cierto ambiente cognitivo que actuando sobre unos antecedentes adecuados pueda favorecer la evolución cognitiva.

Cuando estudiemos la transición europea, habrá que aplicar los anteriores conceptos a las poblaciones humanas que habitaron el continente, y las conclusiones que obtengamos sobre sus pobladores deben inexcusablemente adaptarse a las características conductuales señaladas y, por supuesto, evitar un antagonismo conductual inexplicable entre ellos. Así, la conducta en un mismo espacio (Europa) y tiempo (transición paleolítica) de diversos grupos humanos debe de extenderse a todos los seres humanos sin obviar a unos en favor de la explicación de otros.

Hay que evitar, en lo posible, las sencillas e imprecisas explicaciones etnográficas conocidas en la actualidad a las poblaciones de este periodo de cambio. Lo que ocurrió sólo podemos intuirlos por medio del registro arqueológico, y los modelos de trabajo deben de nacer del estudio del mismo, no de las comparaciones etnográficas, pues con ello nunca tendremos un mínimo de certeza de que fueron así o de otra manera. La aplicación del modelo psicobiológico debe realizarse exclusivamente sobre los datos extraídos de los yacimientos, pero de todos o al menos de una mayoría representativa de los mismos, no de unos pocos que nos puedan interesar. Sólo a partir de amplios estudios conductuales de una población, es de donde podemos obtener conclusiones más adecuadas y de mayor poder explicativo.

Todo esto nos lleva a poder estudiar tan complejo periodo con un método razonablemente sustentado por otras ciencias (modelo psicobiológico), lo que sin duda nos ofrece una mayor seguridad (por supuesto nunca absoluta) en las conclusiones que obtengamos. Lo iremos viendo poco a poco.

* Bickerton, A. (2009): Adam´s Tongue: How Humans Made Language, How Language Made Humans (New York: Hill and Wang.
* Straus, L. G. (2005): “A mosaic of change: the Middle–Upper Paleolithic transition as viewed from New Mexico and Iberia”. Quaternary International. 137, (1): 47-67.

jueves 28 de enero de 2010

Dificultades interpretativas del Auriñaciense

El Auriñaciense ha sufrido diversas denominaciones y variaciones sobre el papel que pudo tener en el inicio del Paleolítico Superior europeo. Las causas son variadas, aunque creo que la falta de datos es el principal causante de la incertidumbre que aún tenemos sobre las primeras culturas simbólicas en Europa. Igualmente, hay que añadir la gran dificultad que supuso durante el siglo XIX iniciar la investigación de las culturas paleolíticas europeas, con una falta absoluta de base sobre la que desarrollar tal trabajo. Un buen ejemplo de tal complejidad lo podemos apreciar en un artículo de A. Arrizabalaga (1998) sobre la gestación de la Prehistoria europea. 


Sin embargo, no hay que olvidar otras motivaciones encauzaron la investigación arqueológica por caminos que posiblemente no sean los más idóneos. En este sentido, hay que reseñar la excesiva parcelación científica que caracterizó durante todo el siglo XX la ciencia en general. En este periodo, prácticamente cada disciplina desarrollaba su método y forma de estudio de sus contenidos con una casi total independencia de otras disciplinas que, por tener puntos teóricos y prácticos comunes, deberían tener una mutua influencia entre ellas. En el caso de la Arqueología prehistórica tal proceso adquirió una gran importancia, pues tradicionalmente se ha estudiado la conducta humana del paleolítico de espaldas a las ciencias que tienen como principal fin el estudio de la conducta de los seres humanos, ya sea de una forma directa (Psicología, Sociología) o algo más indirecta (Neurología, Biología evolutiva, Lingüística, etc.). Pero esta forma de actuación tiene cierta justificación, aunque no demasiado lógica. Por un lado, tal falta de sintonía científica afectaba a todas las ciencias en general. En este sentido, la Psicología nunca se interesó por el estudio del comportamiento humano en la Prehistoria, aunque hay que comprender que su principal meta siempre fue el estudio y tratamiento de las alteraciones conductuales humanas.  


En este punto hay que hacer un pequeño inciso, no todos los países desarrollaron con igual intensidad tal forma de desarrollo científico. En Europa, donde se sitúan los yacimientos que van a conformar el panorama prehistórico, los científicos se volcaron por una metodología adecuada al estudio de los fósiles humanos y los utensilios asociados a ellos. En el resto del mundo, sobre todo en lo que se denomina genéricamente como mundo anglosajón, con la carencia de yacimientos y una mayor tradición etnológica se decantaron por una intervención de tipo antropológico, creadora de teoría humanas de mayor amplitud y generalidad, desarrollando prácticamente todas las corrientes metodológicas que se han ido ensayando en el estudio de la Prehistoria. Diversas voces se han alzado buscando un punto de encuentro entre ambas formas de enfocar su estudio (Prehistoria, Arqueología y/o Antropología).


La última causa que dificulta la investigación paleolítica es la falta de un método que facilite su desarrollo. Primero, creando teorías de gran amplitud explicativa. Segundo, entendiendo la Prehistoria como la parte de la Historia en la que se produjo la evolución biológica, cultural y cognitiva de nuestro linaje. Para su estudio hay que entender y valorar las conductas (sociales, cognitivas, simbólicas, logísticas y tecnológicas) visibles en los yacimientos. Por lo que los aspectos tecnológicos (sin duda los más numerosos y mejor conservados) sólo son una parte (y no precisamente la más representativa de la conducta humana) de todas sus manifestaciones culturales (Bon et al. 2002), como ya indiqué en otros apartados (AuriñacienseConcepto del Paleolítico Superior). 


Tras esta introducción entraré en las consecuencias que tienen estas consideraciones sobre el inicio del Paleolítico Superior, y más concretamente sobre el Auriñaciense. Ya se vio en el artículo de Arrizabalaga (1998) la existencia de una tradición lineal sobre la evolución de las culturas prehistóricas. Aunque en gran parte se ha superado, parece que hasta muy recientemente se ha mantenido, sobre todo como consecuencia de basar la evolución cultural en base de los logros tecnológicos. La Arqueología actual (prácticamente la de este siglo) nos enseña que las cosas son mucho más complejas de lo que se creía, teniendo que ir con mucha cautela y aprovechar todo lo que las ciencias de la conducta nos puedan aportar.  


Del Auriñaciense en sus primeros momentos debemos de tener en cuenta que no es un tecnocomplejo homogéneo (como cabría esperar en un modelo difusionista), sino que presenta numerosas variaciones tanto industriales como geográficas, lo que plantea incógnitas muy intensas sobre su origen, dispersión y naturaleza (Bon et al. 2002). Cuando hablamos de tecnocomplejos hay que tener en cuenta la restricción cultural y conductual que tal definición significa, pero la realidad es que en la segunda mitad del siglo XX era un termino muy usado, justificado por la limitación de los datos que se tenían de las poblaciones paleolíticas y un enfoque demasiado limitado a los restos líticos. 


Con la concreción del Auriñaciense como una de las primeras conductas del Paleolítico Superior, los problemas sobre su origen, desarrollo e incluso autoría (de sus primeras fases) no han parado de producirse, produciendo una importante controversia al relacionarle con el Chatelperroniense y el papel de los neandertales en todo el proceso. 


Aunque el Auriñaciense parece ser una cultura perfectamente definida, en sus primeros momentos en los que puede detectar algunos de sus útiles más característicos, las cosas no están nada claras. Debido a los problemas interpretativos y a las teorías generales sobre el inicio del Paleolítico Superior (p. e. Stringer y Gamble, 1996), la presencia de sus primeros datos arqueológicos basados en un impreciso Auriñaciense junto con abundantes elementos musterienses, ha planteado un importante reto sobre su interpretación. La literatura arqueológica así lo demuestra, pues muchas han sido las denominaciones e interpretaciones que de tales conjuntos arqueológicos se han creado, llegando a la actualidad con una importante controversia. 


En 1969 F Jordá Cerda publicaba un artículo titulado Los comienzos del Paleolítico superior en Asturias en el que la cueva de El Conde (o del Forno), a orillas del río Trubia. En dicha cueva, sobre niveles musterienses se habían depositado materiales de características transicionales, que le sirvieron, junto con los del nivel 8 del Otero, para definir un Auriñacomusteriense, o un Auriñaciense de transición, anterior al Auriñaciense clásico (Fortea Pérez, 2000-2001). En ese momento poca trascendencia pudo tener tales consideraciones, más aún con la posterior manifestación de la teoría del Out of Africa, el origen del Auriñaciense había que buscarlo fuera de Europa, siendo traído a nuestro continente ya constituido por los HAM (aunque con un grado de desarrollo inicial sin especificar). La consecutiva datación de los primeros yacimientos atribuidos a esta cultura, con su gran antigüedad (sobre el 40000 BP), indicaba que fueron los HAM los que introdujeron la modernidad en Europa. Paralelamente se produjo una gran influencia cultural en los neandertales, los cuales desarrollaron el Chatelperroniense y el Uluzziense, pero como un pobre reflejo de la moderna tecnología Auriñaciense. Todo este entramado difusionista estaba fundamentado en datos exclusivamente arqueológicos (cronología y tecnología de los yacimientos), en una teoría general sobre la expansión de los HAM poco elaborada, y en una interpretación de los datos arqueológicos en los que se excluían cualquier aportación de la realidad psicobiológica de los humanos que hicieron posible tales hechos históricos. 


La complejidad de los yacimientos correspondientes a estas etapas iba a mostrar unos hechos diferentes a lo expuesto tan apresuradamente, tras comprobar por medio del ADNmt y los fósiles africanos que el origen de nuestra especie se situaría en Africa con una antigüedad de unos 150000 años.


Los yacimientos con esta confusa tecnología lítica fueron sucediéndose por numerosas zonas europeas, recibiendo diversa denominación, y creando cierta confusión en su atribución cultural, y posteriormente atribución humana. Ante la dominancia total de los HAM en el desarrollo del Paleolítico Superior, en los últimos años del siglo XX apareció una teoría que contradecía su autoría exclusiva. En ella, el origen de los diferentes complejos industriales del inicio del Paleolítico Superior se explica como un desarrollo local por parte de los neandertales. La ausencia de fósiles, tanto de neandertales como de HAM en estos conflictivos estratos, impedía tener un preciso conocimiento sobre su atribución humana. Así mismo, la confusa mezcolanza de útiles musterienses y elementos líticos del Paleolítico Superior facilitaba cierta inclinación a creer que su origen sería a partir de unos componentes tecnológicos musterienses o locales. Además, el Chatelperroniense así lo atestiguaba, pues fue claramente atribuido a los neandertales a partir del desarrollo tecnológico de un Musteriense del tipo MTA B (Pelegrin y Soressi, 2007). 


El concepto de transición, heterogénea y compleja, se ha impuesto en la actualidad, por lo que los estudios antaño clásicos de oponer las conductas del Paleolítico Medio al Superior de forma tajante, como ejemplo de la diferencia cultural de los dos periodos ya no se concibe sino con un periodo transicional más o menos largo (Arrizabalaga e Iriarte, 2006). 


Actualmente la aceptación de un periodo transicional, consecuencia de la realidad que significa toda evolución cultural (continuum conductual), constituye un proceso que siempre hay que tener en cuenta. La transición del Musteriense al Chatelperroniense es un hecho claro, pero los demás procesos transicionales, que sin duda existieron, no están tan claros. Desde el punto de vista arqueológico, estos conjuntos basculan de manera más clara hacia el Auriñaciense que hacia el Chatelperroniense, encontrándose en distintos puntos intermedios de una escala virtual en cuyos extremos dispusiéramos los canónicos Musteriense y Auriñaciense antiguo (típico, clásico, I, con azagayas de base hendida, etc.). Por su difícil ubicación ha generado una nomenclatura diversa, desde el Auriñacomusteriense ya comentado, hasta el genérico Auriñaciense antiguo de diversos yacimientos o el Auriñaciense de transición de la Cueva de El Castillo (Arrizabalaga e Iriarte, 2006). 


Efectivamente, a lo largo de estos últimos años se han ido denominando a estos conjuntos de diversa manera con diferente éxito de su uso, perdurando algunos que ofrecen cierta confusión al no saber si corresponden a los mismos periodos evolutivos, diferentes o son simplemente la manifestación del heterogéneo continuum cultural que con el tiempo desembocaría en el Auriñaciense clásico. Veremos diversas denominaciones atribuidas a estos conjuntos arqueológicos caracterizados por la presencia de elementos propios del Auriñaciense, pero con mayor o menor abundancia de componentes musterienses.


Correziense
Es una antigua expresión de Lacorre, que estaría más próximo al Auriñaciense que al Perigordiense (Inferior o Chatelperroniense. Superior o Gravetiense). Para Pradel y Sonneville-Bordes el Correziense sería un Auriñaciense, aunque en sentido amplio (lato sensu), en tanto que para Peyrony gran parte de lo que ahora se llama Correziense sería la segunda familia del Perigordiense (González Echegaray, 1980). En general, en el tiempo en que se utilizaba tal termino se referían a un Auriñaciense en su estadio inicial, por lo que se relacionaba con los también denominados Protoauriñaciense, Auriñaciense arcaico o Auriñaciense 0. A lo largo del desarrollo histórico de la Prehistoria los términos se suceden, se abandonan, pero perduran en la literatura científica, lo que puede confundir muchas veces si se vuelven a utilizar. 


Auriñaciense de transición
Termino usado sólo en el yacimiento de El Castillo. Los investigadores del yacimiento llaman al tecnocomplejo correspondiente Auriñaciense de transición, es decir un Auriñaciense que se origina en el Musteriense, y creen que la secuencia del Castillo muestra una evolución Musteriense, Auriñaciense de transición, Auriñaciense Arcaico (Cabrera et al. 2001). Para algunos el conjunto del nivel 18 pertenece culturalmente al mundo del Paleolítico Medio, como un Musteriense Final (Maroto et al.2005). 


Auriñaciense arcaico, Protoauriñaciense o Auriñaciense 0
La primera fase de esta cultura tiene diversos nominaciones que en conjunto representan a un Auriñaciense Inicial. Indistintamente también ha recibido los nombres de Auriñaciense Arcaico, Protoauriñaciense o Auriñaciense 0 (en sentido ortodoxo del termino, en comparación al llamado Auriñaciense de transición de la cueva del Castillo). (Maroto et al. 2005). Todas estas denominaciones en sus conjuntos con elementos propios del Auriñaciense, presentan elementos del Musteriense. Si bien hay cierto acuerdo en la similitud de estos términos, la realidad (conjuntos líticos y óseos, adornos, etc.) a la que se refieren en los yacimientos puede presentar variaciones más o menos importantes. No pueden considerarse como una unidad evolutiva homogénea, al menos en su producción tecnológica. En los últimos años se han realizado diversos trabajos de tecnología lítica que muestran diferentes estrategias en el seno de los distintos tecnocomplejos auriñacienses (fundamentalmente las variantes protoauriñaciense o arcaica y típica), orientados, a través de diferentes modelos de cadenas operativas, a una producción de laminitas (De la Peña Alonso, 2009). 


Auriñaciense antiguo, clásico, I y típico
Es la forma cultural del Auriñaciense en la que manifiesta plenamente desarrollado. Caracterizado por predominio de los raspadores sobre los buriles, abundantes raspadores sobre láminas auriñacienses, y los raspadores carenados y en hocico. Son típicas las láminas auriñacienses, algunas de ellas estranguladas. Se encuentran azagaya de base hendida de hueso, hasta o marfil (sería un fósil guía). (Ruiz Idarraga, 1990). 




Fumaniense mediterráneo o Protoauriñaciense (Mellars, 2006)

El Protoauriñaciense o Fumaniense corresponde a una cultura expandida por zonas próximas al paralelo 43, no separándose mucho de la costa mediterránea. Puede derivar del Ahmariense en el Próximo Oriente y posiblemente a partir del Baradostiense en el Oriente Medio (Zagros). La ruta de la difusión de esta tradición hacia Europa se realizaría bordeando el Mar Negro. Su difusión se coloca en 39300 BP. Se caracteriza por una tecnología de hojas, con abundantes laminitas de retoque marginal (Dufour). Tenemos los siguientes yacimientos: L´Arbreda, Abrí Romaní, Reclau Viver, La Viña, Isturitz, Grotta Fumane y Abri Mochi. Primeros huesos con muescas o grabados (White, 1993). 


Todas estas denominaciones vienen a corroborar la dificultad del estudio del inicio del Paleolítico Superior en Europa, y que sin duda aún estamos lejos de comprender su verdadera complejidad. Hay que entender que tanto el Chatelperroniense, como el Auriñaciense son la consecuencia del desarrollo cognitivo de sus creadores (neandertales y HAM), lo que se plasma en un continuum cultural que hay que localizar, valorar y estudiar los condicionantes medioambientales que favorecieron su desarrollo. Igualmente, hay que tener en cuenta que las dos tradiciones culturales partieron de una misma base conductual, es decir, que las dos evolucionaron de un musteriense, uno europeo y el otro posiblemente del oeste de Asia. Tras todo lo comentado en otras ocasiones sobre el Chatelperroniense (La realidad del Chatelperroniense) y lo dicho ahora, creo que hay que enfocar el estudio de la transición europea con otras premisas derivadas de la Arqueología cognitiva, lo que veremos próximamente.


* Cabrera, V.; Maillo, J. M.: Lloret, M. y Bernaldo de Quirós, F. (2001): "La transition vers le Paleolithique superieur dans la grotte du Castillo (Cantabrie, Espagne): la couche 18". L'Anthropologie 105: 505-532.
* Fortea Pérez, F. J. (2000-2001): “Los comienzos del arte paleolítico en Asturias: aportaciones desde una Arqueología contextual no postestilística”. Zephyrus, 53-54, 177-216. 
* Mellars, P. (2006): “Archaeology and the Dispersal of Modern Humans in Europe: Deconstructing the "Aurignacian". Evolutionary Anthropology.15: 167-182.
* Stringer, C. y Gamble, C. (1996): En busca de los Neandertales. Crítica. Barcelona
* White, R. (1993): “A technological View of Castelperronian and Aurignacian Body Ornaments in France”. En V. Cabrera (ed): El origen del hombre moderno en el suroeste de Europa. UNED. Madrid.

viernes 15 de enero de 2010

Simbolismo neandertal: conchas y colorantes musterienses

Una reciente publicación de la revista Proceedings of the National Academy of Sciences ofrece un estudio sobre los yacimientos de la Cueva de los Aviones y la Cueva Antón (Murcia, España). El hallazgo de pigmentaciones rojas y amarillas en las conchas perforadas sugiere que fueron usadas como adornos corporales (puede que las conchas en sí mismas, o el colorante sobre el cuerpo o vestimenta). El uso de estos materiales demostraría que las capacidades cognitivas y el desarrollo cultural y simbólico de los neandertales en la fecha de yacimiento (sobre el 50000 BP) fueron semejantes a los que poseían y lograron los HAM. 




Restos de pigmentos en una cara (derecha) de la mitad de una concha perforada hallada en el nivel 2 de la Cueva de los Aviones de Murcia. La otra mitad muestra su color natural.- PNAS/JOAO ZILHAO.





Con este trabajo los autores afirman que se ha demostrado en su totalidad la equiparación conductual, cognitiva y simbólica de las dos poblaciones. Por tanto, se disipan las dudas que sobre el simbolismo del Chatelperroniense que se puedan plantear. Esta publicación ha promovido una serie de noticias periodísticas que pueden ser expresar una realidad muy poco fundamentada.

El estudio es un buen ejemplo del trabajo de la arqueología actual. Pues tiene un exhaustivo, avanzado y complejo estudio de los elementos que el yacimiento nos ofrece, pero un discutible análisis general sobre las consecuencias que puede tener sobre el polémico periodo de la transición del Paleolítico Medio al Superior.

Si sobre las técnicas arqueológicas aplicadas y posterior análisis de laboratorio no hay nada que objetar, sobre su interpretación global si existen diversos aspectos sobre los que no puedo estar de acuerdo. Naturalmente, desde los puntos de vista de la Arqueología cognitiva.

- Se habla de capacidades cognitivas desde un punto de vista demasiado general, sin conocer la realidad que tal denominación entraña. La mayoría de las veces se utiliza como sinónimo de inteligencia, lo que en sí es ya una excesiva limitación de su significado. En psicología se refiere a los procesos psicológicos que ocurren en nuestro cerebro, tanto racionales (memoria, razonamiento, abstracción, etc.), como emocionales (motivación, sociabilidad, solidaridad, etc.), encaminados a procesar y utilizar la información que recibimos del exterior o tenemos almacenada en nuestra memoria, con el fin de adecuar la conducta de la mejor manera posible. Evidentemente, aunque aún no sepamos la dependencia estructural que puedan tener, existe una cierta independencia en el grado de manifestación de cada uno de ellos, lo que se aprecia en la gran variabilidad conductual que existe en las poblaciones humanas. Sin embargo, está claro que en el trabajo se refiere exclusivamente a las capacidades cognitivas relacionadas con el simbolismo, lo que deja fuera de análisis las demás (motivación, sociabilidad, flexibilidad y reflexividad conductual para otras tareas, etc.).

- De igual manera se habla del simbolismo de una forma muy genérica, obviando las capacidades cognitivas lo posibilitan, así como las características que presenta su origen y desarrollo. Estas características son las que constituyen el contexto cognitivo que facilita su aparición. En términos arqueológicos, sería similar al contexto arqueológico (medio en el que desenvuelven las conductas tecnológicas, sociales y económicas que configuran los datos de los yacimientos). Es decir, el simbolismo, complejo proceso cognitivo que resulta de la estrecha correlación de diversas capacidades cognitivas, solo aparece cuando las capacidades humanas lo permitan y estas puedan desarrollarse adecuadamente.

- Hay que distinguir entre capacidad cognitiva y su desarrollo, pues no son términos análogos sino entidades y procesos diferentes. Las capacidades las origina la evolución y su desarrollo viene configurado por las características ambientales.

- Además, el simbolismo no es un todo o nada. No aparece o falta totalmente, sino que existen estadios intermedios del mismo, aunque su estudio es muy complejo pues a nuestra mente le cuesta comprender aquello que no conoce.

- Por otro lado se realiza una excesiva generalización, al extender cierto comportamiento a la totalidad de la población sin datos arqueológicos que así lo afirmen, con lo que se pierde la objetividad científica que todos deseamos. Conocemos la relación existente entre algunos adornos con el Chatelperroniense, lo que no puede extenderse a la mayoría de los neandertales del periodo, pues no existe ningún dato que confirme tal generalización. Capacidad no quiere decir desarrollo, por lo que hay que buscar las características del medio ambiente que posibilitó el desarrollo de los adornos chatelperronienses, y ver igualmente si estas características (contexto cognitivo) se daban también en estas cuevas de Murcia.

- Hay que desarrollar una metodología adecuada al estudio del simbolismo humano, y abandonar las formas de análisis basadas en el criterio del arqueólogo que realiza la excavación y atribuye un simbolismo (desconocido, vagamente explicado, no estructurado y con el único fundamente de su criterio, y el que no puede tener otra utilidad que el simbolismo que el excavador le atribuye).

De estos yacimientos, en un primer examen se aprecia una tecnología musteriense más o menos desarrollada. Pero no hay tecnología ósea, ni una clara tecnología laminar. Todo parece indicar una conducta propia de los últimos yacimientos musterienses. El contexto arqueológico y cognitivo no se asemeja a los vistos en el inicio del Paleolítico Superior (tanto del Auriñaciense como del Chatelperroniense). No obstante, es posible que la existencia de cierto desarrollo demográfico, con numerosas relaciones sociales, constante relación con conchas y pigmentos de la zona, posibilitaría su uso con un incipiente contenido simbólico, en el termino de acentuación de la individualidad personal y/o social, es decir un cierto desarrollo cognitivo local, pero no duradero y desde luego sin contexto de un simbolismo consciente y metafísico (creencias de otros mundo y religión).

Se ha escrito mucho sobre la brutalidad e incapacidad cognitiva del Neandertal, aunque los que más insisten en estas extremas ideas pararen ser los que pretenden demostrar todo lo contrario. En la actualidad, creo que la mayoría de los prehistoriadores han abandonado (si es que la tuvieron alguna vez) tal concepto sobre este grupo humano, que tan bien sobrevivió a los numerosos y terribles cambios climáticos que sufrió Europa en los miles de años en los que fue su único habitante. En estos últimos años, se está comprobando como su estructura social, tecnológica y logística poco a poco fue mejorando, aunque con una heterogeneidad geográfica muy importante (puede que demasiada) en el inicio del Paleolítico Superior.

También hay que atribuírseles cierto simbolismo, primero más general sobre el del lenguaje que sin duda tuvieron (aunque posiblemente limitado en ciertos conceptos abstractos, salvo en lugares muy concretos y en periodos muy recientes: núcleos del Chatelperroniense). Segundo, mucho más localizado en lugares donde las condiciones medioambientales (demográficas, sociales, tecnológicas y lingüísticas) lo posibilitasen. Hay que tener siempre presente que ni los HAM tuvieron siempre un pensamiento simbólico (considerado como moderno) a lo largo de su existencia como especie.

Aunque las dos poblaciones (neandertales y HAM) tuvieran unas capacidades cognitivas elevadas y, por tanto, una capacidad de desarrollo conductual de carácter simbólico, su desarrollo no fue igual. La Arqueología, desde un punto general y lo más objetivamente posible, así parece indicar. Pues mientras que los HAM una vez que alcanzaron un grado de desarrollo cognitivo que les permitió construir un mundo simbólico en Europa (contexto cognitivo: motivación, sociabilidad, flexibilidad y reflexividad conductual para otras tareas, etc.), no lo abandonaron y se extendió a todas las poblaciones humanas modernas. Sin embargo, estas mismas características no se aprecian entre los yacimientos atribuidos a los neandertales en Europa, donde la gran mayoría de ellos perduraron en un Musteriense (todo lo desarrollado que se pueda admitir), sin datos arqueológicos que atestigüen una conducta simbólica clara. Aunque también es cierto que en limitadas poblaciones de neandertales (concierto contexto cognitivo) se dieron conductas que podemos considerar como simbólicas.

Todo análisis sobre el simbolismo humano tiene que realizarse con una base algo estructurada sobre su inicio y condiciones de desarrollo. Es decir, sobre la base del conocimiento de nuestras propias características psicobiológicas. Fuera de estos parámetros, la subjetividad e imprecisión teórica serían las que dirigieran tal estudio, por lo que sus conclusiones, aunque tuvieran algo de verdad, no sería toda la verdad que las ciencias de la conducta actuales nos pueden ofrecer.

viernes 8 de enero de 2010

Auriñaciense

Tradicionalmente se ha considerado al Auriñaciense como la primera cultura simbólica realizada por los HAM en Europa. Sin embargo, en la actualidad está en discusión la autoría poblacional (neandertales o HAM) sobre inicio del simbolismo europeo, pues un grupo de autores se decantan por considerar que los HAM fueron los que primero desarrollaron tal conducta (p. e. Mellars, 2005; Stringer y Gamble, 1996), mientras que otros consideran que fue el Neandertal con el Chatelperroniense quien inició la conducta con claras evidencias de simbolismo por medio de adornos corporales (p. e. D´Errico et al. 2003). En este sentido, ya hablé del simbolismo en el Chatelperroniense y su posible relación con los HAM. Ahora toca el turno de comentar el origen y desarrollo del Auriñaciense, tanto tecnológicamente como en el simbolismo que caracterizó a sus creadores. Esta cultura presenta tres problemas fundamentales: 

- Primero, sobre el área geográfica de su propio origen, pues en el registro arqueológico no existe un lugar determinado donde podamos ver con claridad el desarrollo de esta cultura paleolítica.

El origen de esta forma de ver el nacimiento y expansión de la cultura aparece con la utilización de un modelo clásico sobre la creación y expansión de cualquier cultura, como es el paradigma difusionista tan utilizado con anterioridad. En él, hay que buscar un lugar de origen donde se observen estratigrafías claras y evidentes, para que avalen dicha zona como origen y sirvan de foco de expansión a los diversos lugares en los que existan yacimientos con restos de estas culturas. Tradicionalmente, es el primer problema que más trabajos han suscitado, en el intento de establecer un área donde ubicar su origen. Sin embargo, por lo menos hasta la fecha actual, no se ha podido localizar ninguna zona geográfica donde situar el inicio de su andadura tecnológica y cultural, para después expandirse a Europa. Las causas, como siempre, se deben a diversos factores. Se ha insistido, siguiendo los cauces tradicionales de la Arqueología, en buscar una amplia secuencia estratigráfica que, en sus sucesivos niveles, muestre la evolución tecnológica de esta industria en sus variadas facetas (tecnología laminar, ósea y creación de adornos). Desde hace varios años conocemos diversos yacimientos en el Próximo Oriente que, en un principio, pudieran cumplir este requisito. En ellos, aparecen unas secuencias estratigráficas que reflejan cierta evolución tecnológica, las más conocidas son las de Boker Tachtit en Israel (Marks, 1989) y Ksar Akil en el Líbano (Ohnuma y Bergman, 1990). Pero su información se limitaba a indicar la presencia de una evolución de la talla laminar, que afectaba a su industria lítica, lo que en aquellos años era la información que más se atribuía a la transición al Paleolítico Superior. Por tanto, en el momento de su estudio fueron denominadas como industrias transicionales, al pensar que podrían corresponder con uno de los focos donde se produjo el paso a la cultura moderna. Sin embargo, el Auriñaciense levantino de esta zona es muy tardío, pues no es más antiguo del 36.000 BP (Bar-Yosef, 1996), lo que invalida esta área como origen del Auriñaciense, por lo menos en su cronología y en los aspectos más característicos de la conducta moderna, como fueron la aparición de los adornos, el uso de otras materias primas y la creación de nuevos útiles. La realidad es que, tanto en Asia como en Europa no conocemos ninguna zona geográfica que nos ofrezca pautas de este desarrollo tecnológico y cultural con la suficiente intensidad y complejidad como para poder asumir que pudo corresponder al centro o a uno de sus centros de origen. A pesar de ello, y basándose en las dataciones muy antiguas, se han atribuido su origen a diversos yacimientos de Europa, dependiendo de los datos de excavaciones locales, sería el caso de Bacho Kiro en Bulgaria (Kozlowski, 1988), la cueva de El Castillo en España (Cabrera y Bischoff, 1989) y Geissenklösterle en Alemania (Conard y Bolus, 2003).

- Segundo, la forma de afrontar el continuum cultural que toda cultura conlleva, teniendo en cuenta que en este periodo todas las culturas se desarrollan a partir de tecnologías y conductas sin un claro simbolismo (Musteriense), hasta lograr unas formas conductuales y simbólicas consideradas como modernas (Chatelperroniense, Uluzziense y Auriñaciense). Puede resultar conveniente emplear conceptos formales más difusos (como el de transición Paleolítico medio-superior), y someter a una cuidadosa crítica todas aquellas denominaciones que venimos empleando durante el último medio siglo de forma excesivamente categórica en el periodo de inicio del Paleolítico Superior Castelperroniense, Musteriense, Protoauriñaciense, Auriñaciense “antiguo”, etc.). Habrá que valorar si el modo más objetivo de estudiar esta transición exige considerar como realidad histórica las variaciones culturales de carácter diacrónico como ha sido habitual hasta la fecha, en contra de las tradicionales y sistemáticas oposiciones del conjunto del Paleolítico Medio al Paleolítico Superior (Arrizabalaga e Iriarte, 2006). Es decir, admitir con todas sus consecuencias el continuum cultural que significa todo cambio en sus manifestaciones. En realidad, lo que estamos tratando de comprender es la constante (muy lenta en principio, pero mucho más rápida a partir de este periodo transicional) variación cultural de las poblaciones humanas, las cuales dan un salto fundamental con el desarrollo del simbolismo en su conducta. Así, hablar del inicio y desarrollo del Chatelperroniense o del Auriñaciense dentro de este continuum de la transición paleolítica, es ver como culturas con un simbolismo primitivo, inconsciente y no representativo (prácticamente limitado a su precario lenguaje) se transformaron en conductas regidas por el simbolismo. Las dificultades son importantes, pues como ha sido destacado por Straus (2005: 47), el valor subjetivo de la asignación de etiqueta a un conjunto arqueológico lastra a priori su posterior interpretación. En este sentido, tal problema se enlaza con el primero, pues puede que su origen sea la consecuencia de un proceso de mayor amplitud espacial (más que una precisa zona geográfica) e incluso de mayor duración temporal, abarcando todo el tiempo que se considera la transición del Paleolítico Medio al Superior.

- Tercero, sobre los procesos cognitivos que dieron lugar al desarrollo de una tecnología y conducta propia del Paleolítico Superior, es decir, con una conducta reflexiva y base simbólica moderna. Hay que añadir el conocimiento de las particularidades sociales, económicas, demográficas y lingüísticas que posibilitaron tal progreso cognitivo (origen medioambiental), pues el soporte psicobiológico necesario (origen evolutivo), hacía tiempo que se había consumado.

Es desde la Arqueología Cognitiva donde hay que analizar estos últimos problemas. La creación de toda cultura corresponde a un proceso de desarrollo cognitivo (capacidades cognitivas emergentes), motivado por diversas causas, que siempre hay que analizar. Todo proceso de evolución cultural se produciría en un período de tiempo y en unas zonas geográficas cuya duración y amplitud es necesario determinar. La parquedad de información obliga a realizar generalizaciones teóricas, en las que se aprecia una gran falta de precisión. No obstante, en el caso que tratamos, los datos pueden ser lo suficientemente importantes como para intentar establecer una explicación más detallada sobre el proceso temporal y geográfico que significó el inicio del Auriñaciense. Los factores socioculturales, demográficos y medioambientales que influyeron sobre las capacidades cognitivas aún no desarrolladas con plenitud en los HAM, favorecerían la creación de nuevas conductas caracterizadas por la reflexividad y flexibilidad propias de la conducta moderna o simbólica. La causa de tal desarrollo se centra en la adquisición del concepto de la individualidad social y personal, con un nivel lo suficientemente alto como para poder desarrollar un razonamiento reflexivo capaz de crear altos niveles de autoconciencia y de un lenguaje simbólico, donde los conceptos de individualización y las ideas temporales y espaciales pudieran manifestarse con plena unión funcional, ofreciendo nuevas pautas conductuales de mayor complejidad. El uso de tal lenguaje permitiría, además, la transmisión y adquisición generacional de tales propiedades.

Por tanto, el Auriñaciense en los HAM y el Chatelperroniense en los neandertales (cada uno de ellos dependiendo de sus propias capacidades cognitivas) no es sólo un desarrollo tecnológico motivado por ciertas presiones medioambientales, aunque desde luego representen una parte importante en el desarrollo del proceso, sino la manifestación cultural de un desarrollo cognitivo, impulsado por las circunstancias que se dieron en el período de inicio del Paleolítico Superior en las poblaciones de seres humanos.

En definitiva, todo lo mencionado sobre el Chatelperroniense, como cultura de evolución musteriense, que primero desarrolló su tecnología lítica y posteriormente (en un momento determinado por sus condiciones sociales, demográficas, económicas y lingüísticas), fue capaz de crear un limitado pero real mundo simbólico, debe aplicarse a los HAM en sus iniciales formas de culturas simbólicas (Auriñaciense con todos los adjetivos aplicados en su inicio: arcaico, 0, inicial, protoauriñaciense, de transición).

Por supuesto, habrá que analizarlo más detalladamente.

 
* Bar-Yosef, O. (1996): “The Middle/Upper Paleolithic transition: a view from the Eastern Mediterranean”. En E. Carbonel y M. Vaquero (eds.) The Last Neandertals, The First Anatomically Modern Humans. 51-76. URV, Tarragona.
* Cabrera, V. y Bischoff, J. L. (1989): “Accelerator 14C dates for early Upper Palaeolithic (basal Aurignacian) at El Castillo Cave (Spain)2. JAS, 16: 577-584.
* Conard, N. J. y Bolus, M. (2003): “Radiocarbon Dating the Appearance of Modern Humans and Timing of Cultural Innovations in Europe: New Results and new Challenges”. Journal of Human Evolution, 44: 333-373.
* Kozlowski, J.K. (1988): “L´Aparition du Paleolithic Superieur”. En L´Homme de Neandertal, La Mutation. Otte, M. (ed) vol.8: 11-21. Liège.
* Marks, A. E. (1989): “The Middle and Upper Palaeolithic of the Near East and the Nile Vallery: The problem of cultural transformations”. En Mellars, P. y Stringer, C. (edit.) The Human Revolution: Behavioural and Biological Perspectives in the Origines of Modern Humans. Edinburgh Univ. Press.
* Ohnuma, K. y Bergman, C. (1990): “A technological analysis of the Upper Paleolithic Levels (XXV-VI) of Ksar Akil, Lebanon”. En Mellars, P. (ed.) (1990): The emergence of Modern Humans. An Archaeological Perspective. Edinburgh U.P. Edimburgo.
* Straus, L. G. (2005): “A mosaic of change: the Middle–Upper Paleolithic transition as viewed from New Mexico and Iberia”. Quaternary International. 137, (1): 47-67.
* Stringer, C. y Gamble, C. (1996): En busca de los Neandertales. Crítica. Barcelona.

miércoles 23 de diciembre de 2009

Tecnología de los adornos chatelperronienses

Los adornos chatelperronienses, realizados con los mismos materiales y formas que los vistos en el Auriñaciense arcaico de los HAM, constituyen un punto de inflexión muy importante en la conducta de los neandertales. La creación de tal proceso tecnológico supone la aceptación de unas capacidades tecnológicas y simbólicas de los neandertales, comparables a las que poseían los HAM del periodo de transición paleolítica. Pues los otros exponentes de simbolismo relacionados con el Neandertal (uso de ocre, enterramientos con simbolismo asociado, gravados en huesos, etc.) no ofrecían la misma seguridad que la creación de tales adornos. Sin embargo, la aceptación de que fueron los neandertales sus creadores tuvo que esperar hasta que las excavaciones arqueológicas ofrecieran pruebas concluyentes.

Desde hace años se conocen datos del registro arqueológico que indican una producción propia de tales elementos decorativos por los neandertales, incluso de que no son mezcla de niveles superiores auriñacienses. Tales afirmaciones se basan en lo siguiente:

- Existencia de restos de la talla de su tecnología lítica y ósea en los niveles chatelperronenses de la Grotta de Renne (D´Errico et al. 1998; Zilhao y D´Errico, 1999).
- En un principio de se apunto hacia la existencia de una diferente tecnología en algunas fases de la producción de los adornos, pues aunque ambos grupos utilizaban los mismos tipos de elementos como adorno y las mismas técnicas para colgar (perforación de la raíz del diente o la ranuración alrededor de la misma), cuando los neandertales agujereaban un diente lo hacían golpeando con una punta dicha raíz, mientras que los humanos modernos lo hacían de forma diferente al preferir raspados repetidos del diente hasta perforarlo (Zilhao y D´Errico, 1999).
- En el yacimiento de Quinçay no existen niveles auriñacienses superiores que puedan contaminar los estratos chatelperronenses, por lo que su industria no puede considerarse como el resultado de una mezcla de los estratos superiores (White, 1993).

Se apreciaba la una realización de los adornos con formas tecnológicas propias, es decir, realizados por los neandertales. En definitiva, que se comprueba una clara intencionalidad en la producción de estos objetos simbólicos, aparentemente con el mismo fin que perseguían los HAM, es decir, reasaltar las diferencias de la individualidad social y/o personal.

Sin embargo, si no había discusión sobre la creación de los adornos encontrados en estos yacimientos chatelperronienses, si de discrepaba en la separación tecnológica de su producción.

Tal discrepancia surgió con la interpretación de la posible existencia de un Auriñaciense interestratificado entre dos niveles Chatelperronienses en la Grotte des Fées en Châtelperron. En estos niveles se encontraron dos caninos perforados (B4, 39.780±390 BP y B5 39.150±600 BP). Uno es de zorro (perforación obtenida por raspado longitudinal de la raíz y luego percusión hasta perforar) y el otro corresponde a un ciervo rojo (perforación obtenida por rotación) (Zilhao et al. 2008).


Adornos de Grotte des Fées en Châtelperron (Zilhao et al. 2008).

Algunos autores (Mellars et al. 2007) consideran que este estrato con útiles auriñacienses y tales adornos corresponde a un Auriñaciense interestratificado entre dos niveles Chatelperronienses. Como los adornos están precisamente en los niveles dudosos, pueden tener el mismo origen que la tecnología lítica considerada como consecuencia de alteraciones estratigráficas.

Mientras que otros (Zilhao et al. 2006) opinan que los adornos encontrados son productos de los chatelperronienses (por su semejanza a los adornos de Grotte du Renne), y que los útiles líticos del Auriñaciense serían consecuencia de alteraciones postdeposicionales. Además, el canino de ciervo rojo perforado es igual al visto en Grotte du Renne. El de zorro está perforado según la técnica del Auriñaciense (Zilhao et al. 2008), diferente a lo visto en Grotte du Renne y Quinçay (White, 1993; Mellars et al. 2007). Según se crea a uno u otro grupo de autores la autoría de los mismos sería diferente.

Con esta discusión, se plantean nuevas dudas: ¿Estamos seguros de que la técnica de golpecitos corresponde exclusivamente a los neandertales, mientras que la de rotaciones se produce sólo entre los HAM? Casi con seguridad, la mayoría de los adornos del Chatelperroniense provienen de Quinçay (donde existe la certeza de la fabricación de adornos por parte de los neandertales) y de Arcy-sur-Cure. De todas maneras lo cierto es que:

- La rotación para la perforación es muy frecuente entre los HAM.
- Los golpecitos para perforar la raíz se aprecia en Quinçay.
- El previo raspado y luego golpecitos se ve en la Grotte du Renne.

La conclusión parece obvia en este aspecto. No hay suficiente seguridad ni criterios para definir en exclusividad la autoría a uno u otro grupo de una precisa técnica. Las dos técnicas pueden haber coexistido en el Auriñaciense y en el Chatelperroniense, o en ambos, lo que impide atribuciones culturales sólo por ser de una u otra técnica (Zilhao et al. 2008).

Sin embargo, hay que tener presente algunas consideraciones que matizan estos comentarios. Primero, parece que hablamos en términos de igualdad tecnológica y cognitiva, lo que no es del todo cierto, pues mientras que de los neandertales exclusivamente citamos tres yacimientos con estas características (de todos los neandertales en Europa y Asia durante toda su existencia), de los HAM son mucho más extendidos en tiempo y yacimientos (Vanhaeren y D´Errico, 2006). Segundo, el periodo de producción de los adornos chatelperronienses (dentro de su particular continuum de desarrollo chatelperroniense) coincide con la aparición contrastada de los adornos atribuidos a los HAM (Rivera, 2009). En ambos casos las materias primas y acabado son prácticamente iguales, hecho que se escapa de la simple causalidad, por lo que no es difícil admitir cierta relación de origen desconocido, pero patente. Tercero, el estudio de tales coincidencias temporales, similitudes tecnológicas y de materiales, así como la desigualdad demográfica y espacial de estos adornos entre las dos poblaciones, requiere métodos más adecuados de estudio, con un carácter claramente multidisciplinar lo más amplio posible, sobretodo con en relación con las disciplinas que estudian la conducta humana en todos sus aspectos (Neurología, Psicología, Demografía social, Sociología, Lingüística, Biología evolutiva, Estadística, etc.).


* D'Errico, F.; Zilhao, J.; Julien, M.; Baffier, D. y Pelegrin, J. (1998): “Neanderthal acculturation in western Europe? A critical review of the evidence and its interpretation”. Current Anthropology, 39 (supl.): 1-44.
* Mellars, P.; Gravina, B. y Ramsey, C. B. (2007): “Confirmation of Neanderthal/modern human interstratification at the Chatelperronian type-site”. PNAS Vol. 104 (9): 3657-3662.
* Rivera, A. (2009): “La transición del Paleolítico Medio al Superior. El Neandertal”. Arqueoweb 11 UCM.
* Zilhao, J. y D'Errico, F. (1999): “The chronology and taphonomy of the earliest Aurignacian and its implications for the understanding of Neandertal extintion”. Journal of World Prehistory 13 (1): 1-68.
* Zilhao, J.; D'Errico, F.; Bordes, J-G.; Lenoble, A.; Texier, J-P.; Rigaud, J-P. (2006): “Analysis of Aurignacian interstratification at the Châtelperronian-type site and implications for the behavioral modernity of Neandertals”. Proceedings of the National Academy of Sciences. Washington, DC 103: 33, p. 12643-12648.
* Zilhao, J. (2007): “The Emergence of Ornaments and Art: An Archaeological Perspective on the Origins of Behavioral Modernity”. Journal of Archaeological Research, Vol. 5 (1): 1-54.
* Zilhao, J.; D'Errico, F.; Bordes, J-G.; Lenoble, A.; Texier, J-P.; Rigaud, J-P. (2008): “Grotte des Fées (Châtelperron): History of Research, Stratigraphy, Dating, and Archaeology of the Châtelperronian Type-Site”. PaleoAnthropology. Pennsylvania. p. 1−42.
* Vanhaeren, M. y D´Errico, F. (2006): “Aurignacian ethno-linguistic geography of Europe revealed by personal ornaments”. Journal of Archaeological Science 33: 1105-28.
* White, R. (1993): A technological View of Castelperronian and Aurignacian Body Ornaments in France. En V. CABRERA, ed. - El origen del hombre moderno en el suroeste de Europa. UNED. Madrid

domingo 13 de diciembre de 2009

Arqueología, evolución y lenguaje.

En la explicación de la conducta humana durante el Paleolítico se dan como realidades adquiridas una serie de patrones conductuales muy parecidas, por no decir talmente iguales, a las que tenemos en la actualidad. Lo peligroso de tal actuación es que se realiza sin ninguna base que apoye tal afirmación.

Esta actuación tiene sus raíces en la tradicional relación (pobre en sus explicaciones y muy limitada en su desarrollo) que existe entre la explicación de la conducta prehistórica y la teoría de la evolución. La verdad es que, aunque en todos los programas de prehistoria se trate el tema de la evolución humana, tienen mucho más que ver con la Paleontología (fósiles, evolución morfológica, creación de especies, etc.) que con la ciencia que estudia la conducta de esos fósiles: la Prehistoria, Arqueología paleolítica o Antropología prehistórica.

La creación evolutiva de las diversas especies humanas se considera un hecho demasiado categórico, y se ven como entidades biológicas y culturales totalmente independientes, lo que como ya vimos no es tan sencillo (Subjetividad en la divulgación científica).

Sin embargo, el desarrollo de la Arqueología ha podido desmentir tan sencilla y categórica relación: Especie-cultura. Hoy en día, ya nadie atribuye una cultura determinada a una sola especie humana (p.e. Neandertal- Musteriense; HAM- culturas del Paleolítico Superior), sin explicar las diversas variaciones que se conocen (Neandertal: Musteriense y Chatelperroniense; HAM: Musteriense levantino y Auriñaciense). Pero, la explicación evolutiva del proceso de heterogeneidad cultural no está muy desarrollada ni difundida. La verdad es que muy pocas veces se exponen los posibles procesos evolutivos que van a posibilitar tal forma de evolución cultural, incluso existe cierta controversia sobre este problema (Biología evolutiva, Psicología y conducta humana).

En este sentido, donde más se nota esta traslación de conductas modernas al pasado, es cuando se habla de simbolismo. Prácticamente los humanos del Paleolítico Medio (neandertales y HAM) podían desarrollar cualquier tipo de conducta simbólica, lo único que se necesita es encontrar unos restos arqueológicos que permitan especular sobre esta posibilidad, sin conocer las condiciones ambientales que pueden o no desarrollar tal conducta ni la forma de desarrollo de sus respectivas capacidades cognitivas. La evolución creaba las capacidades cognitivas y estas se manifestarían casi inmediatamente, sólo necesitaban un leve empujón cultural y, naturalmente todas sus manifestaciones culturas y simbólicas serían iguales.

Pero la realidad, en este caso manifestada por estudios de Etnología, hace necesario matizar algunos aspectos. Todos los seres humanos actuales tienen las mismas capacidades cognitivas, pero su desarrollo y manifestación cultural y simbólica no son iguales. Parece obvio, aunque el trasfondo tiene una gran importancia, pues no me refiero a las manifestaciones culturales que caracterizan a las diferentes poblaciones humanas, sino a la propia conceptualización de su propia personalidad personal y social, y a su ubicación en el tiempo y espacio.

La percepción de la realidad y de nosotros mismos depende del medio en el que nos hemos desarrollado (biológica y culturalmente) y del lenguaje que hemos aprendido. Estas características vivénciales no son iguales entre las comunidades occidentales y, por ejemplo, las sociedades que presentan una aparente perduración de culturas prehistóricas. Sus capacidades cognitivas son exactamente las mismas (en el sentido de la población en general), pero sus manifestaciones difieren sustancialmente. Así, un niño europeo, que desde su nacimiento permanezca en estas particulares culturas, desarrollaría las mismas capacidades conductuales que las de los niños de su entorno, es decir, podría sobrevivir con las mismas garantías que sus compañeros. Pero una vez adulto le costaría mucho adaptarse y sobrevivir a las formas conductuales de los países occidentales.

Mientras que si otro niño de estas comunidades es educado en Europa, adquiriría las formas de conducta propias de cualquier europeo, pero de adulto difícilmente sobreviviría en las condiciones de las poblaciones no occidentales. No es la genética la que marca las diferencias (capacidades cognitivas iguales), sino el medio ambiente que encauzaría el desarrollo cognitivo de cada niño.

Pondré algunos ejemplos contrastados recientemente. La percepción de la realidad que tienen los Q´eqchí (Alta Verapaz, Guatemala), depende de las características ambientales en las que viven (sociales, económicas, culturales, etc.), pues al tratarse de un grupo que practica la agricultura de roza y que no utiliza sistemas de intensificación de la producción, se caracteriza por tener un control limitado de sus condiciones de vida y por consecuencia de una peculiar estructuración de los conceptos de individualidad, tiempo y espacio (Hernando, 1997). El resultado es:

1.- Fuerte sensación de identificación con el grupo como fuente de seguridad frente a la Naturaleza hostil.
2.- Falta de individualización como mecanismo de identidad. Se refuerzan las semejanzas, no las diferencias.
3.- Menor distancia entre el “yo” interior y la realidad exterior.
4.- Énfasis en la representación de la realidad a través de metonimias, dado que no se establece la distancia entre el “yo” interior y la realidad exterior que requiere la metáfora.
5.- Interpretación de la realidad a través de mitos.
6.- Miedo al cambio, a la transformación de cualquier aspecto de la cultura. La falta de control sobre el presente impide pensar con confianza en el futuro.
7.- Énfasis en el presente y en el Tiempo cíclico.
8.- Énfasis en el Espacio como parámetro esencial al que referir la realidad.

El lenguaje es el principal medio de aprendizaje de estas características de desarrollo cognitivo. En este sentido, se ha desarrollado la llamada hipótesis de Sapir-Whoff. Las lenguas llevan a sus hablantes a pensar de determinadas maneras, es decir, las características del lenguaje son las responsables de la estructuración de la realidad que realizan los que de niño adquieren dicha lengua.

Otro ejemplo nos aclara estas ideas. El español divide el tiempo en pasado, presente y futuro. El hopi, una lengua de la región Pueblo de los indios norteamericanos del sudoeste, no lo hace. Sin embargo, el hopi distingue entre hechos que existen o han existido (para lo que nosotros utilizamos el pasado y el presente) y aquellos que no o que todavía no (nuestro futuro, junto con los hechos imaginarios o hipotéticos). Benjamín Lee Whorf (1956) afirmaba que esta diferencia da a los hispanohablantes y a los hablantes de hopi percepciones diferentes del tiempo y de la realidad. De este modo, la lengua provoca diferencias en el pensamiento (Kottak, 1999: 71).

Igualmente, el léxico o vocabulario influye en la percepción. Así, los esquimales tienen varias palabras diferentes para distintos tipos de nieve a las que en español nos referimos sencillamente como nieve. La mayoría de los hispanohablantes nunca notan la diferencia entre los tipos de nieve e incluso podrían tener dificultades en percibirla aun cuando alguien se las señale (Kottak, 1999: 71).

Esto nos lleva a una genérica conclusión, los grupos de la Prehistoria no podían percibir el Tiempo y el Espacio como nosotros lo hacemos, por lo que la realidad que podían conocer era distinta de la que nosotros contemplamos (Hernando, 1999: 31).

En estas circunstancias ¿Podríamos calificar de científicas las afirmaciones de que los enterramientos de los neandertales y HAM del Paleolítico Medio tenían un significado simbólico, que muchas veces se insinúa de carácter metafísico, cuando las características ambientales que vemos en sus yacimientos no se aprecia el necesario desarrollo cognitivo (personal , temporal y espacial) para la creación de tal simbolismo. Si, además, ni conocemos la forma de su particular desarrollo, ni tenemos un método con las mínimas garantías de su estudio?

* Hernando, A. (1997): “Sobre la prehistoria y sus habitantes: mitos, metáforas y miedos”. Complutum 8: 247-260.
* Hernando, A. (1999): “Percepción de la realidad y Prehistoria. Relación entre la construcción de la identidad y la complejidad socio-económica en los grupos humanos”. Trabajos de Prehistoria, 55 (2): 19-35.
* Kottak, C. Ph. (1999): Antropología cultural. Espejo de la humanidad. McGraw-Hill. Madrid.
* Whorf, B. L. (1956): Language, Thought, and Reality: Selected Writings of Benjamin Lee Whorf. Cambridge, Mass.: Technology Press of Massachusetts Institute of Technology.

sábado 5 de diciembre de 2009

La cognición simbólica en el paleolítico


Cada vez se habla más de la cognición humana, de las variaciones neurológicas con las que se relaciona, y de las ciencias que más se dedican a su estudio (Neurología y Psicología: Psicobiología). Cada vez más, se mencionan en muchos trabajos de Arqueología las capacidades cognitivas de los humanos que crearon los restos que vemos en los yacimientos, del simbolismo que puede estar relacionado en ellos. Se intentar explicar las causas que motivaron la aparición y desarrollo de tales restos arqueológicos (serían el cómo y el porqué del cambio cultural). Pero tales preocupaciones se escapan ampliamente del bagaje académico actual, así como del interés de muchos de los que se dedican al estudio de la prehistoria, pues se carece de métodos y formas que faciliten su análisis y comprensión. Por si esto fuera poco, hay que añadir el continuo aumento de la complejidad que su estudio conlleva, así como su gran dificultad expositiva y divulgativa. No obstante, la comprensión de la realidad humana en todas las épocas pasa inexcusablemente por la utilización y desarrollo de tales ideas y disciplinas. Podemos ignorarlas por un tiempo, pero tarde o temprano se impondrán como formas imprescindibles en el estudio de nuestra conducta, sólo hay que esperar o, lo que sería mucho mejor, empezar a trabajar en esta línea teórica.

Sin embargo, el aceptar tales ideas sólo significa el inicio de una andadura científica llena de arduo trabajo. Conocemos que las pautas de la investigación psicológica se comenzaron a realizar por medio de la propia introspección de los psicólogos, o por la interpretación que se dio a la conducta observada en los pacientes que trataban, sin poder tener una correlación neurológica que lo corroborara. En este sentido, Francis Harry Crick (1916-2004), premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1962 por su contribución al descubrimiento de la estructura del ADN, expone que la razón no es suficiente para entender nuestra realidad neurológica, teniendo una gran capacidad de autoengañarnos sobre el funcionamiento cerebral en relación con el mundo en el que vivimos y consigo mismo, pues lo que conocemos del cerebro es sólo una pequeña parte de su compleja dimensión. Por tanto, la Filosofía (y la inicial Psicología independiente de la Neurología) ha sido en parte estéril durante más de 2000 años, y probablemente seguirá siéndolo hasta que los filósofos aprendan a entender el lenguaje del proceso de la información (Crick, 1994: 220-228).

Realmente parece demasiado tajante en su afirmación sobre la capacidad de autoengañarnos, aunque creo que lleva mucho de razón. La capacidad de creer que nuestra razón es suficiente para entender el desarrollo cultural del paleolítico por medio de los datos aportados por el registro arqueológico, sin una metodología psicobiológica que los interprete dentro de los parámetros de nuestra realidad biológica (neurológica, psicológica y somática, inmersa en un mundo con el que estamos interaccionando constantemente), puede que no sea suficiente.

Pretendemos analizar el origen y desarrollo del simbolismo sólo con el criterio que nos dicta nuestro raciocinio. La subjetividad de este intento nos afecta absolutamente a todos, pues ¿realmente sabemos como desarrollaron su pensamiento y conducta simbólica los seres humanos del paleolítico? Todos tenemos las mismas capacidades cognitivas, pero su desarrollo habrá seguido caminos diferentes, aunque dentro de los límites que nuestra biología nos marca.

Aunque las capacidades cognitivas que el ser humano posee son importantes y de gran potencialidad, es preciso su modelación por medio de la experiencia y del aprendizaje, pues sin estos requisitos no se produce un verdadero desarrollo de tales capacidades, al menos en la forma en que normalmente solemos usarlas. En este sentido, Michael Tomasello indica la importancia del lenguaje y del aprendizaje de los niños para un adecuado desarrollo cognitivo (Los orígenes culturales de la cognición humana. 2007: 198).

Adquirir un lenguaje lleva, pues, a los niños a conceptuar, categorizar y esquematizar los acontecimientos de un modo mucho más complejo que si no estuvieran aprendiendo un lenguaje convencional, y estas representaciones y esquematizaciones de los acontecimientos añaden una gran complejidad y flexibilidad a la cognición humana.

Un sencillo, divertido y asombroso ejemplo de tales manifestaciones nos lo ofrece el antropólogo Nigel Barley (1989: 123) en su libro “El antropólogo inocente” donde, al intentar que miembros de la tribu de los dowayos del Camerún identificaran con sus nombres a diversos animales de su medio (leopardos y leones) mostrándoles unas fotografías de los mismos. Con asombro se dio cuenta de que no podían identificar a ningún animal en esas fotos, pues no sabían interpretar lo que se les mostraba. A pesar de conocer perfectamente a los leopardos no los reconocían en las fotografías, pues para poder hacerlo es preciso aprender a verlas con anterioridad, es decir, que el cerebro debía aprender a relacionar un animal viviente con esas manchas de colores o grises que están en un papel, si no se aprende no pueden relacionarse.

Este aprendizaje, en algún momento de nuestra primitiva prehistoria, pudo tener los caracteres de iniciación mágica o religiosa en los inicios del arte prehistórico. Si se mostraban a ciertos miembros de la sociedad prehistórica los dibujos de un animal bien conocidos por todos (bisonte, caballo, reno, etc.) por primera vez, con poca luz y la dificultad del lugar para ver el dibujo mejor, lo cierto es que no verían nada reconocible y necesitarían un aprendizaje iniciático que le pudiera desarrollar sus capacidades visuales en esas extrañas facetas de manchas y líneas de colores. Todo, hasta las cosas aparentemente más sencillas, hay que aprenderlas, es decir, hay que enseñar al cerebro a reconocer una figura, un sonido o cualquier otra sensación susceptible de ser recogida por sus terminaciones sensitivas.

Por tanto, inferir nuestra forma de ver el mundo o el que parecen ver las sociedades actuales con un desarrollo cultural similar al de la prehistoria, es en definitiva un vano intento. La conceptualización de la individual personal y social, dentro de unos desconocidos patrones temporales y espaciales, es una labor que no puede realizarse sólo con nuestro deseo y forma de usar tales abstracciones. Creo que es imprescindible ampliar nuestro bagaje académico para intentar superar tan difíciles obstáculos.  


* Barley, N. (1989): El antropólogo inocente. Anagrama. Barcelona.
* Tomasello, M. (2007): Los orígenes culturales de la cognición humana. Amorrortu. Buenos Aires.
* Crick, F. H. (1994): La búsqueda científica del alma: una hipótesis revolucionaria para el siglo XXI. Debate. Barcelona.