sábado, 5 de diciembre de 2009

La cognición simbólica en el paleolítico

Cada vez se habla más de la cognición humana, de las variaciones neurológicas con las que se relaciona, y de las ciencias que más se dedican a su estudio (Neurología y Psicología: Psicobiología). Cada vez más, se mencionan en muchos trabajos de Arqueología las capacidades cognitivas de los humanos que crearon los restos que vemos en los yacimientos, del simbolismo que puede estar relacionado en ellos. Se intentar explicar las causas que motivaron la aparición y desarrollo de tales restos arqueológicos (serían el cómo y el porqué del cambio cultural). Pero tales preocupaciones se escapan ampliamente del bagaje académico actual, así como del interés de muchos de los que se dedican al estudio de la prehistoria, pues se carece de métodos y formas que faciliten su análisis y comprensión. Por si esto fuera poco, hay que añadir el continuo aumento de la complejidad que su estudio conlleva, así como su gran dificultad expositiva y divulgativa. No obstante, la comprensión de la realidad humana en todas las épocas pasa inexcusablemente por la utilización y desarrollo de tales ideas y disciplinas. Podemos ignorarlas por un tiempo, pero tarde o temprano se impondrán como formas imprescindibles en el estudio de nuestra conducta, sólo hay que esperar o, lo que sería mucho mejor, empezar a trabajar en esta línea teórica.

Sin embargo, el aceptar tales ideas sólo significa el inicio de una andadura científica llena de arduo trabajo. Conocemos que las pautas de la investigación psicológica se comenzaron a realizar por medio de la propia introspección de los psicólogos, o por la interpretación que se dio a la conducta observada en los pacientes que trataban, sin poder tener una correlación neurológica que lo corroborara. En este sentido, Francis Harry Crick (1916-2004), premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1962 por su contribución al descubrimiento de la estructura del ADN, expone que la razón no es suficiente para entender nuestra realidad neurológica, teniendo una gran capacidad de autoengañarnos sobre el funcionamiento cerebral en relación con el mundo en el que vivimos y consigo mismo, pues lo que conocemos del cerebro es sólo una pequeña parte de su compleja dimensión. Por tanto, la Filosofía (y la inicial Psicología independiente de la Neurología) ha sido en parte estéril durante más de 2000 años, y probablemente seguirá siéndolo hasta que los filósofos aprendan a entender el lenguaje del proceso de la información (Crick, 1994: 220-228). 

Realmente parece demasiado tajante en su afirmación sobre la capacidad de autoengañarnos, aunque creo que lleva mucho de razón. La capacidad de creer que nuestra razón es suficiente para entender el desarrollo cultural del paleolítico por medio de los datos aportados por el registro arqueológico, sin una metodología psicobiológica que los interprete dentro de los parámetros de nuestra realidad biológica (neurológica, psicológica y somática, inmersa en un mundo con el que estamos interaccionando constantemente), puede que no sea suficiente.

Pretendemos analizar el origen y desarrollo del simbolismo sólo con el criterio que nos dicta nuestro raciocinio. La subjetividad de este intento nos afecta absolutamente a todos, pues ¿realmente sabemos como desarrollaron su pensamiento y conducta simbólica los seres humanos del paleolítico? Todos tenemos las mismas capacidades cognitivas, pero su desarrollo habrá seguido caminos diferentes, aunque dentro de los límites que nuestra biología nos marca. 

Aunque las capacidades cognitivas que el ser humano posee son importantes y de gran potencialidad, es preciso su modelación por medio de la experiencia y del aprendizaje, pues sin estos requisitos no se produce un verdadero desarrollo de tales capacidades, al menos en la forma en que normalmente solemos usarlas. En este sentido, Michael Tomasello indica la importancia del lenguaje y del aprendizaje de los niños para un adecuado desarrollo cognitivo (Los orígenes culturales de la cognición humana. 2007: 198). 

Adquirir un lenguaje lleva, pues, a los niños a conceptuar, categorizar y esquematizar los acontecimientos de un modo mucho más complejo que si no estuvieran aprendiendo un lenguaje convencional, y estas representaciones y esquematizaciones de los acontecimientos añaden una gran complejidad y flexibilidad a la cognición humana. 

Un sencillo, divertido y asombroso ejemplo de tales manifestaciones nos lo ofrece el antropólogo Nigel Barley (1989: 123) en su libro “El antropólogo inocente” donde, al intentar que miembros de la tribu de los dowayos del Camerún identificaran con sus nombres a diversos animales de su medio (leopardos y leones) mostrándoles unas fotografías de los mismos. Con asombro se dio cuenta de que no podían identificar a ningún animal en esas fotos, pues no sabían interpretar lo que se les mostraba. A pesar de conocer perfectamente a los leopardos no los reconocían en las fotografías, pues para poder hacerlo es preciso aprender a verlas con anterioridad, es decir, que el cerebro debía aprender a relacionar un animal viviente con esas manchas de colores o grises que están en un papel, si no se aprende no pueden relacionarse.

Este aprendizaje, en algún momento de nuestra primitiva prehistoria, pudo tener los caracteres de iniciación mágica o religiosa en los inicios del arte prehistórico. Si se mostraban a ciertos miembros de la sociedad prehistórica los dibujos de un animal bien conocidos por todos (bisonte, caballo, reno, etc.) por primera vez, con poca luz y la dificultad del lugar para ver el dibujo mejor, lo cierto es que no verían nada reconocible y necesitarían un aprendizaje iniciático que le pudiera desarrollar sus capacidades visuales en esas extrañas facetas de manchas y líneas de colores. Todo, hasta las cosas aparentemente más sencillas, hay que aprenderlas, es decir, hay que enseñar al cerebro a reconocer una figura, un sonido o cualquier otra sensación susceptible de ser recogida por sus terminaciones sensitivas. 

Por tanto, inferir nuestra forma de ver el mundo o el que parecen ver las sociedades actuales con un desarrollo cultural similar al de la prehistoria, es en definitiva un vano intento. La conceptualización de la individual personal y social, dentro de unos desconocidos patrones temporales y espaciales, es una labor que no puede realizarse sólo con nuestro deseo y forma de usar tales abstracciones. Creo que es imprescindible ampliar nuestro bagaje académico para intentar superar tan difíciles obstáculos. 


* Barley, N. (1989): El antropólogo inocente. Anagrama. Barcelona.
* Tomasello, M. (2007): Los orígenes culturales de la cognición humana. Amorrortu. Buenos Aires.
* Crick, F. H. (1994): La búsqueda científica del alma: una hipótesis revolucionaria para el siglo XXI. Debate. Barcelona.