lunes, 8 de julio de 2013

Arte paleolítico. Antigüedad y relaciones sociales

En el pasado mes de junio la revista JournalArchaeological Science ha publicado (on-line) un artículo sobre las últimas dataciones realizadas, por medio de las series de Uranio, en la calcita que recubría las pinturas de la cueva de Altamira (Santillana del Mar, Cantabria). Las dataciones oscilan entre un marco de 20.000 años (35 Ky y 15.5 Ky cal. BP), lo que aporta datos importantes para la comprensión de su utilización por parte de los HAM que vivieron en aquel periodo y en aquellos lugares.

 - Primero, que algunas de ellas son más antiguas de lo que se pensaba.
- Segundo, la reutilización e integración simbólica de las pinturas antiguas con las nuevas aportaciones. Se refuerza la idea de “santuario”, con continuas visitas por las poblaciones de diversos periodos.
- Tercero, por su relación con las diversas ocupaciones de la entrada de la cueva situadas a escasos metros de la ubicación de las pinturas, donde se debieron de realizar las actividades simbólicas relacionadas con estas manifestaciones gráficas. Esta escasa separación es interpretada como un continuum espacial entre las actividades cotidianas de la sociedad en zonas iluminadas y las actividades simbólicas realizadas en áreas oscuras con necesidad de aportes lumínicos para poder realizar cualquier actividad. Es decir, que la simbología y creencias que se desarrollaban en las zonas de pinturas no era algo privado, escondido y elegido para determinados ritos, sino un lugar vinculado a la cotidianeidad de las actividades de la sociedad que viviera en la cueva en ese momento. 

Mano en negativo de El Castillo
El estudio se ha realizado por un equipo interdisciplinar de químicos y arqueólogos idóneo para obtener las dataciones de las pinturas, pero no tanto como para deducir conclusiones sobre las características sociales del simbolismo de las pinturas de Altamira en particular. Con estos únicos datos se desecha la idea tradicional de que lo simbólico se realizaba en la oscuridad de la cueva, mientras que lo cotidiano se hacia al aire libre o en la entrada de la cavidad.
Sin profundizar mucho en las conclusiones es fácil estar de acuerdo con las dos primeras, pero en la tercera creo que hay un importante componente de subjetividad que no ha sido tenido en cuenta. Las pinturas están en una zona oscura y próximas a la entrada de la cueva, por lo que algo de luz natural recibirían, aunque muy difícil de precisar, pero se está de acuerdo de que sería insuficiente para su realización.

La decisión de relacionar la ubicación de las pinturas con la cotidianeidad de las actividades de la sociedad solo se fundamenta en la proximidad y en el criterio de su autor, que si bien pudiera ser cierto, solo se llega a tal conclusión por métodos subjetivos.

La cercanía con el área de hábitat puede deberse a varios motivos, los cuales no tienen nada que ver con un uso cotidiano y social. Desde la simple idoneidad del sitio para la realización pictórica y realización de ritos, hasta la realización de las muestras pictóricas en épocas y periodos en los que la cueva no estaba habitada, perdurando después un cierto uso mixto (hábitat y santuario). Se sabe que durante el Paleolítico superior la cueva no tuvo un asentamiento humano continuo, mientras que las pinturas y sus sucesivas acumulaciones si estuvieron siempre allí. Sería necesario realizar un estudio diacrónico entre los periodos de asentamiento humano y la progresiva realización de tales pinturas, lo que actualmente es bastante difícil.  

El problema de las características iniciales de las manifestaciones gráficas en el Auriñaciense y de su perduración y/o evolución en el resto del Paleolítico superior es un problema que hay que estudiar dentro de la Arqueología cognitiva, con las herramientas científicas propias de la interdisciplinariedad que la ciencia exige en la actualidad.

Las últimas dataciones, que por medio de las series de uranio se han realizado en diversas cuevas de la Península Ibérica y Francia, aportan datos muy importantes para la interpretación de su inicio y algunas de sus características, como son los motivos, ubicación y relación con la sociedad de las manifestaciones gráficas en el periodo en el que se realizaron. Naturalmente, cualquier estudio en este sentido no puede limitarse a los datos aportados por un solo yacimiento, sino que debe abarcar todos los datos posibles, pues debido a su notable escasez mayor interés tienen el adquirir y usar el mayor número posible.

Características sociales de las manifestaciones gráficas en el Auriñaciense

Cada periodo del Paleolítico superior pudo tener sus propias características sociales y simbólicas, aunque lo más seguro es que existiera una conexión de continuidad a lo largo de sus largos milenios. El continuum cultural, simbólico y cognitivo es algo que siempre hay que tener en cuenta, para ir estudiando los posibles cambios que a lo largo de su tiempo pudieran haberse producido. No obstante, parece lógico comenzar por el principio, pues sería la fuente principal del inicio conductural de los humanos de ese periodo. La relación entre la sociedad y las manifestaciones gráficas parietales se iniciaron con el Auriñaciense, siendo este periodo el arranque de una tradición cultural paleolítica que perduró, con cambios no bien analizados, hasta que el cambio de clima destruyó un ecosistema y una forma de vida simbólica, para transformarla en otra (Epipaleolítico).

Las recientes dataciones de pinturas parietales por los métodos de uranio, han ofrecido una serie de datos cronológicos que han cambiado sustancialmente el concepto clásico que se tenía de las relaciones entre los seres humanos y las pinturas parietales y el simbolismo que entrañaron. Las dataciones de varias muestras concernientes al Auriñaciense nos ofrecen una visión nueva y muy interesante, lo que hay que analizar con detenimiento y con la mayor generalidad posible dentro de los postulados de la Arqueología cognitiva. Relativas a este periodo tenemos las siguientes cavidades en España, Francia e Italia.

I. - Cornisa cantábrica (España):

- Altamira en Cantabria (España). En esta cavidad se trabajó sobre dos figuras del famoso“Techo de los Policromos”, un caballo rojo y un signo abstracto de forma triangular. La datación del caballo fue de 22 Ky, y el signo abstracto se dató en 35 Ky. La conclusión más evidente que puede extraerse es que hubo varios momentos en que se realizó el panel. Estas figuras datadas corresponden a las manifestaciones gráficas que estarían próximas al área de hábitat.

- El Castillo en Cantabria (España). El estudio aporta cuatro dataciones, un animal indeterminado de 22 Ky, un disco rojo entre 36 Ky y 34 Ky, una mano en negativo de 37,5 Ky y otro disco rojo datado en más de 40.8 Ky. Todos en el interior de la cavidad (Pike et al 2012).

- Diversas cuevas del desfiladero del río Carranza, al este de Cantabria (España) con algunas pinturas negras en el interior de tales cavidades. Allí se dataron por TL costras estalagmíticas en 35 Ky. que recubrían pinturas rojas en la cueva de Pondra. Quizá algo similar ocurra en la cueva vecina de Arco B (González Sainz y San Miguel 2001).

- Tito Bustillo en Asturias (España) se ha datado una figura antropomórfica de pigmento rojo en una horquilla que oscila entre los 35.5 Ky y 29.6 Ky. Sería una de los dos teriomorfos (masculino y femenino) pintados en cada cara de una estalactita plana en el interior de la cueva. Puede ser la figura humana más antigua datada hasta el momento. Hay que añadir una mano del Conjunto V cuyo contexto arqueológico ha dado una fecha de 32.990±450 BP (Balbín et al. 2007).

Teriomorfo femenino de Tito Bustillo
- Candamo en Asturias (España). Se han datado unas manchas negras de asociadas a la representación de toros del muro de los grabados, consideradas las figuras más antiguas de la cueva asturiana, que llegan hasta 33 Ky. (Fortea 2007).

II. - En Francia:

- En la Dordoña en general, y singularmente en el Valle de la Vezére. Esta región constituye uno de los ámbitos con mayor concentración de santuarios rupestres. Conocemos varios yacimientos que han proporcionado bloques desprendidos de las paredes de la cueva con representaciones vulvares grabadas, como en La Ferrassie, acompañadas de toscas figuras animales grabadas, desde el Auriñaciense I. En la capa siguiente, Auriñaciense II, aparecen fragmentos de la bóveda del techo con restos de pintura. Similares vulvas grabadas y restos de pintura y grabados aparecen en las paredes y/o niveles auriñacienses de La Croze a Gontran, Abri Balchard, Abri Cellier y Abri Castanet (Delluc y Delluc 1991).

En Abrí Castenet se han continuado obteniendo datos al respecto. Así, se han hallado hasta 12 bloques con vulvas grabadas, el nivel auriñaciense de base se ha datado entorno a 35 Ky. (Vialou, 2004). Nuevos datos obtenidos de una actual revisión de la excavación antigua y de las campañas actuales. Los resultados unifican los dos niveles antiguos en un único periodo de ocupación datado en su inicio en 37.4 Ky y en su final en 36.7 Ky. Para su datación se uso C-14 en restos óseos animales. En la campaña arqueológica de 2007 se vieron  varios bloques de caliza desprendidos del techo original en contacto con la superficie del nivel arqueológico auriñaciense. Los bloques presentaban grabados y restos de ocre de las figuras representadas. La principal conclusión que extrae el director de estos trabajos (Randall White) es que las representaciones de Abri Castenet estarían relacionadas con la vida cotidiana de los auriñacienses.

- Cueva de Chauvert (Francia) con dataciones de 32/30 Ky. Corresponde a un Teriomorfo o figura pintada en negro, con cabeza de bisonte y piernas humanas en el interior de la cueva. Existen otras pinturas sobre formaciones calcáreas en la sala final de la cueva de animales realistas peligrosos (león y mamut), no hay datación de ellas.

Teriomorfo de Chauvert

III. - En Italia:

- Auriñaciense también sería la figura humana con cornamenta animal, que sostiene un objeto en la mano derecha, pintada en negro en un bloque aparecido junto a otros bloques con restos de pintura, desprendidos de las paredes de la cueva de Fumane, en el Veneto italiano, en niveles datados entre 36 y 32 Ky. (Broglio y Dalmeri 2005).

Figura humana con cornamenta de Fumane

Comentario

Estos datos confirman la existencia en el Auriñaciense de las manifestaciones gráficas, así como del aislamiento social de algunas de ellas dentro de la cueva con connotaciones simbólicas aparentemente diferentes de las que se sitúan en las áreas de hábitat. Sin embargo, hay que ser prudentes con la fiabilidad de los datos, pues hay frecuentes problemas de contaminación, pero el conjunto de dataciones muestra inequívocamente un comienzo temprano y sorprendentemente complejo en varias áreas europeas (Lorblanchet 1999; Fortea et al. 2004; Rivera y Menéndez, 2011).

En general, la intención de separar ciertas manifestaciones gráficas del área de hábitat, para un preciso fin no bien conocido, es una conducta social-simbólica que se inicia precozmente desde el Auriñaciense. Paralelamente, existen pinturas y grabados que coexisten con las zonas de habitación, pudiendo ser vistas continuamente por los miembros del grupo social, lo que parece que sería una consecuencia de su creación, es decir, ser vistas constantemente sin tener que desplazarse. El simple o complejo aislamiento (depende de lo alejado que se realice del hábitat) de la vista de la sociedad de algunas pinturas y grabados, junto con el tema representado, tendría un diferente significado simbólico. Su estudio se escapa de los ámbitos de este pots, pero que desde la Arqueología cognitiva se están realizando estudios para intentar su aclaración (Rivera y Menéndez, 2011).
  
* BALBÍN,R.; ALCOLEA,J. y GONZÁLEZ M.A. (2007): Trabajos arqueológicos realizados en el conjunto prehistórico de Ardines en Ribadesella desde el año 1998. Excavaciones Arqueológicas en Asturias 1999-2002. 23-36. Oviedo.
* BROGLIO, A. y DALMERI G. (dir.) (2005): Pitture paleoltiche nelle prealpi venete. Grotta di Fumane e Riparo Dalmeri. Memorie del Museo Civico di Storia Naturale di Verona. Preistoira Alpina nr. Speciale: 89-99.
* DELLUC, B y DELLUC, G. (1991): L’art pariètal archaïque en Aquitaine. XXVIII. Supl.Gallia Prehistorique 28, 22.
* FORTEA PÉREZ, J. (2007): 39 edades 14C AMS para el arte rupestre en Asturias. Excavaciones Arqueológicas en Asturias 1999-2002: 91-102. Oviedo.
* FORTEA, J; RASILLA, J y RODRIGUEZ, V. (2004): L´Art pariétal et la séquence archéologique paléolithique de la grotte de LLonín (Peñamellera Alta. Asturies. Espagne). Préhistoir,  arts et societés. LIX: 7-29.
* GARCÍA-DÍEZ, M.; HOFFMANN, D. L.; ZILHÄO, J., HERAS, C.; DE LAS, LASHERAS, J. A.; MONTES, R. y PIKE, A. W. G. (2013): Uranium series dating reveals a long sequence of rock art at Altamira Cave (Santillana del Mar, Cantabria), Journal of Archaeological Science.
* GONZALEZ SAINZ, C. y SAN MIGUEL LLAMOSAS, C. (2001): Las cuevas del desfiladero: Arte rupestre paleolítico en el valle del río Carranza (Cantabria-Vizcaya). Universidad de Cantabria. Santander.
* LORBLANCHET, M. (1999): La naissance de l´Art. Genèse de l´art préhistorique. Edit. Errance. Paris.
* PIKE, A. W. G.; HOFFMANN, D. L.; GARCÍA-DIEZ, M.; PETTITT, P. B.; ALCOLEA, J.; DE BALBÍN, R.; GONZÁLEZ-SAINZ, C.; DE LAS HERAS, C.; LASHERAS, J. A.; MONTES, R. y ZILHAO. (2012): U-Series Dating of Paleolithic Art in 11 Caves in Spain. Science, 1409-1413.
* VIALOU, D. (2004): La vie au temps des mammouths. Dossier pour la Science. 43. 

lunes, 10 de junio de 2013

La interdisciplina que hay que aplicar al estudio de la Arqueología

Todos estaremos de acuerdo de que el fin primordial de la Prehistoria es el estudio de la conducta del género Homo. Donde no estaremos tan de acuerdo es en la forma en que hay que realizar este interés común. Los aspectos generales de toda conducta humana y por tanto, las líneas de análisis de tal conducta deben agruparse en cinco apartados: en qué consiste, cuándo se creó, dónde tuvo lugar su inicio y desarrollo, porqué apareció en ese lugar y momento, y cómo se crearon.

De tales cuestiones las tres primeras son las que más ampliamente se ha ocupado el trabajo arqueológico desde su inicio. Prueba de ello es el amplio conocimiento (aunque limitado en numerosos aspectos) que tenemos de las diferentes culturas prehistóricas, lo que nos permite tener un mínimo conocimiento de tan lejanos tiempos. Su manifestación cultural queda reflejada en la gran cantidad de útiles (líticos, óseos, cerámicos, metálicos, etc.) y conductas (cazadores-recolectores, agricultores, ganaderos, metalúrgicos, etc.) que variaran según sean los periodos de estudio. Se sitúan cronológicamente en unos anagramas temporales que cada vez son más exactos, gracias a la constante mejora de los medios de datación actuales. Igualmente, se describen posibles áreas de inicio, de expansión, de influencia, e incluso de regresión de tales culturas. Toda esta información constituye un registro arqueológico enorme, dando la impresión de tener un importante conocimiento sobre el inicio de la Humanidad.

Pero la apreciación de un proceso es una cosa y, por desgracia, la realidad de su conocimiento otra. De todo este inmenso acumulo de información los aspectos del cómo y porqué apenas han iniciado su andadura. En este punto, es cuando hay que indicar la existencia de cierto desajuste metodológico, relacionado con los contenidos históricos y académicos de la Prehistoria, que dificulta el desarrollo de estos aspectos analíticos.

- Históricos, pues cuando se inició el estudio de la Prehistoria se realizó en un momento en el que las ciencias encargadas de analizar el cómo y el porqué la conducta humana (Neurología y Psicología) estaban poco desarrolladas, teniendo metas propias y diferentes a las de estos incipientes estudios prehistóricos.
- Académicos, pues la parcelación académica siempre ha sido una realidad que ha dificultado la creación de estudios multidisciplinares e interdisciplinarios, los cuales con un adecuado y extensivo uso facilitarían mucho la comprensión de tan complejos procesos.

No obstante, parece que recientemente se está cambiando el interés por conocer las profundas causas de los cambios culturales detectados en nuestra prehistoria. Así, cada vez se habla más de la cognición humana, de las variaciones neurológicas con las que se relaciona, y de las ciencias que más se dedican a su estudio (Neurología y Psicología, de cuya íntima unión nace la Psicobiología). Cada vez más, se mencionan en diversos trabajos las capacidades cognitivas de los humanos que crearon los restos que vemos en los yacimientos, del simbolismo que puede estar relacionado en ellos y, en definitiva, de intentar explicar las causas que motivaron la aparición y desarrollo de tales restos arqueológicos (serían el cómo y el porqué del cambio cultural).

Pero tales preocupaciones sólo se producen en los países que tienen interés en relacionar la Arqueología prehistórica con la Antropología física y cultural, así como por las relaciones biológicas que conlleva. Mientras que en otros se omiten del bagaje académico actual, siendo escaso el interés de muchos de los que se dedican al estudio de la prehistoria, pues se carece de métodos y formas que faciliten su análisis y comprensión. Por si esto fuera poco, hay que añadir el continuo aumento de la complejidad que su estudio conlleva, así como su gran dificultad expositiva y divulgativa. No obstante, la comprensión de la realidad humana en todas las épocas pasa inexcusablemente por la utilización y desarrollo de tales ideas y disciplinas. Podemos ignorarlas por un tiempo, pero tarde o temprano se impondrán como formas imprescindibles en el estudio de nuestra conducta, sólo hay que esperar o, lo que sería mucho mejor, empezar a trabajar en esta línea teórica.

También se está hablando mucho de los estudios multidisciplinares e interdisciplinarios como necesarios para el estudio de la conducta humana. Sin embargo, aparecen nuevos problemas, como la propia composición de tales estudios multidisciplinares, es decir, que ciencias deben tratar de analizar la conducta en el lejano pasado prehistórico. Si nos centramos en los yacimientos arqueológicos, como fuente directa de la conducta paleolítica, la elaboración de estos equipos multidisciplinares debe recaer en el arqueólogo que vaya a dirigir la excavación y realizar su posterior análisis. Así, siempre estarían compuestos por los criterios que su formación académica y tradición arqueológica le indiquen, es decir, por arqueólogos, paleontólogos, y en general de todos los pertenecientes a disciplinas que puedan aportan datos sobre las características geológicas, biológicas y físico-químicas del yacimiento, del medio ambiental existente durante su periodo de formación, y de su ubicación temporal y espacial. Pero, ¿estamos seguros que tal composición cumple todas las posibilidades teóricas para estudiar la conducta de las primitivas poblaciones paleolíticas?, ¿no tendrían algo que decir aquellas disciplinas que tradicionalmente estudian el comportamiento humano en su origen, desarrollo y evolución en general?

Los estudios multidisciplinarios ha sido los más utilizados hasta el presente por los arqueólogos. En ellos, se sumaban las ideas que los diferentes especialistas tenían sobre los datos obtenidos en los yacimientos. Con su unión se intentaba elaborar un trabajo común que explicase la conducta humana de cada yacimiento, y de la unión de todos ellos se intentaría construir modelos más generales sobre el desarrollo cultural de las sociedades paleolíticas. Estos estudios multidisciplinarios se fueron transformando poco a poco en interdisciplinarios al lograr una integración metodológica de todos sus componentes, es decir, que existiera una coordinación común entre las diferentes conclusiones de cada especialista y que entre todos lograran unas conclusiones consensuadas en las que no existieran contradicciones importantes. Esta metodología fue aplicada con éxito en las tres primeras preguntas que expuse al principio (qué, dónde y cuándo), pero en su aplicación a las otras dos (cómo y porqué) aún hay mucho camino que recorrer.



Podemos ver en el cuadro, la composición de la interdisciplinariedad depende de las características del objeto en estudio. En el plano del simbolismo, cognición humana, lenguaje y manifestaciones culturales de cualquier tipo se hace imprescindible el uso de las ciencias relacionadas con la psicobiología del género Homo.  La aplicación métodos de carácter interdisciplinario en el estudio de tales cuestiones siempre debe de tener presente los últimos avances de la Neurología, Psicología, Sociología, Lingüística, Biología evolutiva, a los que pueden añadirse los muy recientes estudios de la Paleogenética y Demografía. Solo con una buena coordinación metodológica de estas ciencias es como podemos superar la escasez de datos y la parquedad de métodos aplicados en el estudio de la cognición humana. La Arqueología cognitiva tiene es este sentido mucho camino que recorrer, pero su inicio solo tendrá éxito si los medios académicos se hacen eco de tal necesidad y comienzan a trabajar en ello. 

viernes, 17 de mayo de 2013

Arqueología, Paleontología y Lóbulo frontal


Recientemente en la conocida revista científica de PNAS se ha publicado un artículo de Rober A. Bartona y Chris Vendittib, en el que se indica que el lóbulo frontal humano no es significativamente más grande en los humanos que en cualquier otro primate, indicando la posibilidad de que la inteligencia humana no dependa tanto de este lóbulo como se ha mantenido constantemente. Tal noticia a sido comentada en el blog de Emiliano Bruner PaleoneuroloyEfectivamente, es una idea clásica la de creer que los humanos modernos tuvieron un gran aumento de su lóbulo frontal, lo que posibilitó el desarrollo de su inteligencia y, por tanto, su conducta (Blinkov y Glezer, 1968).

Este trabajo no es nuevo, pues otros autores ya indicaron que esa creencia se basaba en un error. Algunas mediciones del lóbulo frontal no han encontrado diferencias entre la corteza frontal humana y la de primates no humanos. Semendeferi, Lu, Schenker, y Damasio (2002) midieron el volumen total del lóbulo frontal y de sus regiones principales (incluyendo la corteza y la materia blanca justo debajo de ésta) en humanos, chimpancés, gorilas, orangutanes, gibones y macacos, utilizando reconstrucciones cerebrales en tercera dimensión a partir de escaneos de resonancia magnética (RM). Aunque el volumen absoluto del cerebro y del lóbulo frontal fue más grande en los humanos, el tamaño relativo del lóbulo frontal fue similar en todos los homínidos: macacos (28.1%), gibones (31.1%), orangutanes (35.3%), gorilas (32.4%), chimpancés (35.9%) y humanos (36.7%). Se encontró que los humanos no poseen un lóbulo frontal más grande que lo esperado en comparación con el cerebro de un primate. Más aún, el tamaño relativo de regiones del lóbulo frontal (dorsal, mesial y orbital) fue similar entre los primates estudiados. Hay que tener en cuenta que solo se maneja una variable (volumen del lóbulo frontal en diversas especies actuales), ignorando otros criterios tan validos, sino más, que el simple volumen cerebral. Se pueden agrupar en dos grandes grupos:

A.- Información paleoneurológica. 

Como claramente ha expuesto E. Bruner en Paleoneurology, se ignora la geometría del cerebro y sus cambios a lo largo de la evolución de nuestro género (Bruner, Manzi  y Arsuaga, 2003). Se centran en valoraciones básicamente morfométricas, cuando sabemos que los HAM y los HN experimentaronal menos un cambio en las proporciones de las áreas frontales y que existen otros factores psicobiológicos de gran importancia.

Lóbulo frontal E. Bruner (Paleoneurology)
Lo que se compara es una relación entre el volumen total del cerebro y el volumen del lóbulo frontal. Nuestra evolución neurológica produjo cerebros más grandes, en los cuales la proporción entre el volumen del lóbulo frontal y de todo el cerebro es semejante entre los primates conocidos, pero la superficie funcional del lóbulo frontal, tanto la motriz (áreas motoras y premotoras) como la asociativa (sería el llamado lóbulo prefrontal, compuesto por áreas de asociación terciaras) son mucho mayores en los humanos. De una forma general se produce un aumento evolutivo más o menos homogéneo (aunque deben de existir ciertas diferencias) del cerebro de los homínidos, en la cual la proporción entre sus diferentes partes sigue siendo similar, pero la superficie funcional (corteza cerebral) aumentaría en todos sus componentes (áreas primarias, secundarias y terciarias).

B.- Información psicobiológica.

Como todo en biología es dudoso que el tamaño de la corteza prefrontal sea la única responsable de las capacidades cognitivas humanas. Otros factores deben ser considerados, tales como la conectividad o capacidad de adquirir, procesar y responder a mayores estimulaciones. Schoenemann, Sheehan y Glotzer (2005) encontraron que una diferencia importante entre los humanos y otros primates era el volumen de la materia blanca. Utilizando técnicas de visualización cerebral como la Resonancia Magnética en 11 especies de primates, los autores midieron el volumen de la materia gris, blanca y el volumen total del lóbulo prefrontal y de todo el cerebro en cada espécimen. En términos relativos, se encontró que la materia blanca prefrontal fue la mayor diferencia entre los humanos y los no humanos, mientras que la materia gris no mostró diferencias significativas. Una mayor interconexión cerebral puede representar entonces una característica crucial del cerebro humano. No obstante, hay que tener en mente que los humanos utilizados en este estudio fueron personas contemporáneas, procedentes de zonas urbanas, con niveles educativos altos, etc., no los sujetos humanos que vivían en las condiciones prehistóricas de hace 150,000 años. Pensamos que tendrían las mismas capacidades cognitivas, pero su desarrollo no pudo ser igual, pues en medio ambiente es totalmente diferente en todos los aspectos.

Por tanto, existe una trascendente diferencia neurológica en las áreas terciarias del lóbulo prefrontal (LPF) entre el ser humano y el resto de los primates (Semendeferi y Damasio, 2000). Conocemos que los humanos modernos presentan una superficie mucho más amplia que los demás primates. Sin embargo, su estructura neurológica es menos densa, permitiendo que existan entre ellas unas interconectividad mucho mayor, como se deduce de la mayor y tardía mielinización observada (Bufill y Carbonell, 2004; Semendeferi et al. 2002). Estos estudios apuntan a que la superficie asociativa del córtex del LPF de los humanos tiene un carácter alométrico cuantitativo (aumento de la superficie funcional del córtex) y cualitativo (nuevas funciones cognitivas). Igualmente, se conoce que las áreas terciarias del lóbulo frontal son mayores, proporcionalmente, que la del resto de los primates conocidos, como se deduce de su mayor circunvolución y girificación (Cela Conde, 2002; Rilling e Insel, 1999). Por tanto, no parece difícil establecer una relación entre el aumento (de superficie y interconectividad) de estas áreas con la conducta moderna. La diferenciación funcional o el aumento respecto de los demás homínidos conlleva a que nuestra especie tendría una mayor capacidad funcional de dos tipos (fundamentales en la conducta humana) (Ardilla y Ostrosky-Solis, 2008):

* Metacognitivos (área dorsolateral de la corteza prefrontal), para procesar la información, asimilarla y utilizarla para mejorar su conducta, mediante el mayor desarrollo de sus funciones ejecutivas, imprescindibles para la organización de todo tipo de conducta y lenguaje, y al aumento de las capacidades de abstracción y simbolismo.

* Emocionales (área ventromedial de la corteza prefrontal), que coordina la cognición y la emoción. En ese sentido, la función principal del lóbulo prefrontal es encontrar justificaciones aparentemente aceptables para los impulsos límbicos (los cuales constituyen las funciones ejecutivas emocionales).

Estas dos funciones siempre actúan juntas, pues cualquier acción (sobre todo si se relaciona con otros componentes de la sociedad) siempre lleva adosada un componente emocional (positivo, negativo o dentro de un amplio margen de una supuesta neutralidad emocional). La importancia del LPF humano en su compleja conducta es primordial, aunque no hay que olvidar que nuestro sistema nervioso siempre actúa de forma integrada con otras zonas cerebrales, pues su acción conjunta es necesaria para cualquier acción y, aunque parezca mentira, se necesitan más de las que aparentemente podemos creer que son las necesarias.

Como las funciones ejecutivas se asientan principalmente en esta zona cerebral (interconectadas funcionalmente con otras áreas neurológicas), podemos intuir que la conducta moderna humana se debe, en gran parte, al desarrollo evolutivo del LPR, y que sus características funcionales serían claves para comprender el origen y desarrollo de nuestra conducta simbólica. Pero las características funcionales de este LPF vienen determinadas por las propias características evolutivas. Por tanto, para entender con detenimiento el origen y desarrollo de la conducta humana, creo que es imprescindible seguir por los derroteros del modelo interdisciplinario, es decir, de elaborar teorías interdisciplinarias que enlacen sin problemas los conceptos recientes de la Biología evolutiva, Neurología, Psicología, Sociología y Lingüística. Siguiendo estas premisas se ha elaborado, dentro del amplio campo de la Arqueología cognitiva, una metodología de análisis interdisciplinar, que se define como modelo psicobiológico, dentro de una teoría general interpretativa, el estructuralismofuncional.

Modelo interdisciplinario de la conducta humana basado en el Estructuralismo funcional (Arqueología cognitiva).

* Ardila, A.; Ostrosky-Solís, F. (2008): Desarrollo Histórico de las Funciones Ejecutivas. Revista Neuropsicología, Neuropsiquiatría y Neurociencias, Vol.8, No.1, pp. 1-21. 
* Blinkov, S. M., y Glezer, I. I. (1968). Das Zentralnervensystem in Zahlen und Tabellen. Jena: Fischer.
* Bruner, E.; Manzi, G.  y Arsuaga, J. L. (2003): Encephalization and allometric trajectories in the genus Homo: Evidence from the Neandertal and modern lineages. PNAS, 100 (26): 15335-15340.
* Bufill, E. y Carbonel, E. (2004), “Conducta simbólica y neuroplasticidad: ¿un ejemplo de coevolución gen-cultura?”. Revista de neurología, 39 (1): 48-55.
* Cela Conde, C. J. (2002), “La filogénesis de los homínidos”. Diálogo filosófico, 53: 228-258.* Rilling, J. K., e Insel, T. R. (1999), “The primate neocórtex in comparative perspective using magnetic resonance imaging”. Journal of Human Evolution, 37, 191-223.
* Semendeferi, K. y Damasio, H. (2000), “The brain and its main anatomical subdivisions in living hominoids using magnetic resonance imaging”. Journal of Human Evolution 38: 317-332.
* Semendeferi, K.; Lu, A.; Schenker, N. y Damasio, H. (2002), “Humans and great apes share a large frontal cortex”. Nature neuroscience 5 (3): 272-276.
* Schoenemann, P. Thomas; Michael Sheehan, y L. Daniel Glotzer (2005): “Prefrontal white matter volume is disproportionately larger in humans than in other primates” Nature Neuroscience v. 8(2):242-252.

domingo, 21 de abril de 2013

La religión en el Paleolítico


Una de las cuestiones que siempre han suscitado gran interés entre los que se interesan por la Prehistoria ha sido la posibilidad de que haya existido alguna forma de religión entre los homínidos del Paleolítico. El descubrimiento de ciertas conductas (p. e. enterramientos intencionados) y de objetos sin aparente utilidad practica pero con la posibilidad de tener cierto simbolismo espiritual o religioso (p, e. ocre, posibles estatuillas, almacenamiento de cráneos de oso, etc.), han servido para que algunos autores (p. e. Leroi-Gourhan, 1964) indicasen que son ejemplos de conductas entroncadas con la idea de una religión inicial, poco elaborada y, por supuesto, muy confusa para nosotros. Los estudios de tales cuestiones por los medios convencionales de la Arqueología no han proporcionado hasta el momento ningún resultado satisfactorio, más bien han aumentado la incertidumbre sobre la existencia o no de tales conductas.

¿Pero que es la religión? Lo que parece fácil de comprender no lo es al profundizar en sus contenidos. Una definición simple puede resumir escuetamente sus contenidos: La religión es una actividad humana que suele abarcar creencias y prácticas sobre cuestiones de tipo existencial, moral y sobrenatural (Wikipedia).

En esta elemental y genérica definición se pueden englobar multitud de procesos relacionados con lo que podríamos llamar fenómenos religiosos. Podemos ver desde la existencia de unas reglas o normas de estricto cumplimiento, hasta la más amplia laxitud en la convivencia con tales creencias, lo que da pie a pensar en la gran variedad de comportamientos y creencias que pueden existir, y que se han denominado como religiones. Naturalmente, no es el objetivo de este pots indagar sobre las prácticas, características y fines que han existido y existen entre las múltiples religiones conocidas a lo largo de la historia de la Humanidad, sino indagar sobre el origen y primeros pasos de tales creencias, lo que debió de suceder durante el Paleolítico.

Pero el Paleolítico es el periodo más largo de nuestra historia, sus más de 2 millones de años de su existencia dicen mucho sobre las características del desarrollo cultural y religioso de las sociedades humanas. No cabe duda de que fue un proceso cultural y cognitivo extremadamente lento, pero el paulatino desarrollo tecnológico y conductual que vemos en el registro arqueológico nos pueden servir de guía en el estudio del origen y desarrollo de las conductas que podríamos llamar religiosas.   

I - Método de estudio: Estructuralismo funcional. 

De este método ya se ha hablado en numerosas ocasiones en este blog, constituyendo la base de la Arqueología cognitiva. Sus fundamentos los podemos ver en el cuadro adjunto. 


II - Datos a usar: Los del registro arqueológico. 

¿Qué debemos buscar en el registro arqueológico? De la definición anteriormente expuesta vemos que la religión se fundamenta en unas creencias que generan unas prácticas sociales e individuales. Las creencias se centran principalmente en tres aspectos: existencial, moral y sobrenatural. Sin embargo, no está claro que tales conceptos existieran en el Paleolítico con la suficiente entidad como para crear los suficientes criterios formales de una religión. De los datos arqueológicos poco podemos deducir en referencia a estos aspectos, aunque si existen algunas conductas que indirectamente nos llevan a ciertas conclusiones. Podemos destacar: 

- Enterramientos intencionados con claros ajuares. Los enterramientos indican el concepto de la existencia de otro mundo al que se puede acceder después de la muerte con ciertas condiciones (ritos y ajuares).



- Manifestaciones gráficas en lugares oscuros, dentro de las cuevas y en cierto modo aislados de la sociedad en lugares ocultos (manos, teriántropos, figuras de animales, signos, etc.). Estas muestras gráficas estarían en relación con el significado que pudieran tener el resto de las pinturas y grabados (animales y signos), todo ello dirigido por algunos de los miembros de la sociedad.  

Escena Magdaleniense de Lascaux
Teriántropo de Auriñaciense de Tito Bustillo
 























- Realización de estatuillas de intencionalidad poco conocida, pero con signos que parecen indicar un fin preciso (humanos bestializados o teriántropos, sexo, maternidad, etc.). Su estructura mobiliar permite pensar que pudieran tener una función parecida a las imágenes parietales, aunque no puede descartarse una mayor complejidad en su utilización simbólica. 

Teriomorfo de Hohlenstein-Stadel
Pocos datos son los que tenemos, aunque en conjunto nos hablan de la existencia de unas conductas muy relacionadas con hechos que normalmente se entroncan con la religión, pero ¿constituyen por sí solos una religión?

Dentro del continuum heterogéneo en el tiempo y en el espacio que suponen todos los desarrollos culturales, espirituales y religiosos, con infinidad de situaciones intermedias que hacen muy difícil las clasificaciones razonadas utilizadas por nuestra cultura, el concepto de religión depende de la definición que cada uno quiera dar, o de las condiciones que quiera que contengan como mínimo. Sin embargo, nuevas preguntas se nos plantean: ¿estos datos, ya escasos de por sí, se pueden producir a lo largo del Paleolítico según se van produciendo los cambios evolutivos de nuestro género?, o ¿necesitan de un desarrollo previo de otros condicionantes cognitivos paralelos pero independientes de la simple evolución biológica?  

La conducta simbólica moderna aparece cuando las abstracciones básicas de la individualidad, espacio y tiempo adquieren el suficiente desarrollo como para que pueda emerger la autoconciencia reflexiva que nos caracteriza (capacidad cognitiva emergente). Para ello, es necesario la propia interacción social entre los miembros del grupo y con otros grupos (Shennan, 2001), del propio desarrollo socioeconómico de estas poblaciones (Hernando, 1999) que desarrollo una autoconciencia biográfica (Damasio, 2010), y de un lenguaje con los elementos de identificación social y/o personal con su ubicación temporal y espacial (Rivera, 2004, 2009). Por tanto, todo simbolismo de características modernas debe ir asociado a situaciones arqueológicas en las que se observe un aumento demográfico de las poblaciones que convivan en una determinada área geográfica, así como de cierta evolución socioeconómica, consecuencia del desarrollo de las capacidades cognitivas que lo posibiliten. Así, es condición necesaria para el inicio de las conductas relacionadas con la religión el desarrollo de la autoconciencia con unos niveles adecuados para tales funciones.

III – El inicio de las conductas espirituales y/o religiosas.  

La aparición emergente de las capacidades cognitivas (p. e. autoconciencia) no significa que se desarrollen automáticamente las conductasespirituales y religiosas que pueden apreciarse desde el inicio del Paleolítico superior.


Es difícil conocer cómo pudo iniciarse un simbolismo de estas características espirituales, pues en la naturaleza y sociedad (fuentes de todos los estímulos e ideas humanas) no se aprecian procesos ni acciones de orden metafísico. Hay que buscar procesos cognitivos humanos que de alguna manera favorecieran el desarrollo de este mundo inmaterial. Todas las respuestas pasan por un concepto general, los estados de conciencia diferentes o alterados respecto a la conciencia normal. Con la emergencia de la autoconciencia, aparecerían de forma conciente (considerados como propios y reales) los sueños o alucinaciones que siempre habían existido, pero que no afloraban al plano consciente, pues esta capacidad cognitiva emergente aún no se había desarrollado lo suficiente. Sería una emergencia onírica que había que interpretar y mostrar (representar), lo que socialmente se logró por medio de todo tipo de representaciones, de las que las visuales son las que tenemos sus restos (manifestaciones gráficas). En su inicio sólo podemos hablar de conductas relacionadas con ese mundo del que desconocemos el concepto que pudieron tener sobre él. Pero para poder trabajar denominamos como espirituales, en el sentido de que sólo tienen una base dentro del pensamiento humano, es decir, en un sentido estricto son inmateriales, lo que no excluye la posibilidad de que fuera tan real como los animales que cazaban para sus creadores.  

Como es lógico, para su realización es imprescindible que estén bien desarrollados los conceptos del yo/otros, de un espacio amplio y diverso, y dentro de un tiempo pasado, presente y futuro, pues son características básicas de toda experiencia metafísica. Efectivamente, estas experiencias siempre requieren la aceptación de otros seres diferentes a nosotros (individualidad), que viven en otro mundo indefinido (espacio determinado, aunque indefinido), y en un tiempo amplio (pasado, presente y futuro).   

Puede que los casos de conciencia alterada (unos más que otros) indujeran, tras los avances simbólicos de la personalidad ubicada en un tiempo y espacio, a crear un complejo mundo de características inmateriales, pero que siempre se producían en las condiciones antes mencionadas, por lo que para sus productores debieron de tener una existencia real. Esto es lo que nos indica el estructuralismo funcional, pero las explicaciones que pudieron desarrollarse entre los humanos del momento pudieron ser múltiples, por lo que sólo nos queda intentar seguir el hilo conductor de su desarrollo por medio de los tenues indicios que podamos encontrar en el registro arqueológico (manifestaciones gráficas, adornos, enterramientos, ajuares, conductas simbólicas, etc). No obstante, siguiendo con las pautas del estructuralismo funcional, todas las alucinaciones seguirían los patrones cognitivos que haya podido adquirir el pensamiento de su creador. Es decir, sólo pueden tener como base los conocimientos y recuerdos que tenga el sujeto que alucina, pues todo lo que no se conoce es como si no existiera. Naturalmente, tal concepto limitaría mucho las posibilidades explicativas de estos procesos de conciencia alterada.

Por tanto, ante toda conducta en la que se intuye cierto simbolismo espiritual, hay que comprobar si la sociedad que la creó tenía un nivel de capacidad y desarrollo cognitivo que lo posibilitaba, o no era capaz (en ese momento de su desarrollo cognitivo) de generar conductas con ese tipo de simbolismo. En su inicio, para que fuera socialmente aceptado, debería de existir algún signo o simbolización (primero palabras y/o gestos, después objetos y conductas) que representase lo alucinado, pero que pueda ser conocido por el resto de la sociedad. Tras admitir esta simbolización (la existencia de otro mundo diferente al real), se abre el camino a futuras y más complejas composiciones espirituales.

En este punto, encontramos dos procesos (en principio independientes) de compleja explicación. Primero, la existencia (aparentemente real para el que las vive) del mundo que proporciona los estados de conciencia alterados. Segundo, las preguntas sobre procesos naturales (muerte, nacimientos, fuerzas incontrolables de la naturaleza, etc.) que ni se comprenden ni pueden justificarse. En algún momento, ambos procesos pudieron unirse en el intento de ofrecer explicaciones a este tipo de conceptos. Sería la consecuencia de un proceso social encaminado a controlar y explicar conceptualmente los fenómenos naturales que afectan a la vida personal y social. Con el tiempo, se fueron estructurando en función de las respuestas que socialmente se vayan elaborando sobre la toma de conciencia de los hechos anteriores. En su desarrollo se formarían una serie de elementos simbólicos encaminados a representar, organizar y enseñar a los elementos de la sociedad que los originó. Por tanto, la creación, control y fin de la vida y del medio donde se desarrolla, pueden justificarse con la existencia de un ser o seres diferentes a nosotros en su forma y cualidades. Sin embargo, en principio sólo podrían atribuirles formas y cualidades humanas, de animales o elementos del medio ambiente, es decir, de lo que se conoce. Como es lógico, en este punto la variedad puede ser enorme, lo que dificulta mucho su estudio, siendo imprescindible dejarse guiar exclusivamente por los datos constatados que nos ofrecen los yacimientos. Con estas premisas podemos iniciar, con cierto fundamento, el estudio de las manifestaciones simbólicas que vemos con claridad a partir del inicio del Paleolítico superior (expresiones gráficas) o incluso analizar con mayor profundidad las que vemos en el Paleolítico medio (enterramientos) (Rivera, 2010). 

IV - Conclusiones

¿Existieron religiones en el Paleolítico? Hasta el inicio del Paleolítico superior no se dieron las condiciones cognitivas necesarias para facilitar su inicio (autoconciencia suficientemente desarrollada), aunque evolutivamente las condiciones biológicas ya existieron con anterioridad, por lo menos desde el inicio del nuestra especie.

Es a partir del logro social y cognitivo de la autoconciencia cuando se inician conductas que, en principio, pueden relacionarse con conceptos entroncados con otras formas de existencia, real pero inmaterial, con el que habría que relacionarse. Es el inicio de las representaciones gráficas (parietales y mobiliares) que se inician en el Auriñaciense (teriomorfos, manos, etc.) se introducen muy tempranamente en el interior de las cuevas. Con el Gravetiense se llegan desde el este de Europa y Asia dos importantísimas muestras de simbolismo relacionado con estas conductas: los enterramientos con ajuar y las características venus gravetienses.

¿Cómo se relacionan ambas costumbres de diferente origen geográfico y posiblemente significado? Poco, por no decir casi nada, se ha estudiado al respecto, aunque la unión de ambas formas de simbolismo (al menos espiritual) podría significar el borroso momento del inicio de unas costumbres religiosas, que con el tiempo irían ritualizándose y formar el embrión del un corpus doctrinal que podríamos denominar como religión. Pero como ya dije al principio del pots, la definición de religión es sólo una definición muy difícil de aplicar al Paleolítico. Así, para unos si sería una forma inicial de conducta religiosa, mientras que para otros sólo constituirían conductas religiosas poco estructuradas como para ser consideradas como una religión.

El continuum histórico de características heterogéneas en el tiempo y en el espacio que entraña el desarrollo de estos comportamientos simbólicos, es la mejor conclusión que podemos hacer en este momento. Mucho hay que trabajar en este aspecto, pero creo que debe realizarse dentro de un método que racionalice el trabajo. En este sentido la Arqueología cognitiva (Estructuralismo funcional) es la forma actual que mejor se adapta a estas necesidades.

* DAMASIO, A. (2010): Y el cerebro creó al hombre. Ed. Destino. Barcelona
* HERNANDO, A. (1999): “Percepción de la realidad y Prehistoria, relación entre la construcción de la identidad y la complejidad socio-económica en los grupos humanos”. Trabajos de Prehistoria.56 (2): 19-35.
* LEROI-GOURHAN, A. (1964): Las religiones de la Prehistoria. Ed. Laertes. Barcelona.
* RIVERA, A. (2009): Arqueología del lenguaje. La conducta simbólica en el Paleolítico. Akal. Madrid.
* SHENNAN, S. 2001: “Demography and Cultural Innovation: a model and its implications for the emergence of modern human culture”. Cambridge archaeological journal. 11: 1, p. 5-16. Cambridge.

domingo, 10 de marzo de 2013

Autoconciencia y Arqueología

La Arqueología, Prehistoria o Antropología prehistórica intentan estudiar la conducta del linaje humano en todo su desarrollo evolutivo. Para su logro, utilizan los métodos que sus respectivas disciplinas han elaborado a lo largo de su desarrollo como ciencia. Sus logros son importantes en todos los campos, aunque existen notables diferencias en diversos aspectos. Mientras que en el estudio del dónde y cuándo del inicio y desarrollo de la conducta humana cada vez se conoce mejor evolución en el Paleolítico, en los criterios del porqué y cómo de su producción los avances son mucho más lentos. La respuesta a tal diferenciación es obvia, pues mientras que en el primer caso estas ciencias se han mostrado eficaces mediante el estudio de los yacimientos arqueológicos, en el segundo caso carecen de métodos adecuados para el logro de sus metas: la comprensión de la conducta humana como consecuencia de las capacidades cognitivas adquiridas evolutivamente.

En los medios arqueológicos se aprecia poca inquietud por resolver la carencia metodológica que limita la comprensión del segundo caso. Su causa puede radicar en una aparente falta de necesidad, consecuencia de criterios evolutivos muy genéricos que explican el proceso de forma demasiado elemental. La concepción del proceso biológico de la evolución como una simple expresión de las mutaciones genéticas, junto con la falta de comprensión de la realidad psicobiológica del género Homo, han llevado a considerar las causas del porqué y del cómo de los cambios conductuales como meras manifestaciones de las mutaciones genéticas producidas durante todo el proceso evolutivo. Con estos criterios, cada vez que se produce un cambio conductual importante, son muchos autores los que opinan que se pudo deber a una mutación que favoreció tal cambio, lo que significando una mejora adaptativa superó los impedimentos de la selección natural.

No obstante, el registro arqueológico, que como manifestación del cuándo y dónde de los cambios conductuales es un diario de gran valor, no aporta datos sobre tal teoría sino todo lo contrario. En los intentos de establecer una correlación entre las capacidades cognitivas humanas y los datos arqueológicos, Colin Renfrew descubre lo que ha denominado como sapient paradox. Conocemos que la base biológica de nuestra especie se estableció hace más de 100.000 años, mientras que las primeras muestras arqueológicas de un comportamiento sabio (simbólico y complejo) no aparecen hasta fechas que sitúa sobre el 60.000 BP (p.e. en África en Bomblos), pero las conductas propias de nuestro sabio cerebro no se establecieron hasta mucho después de forma definitiva hasta el inicio del Paleolítico superior (40.000 BP en Europa). Con estas consideraciones arqueológicas las conductas con un complejo simbolismo (religión, lenguaje, arte, etc.) se ven más como trayectorias de un desarrollo cultural que como consecuencia de una innata capacidad biológica producida por una específica mutación. Hay que pensar que los cambios conductuales que se aprecian en el inicio de las culturas del Paleolítico superior puedan considerarse como productos emergentes o emergencias conductuales (Renfrew, 2008).   

La Arqueología cognitiva de Renfrew explica hechos muy importantes de la forma en que se ha ido desarrollando la conducta humana, pero ha tenido poco calado en los autores que de forma más tradicional han continuando explicando el registro arqueológico con criterios que no incluyen sus conclusiones. Tal forma de actuar, que además es contraria a lo que la Neurología y Psicología actuales indican, atribuyen un carácter independiente a cada uno de los procesos cognitivos que se pueden rastrear en los datos arqueológicos. En este contexto, la conducta simbólica (p. e. conductas con un simple aspecto religioso) puede producirse en cualquier momento, solo es suficiente encontrar un objeto (p. e. el encuentro del bifaz “Excalibur” en Atapuerca) susceptible de ser interpretado como portador de un simbolismo religioso (ajuar), para considerar al yacimiento como un ejemplo de una conducta simbólica específica y compleja (enterramiento con unsimbolismo de otra vida). Esta conclusión se realiza sin tener en cuenta el desarrollo cognitivo y conductual de la población que realizó tal conducta aparentemente simbólica. Así, se llega a la conclusión de que se puede tener un desarrollo espiritual o simbólico alto, mientras que el resto de las formas conductuales que vemos en el yacimiento indican una importante limitación para el desarrollo de conductas adaptativas, lo que limita mucho la supervivencia de la comunidad.   

No existe tal diferenciación cognitiva que posibilita una conducta simbólica compleja (conceptos religiosos) e impide un desarrollo técnico y sociocultural de igual complejidad. La Psicobiología actual y el registro arqueológico (la sapient paradox de Renfrew) van por otros caminos. Para tener unos conceptos religiosos hay que tener también un adecuado desarrollo de la autoconciencia y de los conceptos temporales y espaciales de la realidad en la que se vive. Sin este adecuado desarrollo no es posible que existan conductas religiosas, por muy simples que sean, por lo que hay que buscar otras causas que justifiquen tales conductas (p. e. enterramientos intencionales en le Paleolítico medio).  


La autoconciencia humana


La autoconciencia humana en un proceso que se gestó en el paleolítico, indudablemente con una base de evolución biológica (evolución cerebral) y un medio ambiente adecuado para la estructuración funcional de ese cerebro. Desde la limitada conducta del Homo habilis a la que presentaba el Homo sapiens en el Paleolítico superior hay una enorme diferencia en su conducta, que no puede explicarse solamente con fenómenos de simple adaptación a medios más o menos hostiles. Sin embargo, la introducción del problema de la autoconciencia en la Arqueología está muy poco  desarrollada, pues en los yacimientos arqueológicos existen muy pocos datos sobre su inicio y evolución, ni tampoco existe un método que facilite su estudio. Este tema es crucial para la compresión de la conducta humana en el paleolítico, pues es el logro de niveles adecuados de autoconciencia lo que facilitarían el inicio de otras conductas más complejas. Sería la consecuencia de un desarrollo de la reflexividad cognitiva que se adquiere (p. e. adecuar las respuestas a las vivencias del momento mediante el uso de los datos de la memoria, teniendo en cuenta la realidad personal y social en un tiempo y espacio determinado) y de la flexibilidad conductual (posibilidad de cambiar de conducta con mayor facilidad y rapidez). Pero tales ideas sólo se pueden adquirir por medio de una mínima compresión de la información que la Neurología y Psicología nos aportan en la actualidad. De ahí la necesaria utilización de formas metodológicas de corte interdisciplinario. Con estas premisas podemos preguntarnos sobre nuestra autoconciencia la siguiente cuestión:

¿Es la autoconciencia una facultad heredada que siempre se manifiesta en nuestra especie, o corresponde a una capacidad evolutivamente adquirida, que se desarrolla gracias a la influencia del ambiente social y cultural en el que nacemos y vivimos?

La Arqueología (sapient paradox de Renfrew) y los datos psicobiológicos actuales indican que la relación de su aparición se establece con características psicobiológicas de las capacidades cognitivas evolutivamente adquiridas y las particularidades medioambientales en las que se vive. Con su desarrollo adecuado y mutua interrelación, van a dar lugar a nuestra conciencia reflexiva. Sin un ambiente adecuado tal propiedad cognitiva no se manifiesta, o lo hace de forma inadecuada. En este sentido, sería la utilización de específicas informaciones aprendidas del medio social, que facilitan el desarrollo de una conducta con características especiales (Marina, 1998). Podríamos definirla, a pesar de la importante controversia que existe al respecto, como el conocimiento subjetivo que tenemos sobre nuestros propios procesos mentales, de la información que recibimos, de los actos que realizamos y de nuestra relación con los demás. Por tanto, la conciencia reflexiva o autoconciencia corresponde a una capacidad cognitiva, con cierto carácter innato en función de su posibilidad de desarrollo, que para que se manifieste en la conducta es necesario una estimulación y aprendizaje adecuados, por medio de un entorno sociocultural concreto. De esta concepción aparece el concepto de emergencia conductual.

Actualmente, son muchos los autores que están de acuerdo que tal proceso es una propiedad emergente del cerebro. El concepto parece nuevo, aunque tiene relación con la concepción de exaptación evolutiva, pues se basa en el mismo principio, aunque con enfoques diferentes (psicológicos y evolutivos). El profesor de Filosofía John R. Searle, en su libro “El misterio de la conciencia” ofrece una definición muy precisa (2000):  

Una propiedad emergente de un sistema es una propiedad que se puede explicar causalmente por la conducta de los elementos del sistema; pero no es una propiedad de ninguno de los elementos individuales, y no puede explicar simplemente como un agregado de las propiedades de estos elementos. La liquidez del agua es un buen ejemplo: la conducta de las moléculas de H2O explica la liquidez, pero las moléculas individuales no son líquidas.

La conciencia reflexiva es pues una propiedad emergente de la conducta (Álvarez Munárriz, 2005; Mora: 2001), resultante de la unificación funcional de otras capacidades cognitivas (mecanismos de atención seriados, memoria a corto plazo, emotividad, etc.) que, por sí solas, no explican tal propiedad, pero la suma funcional de ellas daría lugar a las propiedades de autoconciencia humana (Edelman y Tononi, 2000; Mora, 2001). El desarrollo de la conciencia reflexiva se producirá cuando las capacidades cognitivas lo permitan, y las características del medio ambiente sean las adecuadas. Si en la actualidad tales condiciones parecen obvias, en la prehistoria adquieren un protagonismo esencial. Las primeras van apareciendo con la evolución física, mientras que las segundas hay que crearlas, teniendo un desarrollo propio y diferente a la evolución neurológica.

¿Cuáles son las características del medio ambiente que favorecen la emergencia de la autoconciencia? Existen varias, y todas ellas relacionadas con los procesos sociales que ocurren en las comunidades humanas, y por supuesto relacionadas entre sí. Destacaré dos por ser las más importantes y que mejor se han estudiado:

I.- El desarrollo del lenguaje. Las funciones del lenguaje son varias (social, comunicativa y cognitiva), de ellas la tercera es la menos conocida pero no por ello menos importante. La Función cognitiva (comunicación interna) sería una interacción cognitiva entre el lenguaje y el pensamiento, facilitando el pensamiento racional por medio de diversos procesos internos, como son el lenguaje interno, el pensamiento verbalizado, el lenguaje intelectualizado, el procesamiento computacional de la información, el desarrollo de las capacidades de abstracción, la simbolización, la conciencia reflexiva, el aprendizaje, etc.
La utilización del lenguaje por parte del pensamiento conlleva la limitación de las características del mismo, si éste es muy limitado en concepciones abstractas, el pensamiento tendría igualmente cierta limitación en el uso de tales conceptos abstractos no aprendidos. El lenguaje es el medio por el cual aprendemos todos los conceptos abstractos (conceptos sobre la individualidad, el tiempo, el espacio, la negación, religión, arte, etc.) que nuestra sociedad haya podido ir creando a lo largo de su desarrollo. No podemos esperar que cada niño, en su crecimiento y desarrollo particular, deba ir creando todas las abstracciones que la sociedad ha originado a lo largo de su largo periplo cultural. El lenguaje es el medio por el cual el niño, de una manera rápida, guiada y ordenada, adquiere ese conjunto de abstracciones fundamentales en nuestro medio social. Igualmente, dotamos a nuestro pensamiento de una herramienta fundamental para poder desarrollar las capacidades cognitivas que nos caracterizan (lenguaje interno). El niño, al ir asimilando las abstracciones que aprende por medio del lenguaje que escucha de la sociedad en la que vive, dentro de su periodo crítico de maduración neurológica, organiza su sistema nervioso en función de las cualidades que tales abstracciones le ofrecen (Belinchón et al. 1992; Vygotsky, 1920).

II.- El desarrollo de las sociedades humanas en todos sus aspectos: social, económico, tecnológico, demográfico, etc. En este contexto de desarrollo es donde se van a producir las abstracciones que caracterizarían las cualidades del lenguaje, cuanto más complejas son las actividades de la sociedad, más elaborado serían las abstracciones que el lenguaje puede crear, recoger, almacenar y transmitir a las nuevas generaciones. Todas estos procesos sociales y lingüísticos serían las que irían creando y magnificando lo que el famoso neurocientífico Antonio Damasio (2010) denomina como autoconciencia biográfica, la cual, expresada en la complejidad del lenguaje, contribuye de forma muy significativa a crear las estructuras principales de la autoconciencia humana.


Con el desarrollo de estas condiciones sociales surge el concepto de individualidad (social y, sobre todo, personal), con el que se iniciamos el reconocimiento e interiorización de la idea abstracta del yo / nosotros en relación con el concepto de tú / otros. Pero tal emergencia conductual no es un todo o nada, sino un continuum ampliamente heterogéneo en el tiempo y en el espacio geográfico. La individualidad depende de las características lingüísticas y sociales en el que se vive, por lo que sus cualidades estarían condicionadas a sus grandes desigualdades, las cuales están bien recogidas en la historia de todas las sociedades humanas.  

Autoconciencia en el registro arqueológico

El registro arqueológico, como testigo de los avances cognitivos y conductuales humanos, nos muestra las fechas y lugares (actualmente con una credibilidad aceptable, aunque no exacta) en los que se iniciaron los cambios conductuales que reflejan el inicio de esta capacidad emergente humana. Un ejemplo del que tenemos muchos datos es la transición al Paleolítico superior en Europa.

- En el Paleolítico medio (Europa y el Próximo Oriente) las poblaciones humanas se encuentran sumergidas en la cultura Musteriense, con una tecnología lítica muy conocida, en la que las láminas son escasas y poco definidas (pero existen). El trabajo del hueso es muy escaso y se realiza con técnicas propias de la talla lítica. Los adornos conocidos son muy escasos y corresponden a productos que por su color y forma llaman la atención (plumas, piedras de colores, fósiles,  etc.). En general, se va apreciando un paulatino, aunque muy heterogéneo en el tiempo y en el espacio, desarrollo de la complejidad social, tecnológica y logística, pero no lo suficientemente desarrollado como para ofrecer las condiciones necesarias para generar una autoconciencia biográfica y un lenguaje complejo.

- Pero que no se llegue al nivel requerido no implica que se esté en el camino de lograrlo. Los primeros avances serían el inicio de la propia identificación social del grupo en contrapunto con la identificación de las demás poblaciones, es decir, a la creación del concepto de la individualidad social. En su paulatino aumento de complejidad, darían lugar a diferentes manifestaciones de tipo social, tecnológico, político y religioso dentro del propio grupo (Elías, 1990; Hernando, 2002). Así, se iniciarían los criterios de individualidad personal o diferencias particulares que surgen entre los elementos de un mismo grupo humano (autoconciencia biográfica entendida como el germen de la propia autoconciencia individual, tal y como la entendemos en la actualidad).

- Arqueológicamente se comprueba su suficiente desarrollo con la producción de cambios tecnológicos y socioeconómicos que han caracterizado al inicio del Paleolítico superior. En poco tiempo, dentro del computo temporal del paleolítico, aparecen la producción de adornos, la tecnología ósea con medios productivos específicos para tal materia prima, una tecnología lítica laminar muy definida y lograda cada vez con mayor variedad de útiles, y unos criterios de generalización espacial en todos estos avances (sociales, técnicos y simbólicos) muy importantes.

- Con relativa posterioridad se comienzan a ver las manifestaciones graficas de muy variado tipo y forma. El simbolismo inicia un desarrollo nunca visto hasta entonces. Sólo con el logro de estas premisas cognitivas (individualidad dentro de unos delimitados conceptos espaciales y temporales) es cuando pueden comenzar a desarrollarse los patrones conductuales de un simbolismo complejo, como serían los metafísicos (magia, religión, etc.), que pueden relacionarse con la aparición de las imágenes parietales y mobiliares.


- La complejidad social, tecnológica y simbólica adquieren un importante progreso, a la que hay que añadir una generalización y persistencia generacional que nunca se había visto antes. El ser humano razona mejor y es más flexible en sus decisiones y cambios de conducta, de una forma mucho más rápida de cómo lo había realizado hasta este momento.

Esta general visión arqueológica de la evolución de la conducta humana en la transición paleolítica se ajusta muy bien a las condiciones de producción de la autoconciencia humana, y sirve de ejemplo de cómo los trabajos interdisciplinares ofrecen mejores respuestas a las preguntas que podamos tener sobre nuestro pasado. 

* ÁLVAREZ MUNÁRRIZ, L. (2005): “La conciencia humana”. En: La conciencia humana: perspectiva cultural. Coord. por Luis Álvarez Munárriz, Enrique Couceiro Domínguez. Anthropos. Barcelona.
* BELINCHÓN, M.; IGOA, J. M. y RIVIERE, A. (1992): Psicología del lenguaje. Investigación y teoría. Madrid. Trotta.
* DAMASIO, A. (2010): Y el cerebro creó al hombre. Destino. Barcelona.
* EDELMAN, G. M., y TONONI, G. (2000): Un Universe of Consciousness. Basic Books, New York. 
* ELÍAS, N. (1990): La sociedad de los individuos. Ensayos. Península / Ideas. Barcelona.
* HERNANDO, A. (2002): Arqueología de la identidad. Akal. Móstoles (Madrid).
* JENKINS, R. (1996): Social Identity. Nueva York y Londers, Routledge.
* MARINA, J. A. (1998): La selva del lenguaje. Introducción a un diccionario de los sentimientos. Anagrama. Barcelona.
* MORA, F. (2001): El reloj de la sabiduría. Tiempos y espacios en el cerebro humano. Alianza Editorial. Madrid.
* SEARLE, J. R. (2000): El misterio de la conciencia. Paidos. Barcelona.
* VYGOTSKY, L. S. (1920): El desarrollo de los procesos psicológicos superiores. Ed. Crítica. 1979. Barcelona.