viernes, 25 de febrero de 2011

Los enterramientos del Paleolítico Medio

Los datos arqueológicos sobre los enterramientos con un posible ajuar funerario han sido expuestos como ejemplo de la existencia de un simbolismo moderno en el Paleolítico Medio. Aunque parezca que la situación parece aclarada, la realidad, al profundizar un poco en las conclusiones arqueológicas, dista mucho de ser tan sencilla. 

El número atribuido a tales practicas difiere entre los diferentes autores que han estudiado este tema, fundamentalmente por la incertidumbre que muchas veces existe sobre si su origen fue intencional o se trata de un simple cadáver abandonado. Así, las diferentes listas que sobre el número de enterramientos se han publicado en los últimos años, no son exactamente iguales. Las últimas son las que ofrecen un número más elevado, llegando a la cifra de 58 posibles enterramientos, de los cuales 35 de ellos pertenecen a los neandertales (D´Errico, 2003). En África son mucho más escasos pues sólo se conocen tres casos, y todos ellos atribuidos a los HAM (McBrearty y Brooks, 2000). En total tenemos unas 61 inhumaciones. Naturalmente, no todos estos enterramientos tienen las mismas posibilidades de ser catalogados como intencionados, pero al menos pueden considerarse como posibles (Rivera, 2010).

I.- Datos arqueológicos

* Inhumaciones en Europa y el Próximo Oriente.
Todas las conductas mortuorias del Paleolítico Medio se encuentran dentro del área de extensión del Musteriense, siendo en su mayoría restos óseos de neandertales, a los que hay que añadir los pertenecientes a los HAM de Qafzeh y Skhül. De estos yacimientos, se han obtenido unas características generales.

- De los enterrados. La mayoría de los cadáveres corresponden a niños y hombres, estando los femeninos en clara minoría. Parece haber un tratamiento específico reservado a los niños con un 40% del total de las inhumaciones (Defleur, 1993), lo que parece indicar cierta relación entre las muertes ocurridas en el hábitat y los enterramientos.

- De las posibles tumbas. Se producen siempre en cuevas o abrigos, lugares muy relacionados con la frecuente ubicación del hábitat. Si se dan las dos circunstancias (hábitat y enterramientos) hay una separación mínima. No se conocen sepulturas en los yacimientos musterienses al aire libre (Binant, 1991). Se aprecian diversas formas de enterramiento, con fosa, con túmulos, con bloques de piedras y sin ningún elemento, por lo que se llega a la conclusión de que no hay una sepultura típica. Suelen estar en posición más o menos flexionada o contracturada, pero nunca estirados (Binant, 1991; Riel-Salvatore y Clark, 2001).

- Elementos asociados del hábitat. Los restos de hogares, fuegos y cenizas están muy relacionados con estas sepulturas, encontrándose muchas veces osamentas y útiles quemados. Las opiniones sobre su finalidad oscilan desde ser considerados como un elemento más de un posible ritual funerario a simples restos de cocina con fines higiénicos de quemar restos (Binant, 1991). Todos los objetos que acompañan a estas inhumaciones son cronoculturales y pueden verse en cualquier lugar del yacimiento, por lo que no existen elementos específicos en los enterramientos que le den un simbolismo propio y excluyente (Binant, 1991). Los restos de animales son muy abundantes, pero sólo los que presentan cierta articulación de su esqueleto y están en íntimo contacto con la osamenta humana pueden tener una intencionalidad especial, aunque muchos restos de animales podrían haber llegado junto al cadáver por causas naturales (Stringer y Gamble, 1996; Gargett, 1999).

- Objetos posiblemente simbólicos. Existe una clara ausencia de adornos corporales, la excepción se produce en la tumba de Skhül con restos de HAM (100-80000 BP), donde se han encontrado dos conchas marinas perforadas (Nassarius gibbosulus). Su reciente estudio se ha realizado fuera del contexto estratigráfico, pues la excavación se realizó en 1930, encontrándose depositadas en el Museo de Historia Natural de Londres. Se han asociado con otra concha perforada en Oued Djebanna (Argelia), en un contexto poco preciso de unos 90000 BP (Vanhaeren et al. 2006). Su excavación antigua hace que su ubicación cronológica y estratigráfica no sea muy precisa, lo que no favorece su estudio.

Sólo en dos tumbas (Qafzeh 8 y 12) existe una relación con el ocre y en ambas existe en forma de guijarro (Riel-Salvatore y Clark, 2001). Pero, el uso del ocre también se asocia al tratamiento de pieles y del espacio habitable como desinfectante, por lo que es posible que la coloración roja de muchos esqueletos se deba a la pigmentación de las pieles que los cubrían o sobre las que reposaba (Binant, 1991). El Shanidar 4, se han encontrado una rica asociación con pólenes de plantas vistosas, que se han interpretado como una ofrenda floral al muerto (Leroi-Gourhan, 1975). No faltan quienes piensan en una eventualidad natural como la causa de tal acumulación de polen. En el yacimiento de Shanidar 1 contiene a un hombre lisiado por la perdida de un brazo, que sobrevivió con esa condición algunos años, lo que implica un comportamiento solidario.

- Características sociales. Un dato importante, pues estaría directamente relacionado con las condiciones medioambientales necesarias para todo desarrollo cognitivo, sería la ubicación de tales tumbas en áreas de alta densidad demográfica (en un tiempo y espacio relativamente restringido), lo que favorecería las relaciones sociales (Shennan, 2001). Efectivamente, la mayoría de las posibles tumbas se han encontrado en zonas con estas características (Binant, 1991), sería el caso de la mayoría de los yacimientos del oeste de Europa y del Próximo Oriente, o en yacimientos de importante trayectoria de su uso en el tiempo. Es difícil encontrar restos susceptibles de ser un enterramiento, en yacimientos pequeños, mal relacionados y de pequeña evolución temporal.

* Inhumaciones en África.
En el norte de África encontramos un enterramiento musteriense en el valle del Nilo (Taramsa Hill, Egipto), que comparte todas las características culturales de sus homólogos europeos y asiáticos. El esqueleto (al parecer de un niño, mal conservado y en un estado muy frágil) estaba inclinado hacia atrás en una posición sentada, siendo depositado en el lado suroeste de un pozo de extracción de materias primas. Durante la excavación se prestó especial atención a los datos que pudieran excluir o confirmar la posibilidad de que el entierro fuese una intromisión en los depósitos antiguos, llegando a la conclusión de que el esqueleto es contemporáneo con los depósitos de materiales de extracción situados en sus alrededores, los cuales se usaron como relleno del foso después de depositar el cadáver. Mezclados con este relleno encontraron numerosos artefactos líticos (tecnología Levallois, con numerosas lascas y hojas), característicos de mediados y finales del Paleolítico Medio. No hay evidencias que impidan considerar el enterramiento como intencionado. Su cronología por OSL es de unos 80-50000 BP (Vermeersch et al. 1998). Se diferencia claramente de los yacimientos correspondientes al MSA del Africa subsahariana, tanto por su tecnología musteriense como por la falta de elementos simbólicos. Sin embargo, hay que destacar el lugar de la inhumación, pues no es un área de hábitat sino en una cantera de extracción de materiales, su intencionalidad parece estar clara, pero su relación con un posible simbolismo es muy difícil de mantener.

En África del sur (MSA) existen algunas conductas posiblemente relacionadas con la muerte, pero son muy escasas. Sólo se conocen dos posibles inhumaciones, lo que dice poco del enterramiento como forma habitual de eliminación de los cadáveres, adquiriendo el carácter de esporádicos. Se suelen asociar exclusivamente con los HAM. En el yacimiento de Border Cave (Sudáfrica) se encontraron los restos de un niño (nivel BC3), siendo interpretados como una inhumación deliberada, la cual ofrece una cronología por asociación estratigráfica de unos 90-100000 BP (McBrearty y Brooks, 2000). Está situado en una importante área de hábitat de larga duración, con cierta amplitud de sus redes comerciales, como puede observarse de la calcedonia de Border Cave obtenida a más de 40 Km de distancia. (McBrearty y Brooks, 2000). No obstante, su antigua excavación (década de 1940), y la posibilidad de ciertas perturbaciones estratigráficas, hacen que existan dudas sobre la intencionalidad de la inhumación. Por los mismos motivos que pesan sobre la intencionalidad del enterramiento, se admite la posibilidad de ser el resultado de una intrusión de niveles superiores. En el yacimiento de Mombwa (Zambia), con fecha de unos 100000 BP (Barham, 2000), se han encontrado restos humanos bajo un túmulo de piedras, que en principio se asociaron con el MSA, pues se encontró tecnología ósea, ocre y cierta estructuración espacial, aunque actualmente se piensa que el enterramiento pueda ser una intrusión de niveles superiores (Barham, 2000).

Sin embargo, los datos que apuntan a conductas simbólicas, aunque no relacionadas directamente con las escasas tumbas conocidas, son más claros que los apreciados en Europa y el Próximo Oriente en todo este periodo en estudio. Sería el caso de las 41 conchas perforadas del yacimiento de Blombos en Sudáfrica, donde también se han encontrado dos trozos de ocre con un dibujo geométrico en cada uno de ellos, datados sobre el 77.000 BP, y perfectamente ubicadas en los contextos culturalmente avanzados del MSA. Es interesante destacar el uso de pigmentos metálicos como el ocre, los cuales abundan en el África subsahariana dentro del contexto de MSA. Estos datos apuntan a la existencia de un simbolismo moderno en Africa meridional.

II.- Intencionalidad de inhumación.

Ante todo posible enterramiento siempre hay que tener en cuenta que el proceso conlleva tres aspectos fundamentales. Primero, la intencionalidad básica del entierro como solución sanitaria ante el problema social que se presenta. Segundo, la posibilidad de añadir a la anterior una respuesta emocional, social y/o simbólica. Tercero, intentar analizar la naturaleza de tal simbolismo. Hay que añadir que estos aspectos no tienen porqué ir siempre unidos, por lo que habrá que intentar estudiar cada uno por separado, y analizar cuando vayan juntos. Ante el primer caso los datos aportados por el registro arqueológico pueden bastar, pero en los dos siguientes parece obvio la necesidad de un previo estudio sobre la naturaleza del simbolismo humano. Los dos primeros han sido ampliamente discutidos, con opiniones tanto a favor (p.e. Riel-Salvatore y Clark, 2001; Pettitt, 2002; Trinkaus y Zilhao, 2002; D´Errico et al. 2003), como en contra (p.e. Stringer y Gamble, 1996; Gargett, 1999). No se discute el carácter sanitario de la eliminación del cadáver del hábitat, sino la intencionalidad de tales conductas. Así, al demostrar arqueológicamente la intención de inhumación, automáticamente se añade un simbolismo de aspecto desconocido y casi sin fundamento, indicando la posibilidad de cierto carácter metafísico. En todas las comunidades de primates, y más aún entre homínidos con un mayor desarrollo cognitivo y social (neandertales y HAM) ante un cadáver siempre se plantean las tres opciones ya comentadas (conductas ante la muerte): su ocultación o aislamiento cerca del yacimiento, su abandono en un lugar suficientemente lejano, y la evacuación del lugar por parte de sus pobladores. Si existen cadáveres cerca del hábitat es porque se decidió depositarlos allí, ocultándolos por medio de las fosas, hoyos, tierra o piedras que vemos en los yacimientos. Sin embargo, las posibilidades de que se encuentre un cadáver en un yacimiento son variadas, pues hay que añadir la muerte por derrumbes, el arrastre del muerto por alimañas o por procesos geológicos, lo que siempre hay que valorar. Hay razones que, por la existencia conjunta de la mayoría, justifican la intencionalidad de tales enterramientos.

- Arqueológicas (Defleur, 1993).
Se refieren a las características de los restos óseos que deben encontrarse próximos entre sí y dentro del mismo estrato arqueológico (esqueleto total o parcialmente articulado). Igualmente los huesos que conserven su articulación fisiológica como los sueltos, deben situarse en una posición espacial compatible con las colocaciones propias de un enterramiento (flexionado, de espaldas o de lado). El nivel arqueológico donde esté depositado el cadáver debe tener unas características que dan lugar a pensar en un tratamiento específico del área de colocación del cadáver. Sería el caso de una diferente disposición de piedras, útiles líticos y restos de animales con el resto del nivel arqueológico. Si el cadáver ha sido sepultado con piedras, estas aparecerán alrededor del mismo, mientras que en el resto del nivel o faltan o presentan una disposición muy diferente. La existencia de una fosa donde colocar el cadáver dice mucho en favor de la intencionalidad, así como encontrar ciertos elementos de procedencia humana (útiles líticos, colorantes, adornos, etc.) cuya presencia difícilmente se justificaría de forma accidental. La mayoría de los esqueletos de los yacimientos estudiados se ajustan a estos requerimientos.

- Distribución, azar y demografía.
Existe una extraña distribución geográfica de los yacimientos en los que se han encontrado restos óseos con las características del apartado anterior, pues se observa un claro agrupamiento (70%) en el oeste de Europa y en el Próximo Oriente. A simple vista, tal distribución geográfica se escapa de las simples teorías del azar y de la estadística, por lo que deben de existir otros factores que favorecieran su particular ubicación. Los numerosos yacimientos musterienses que carecen de posibles enterramientos, aunque si presenten restos óseos pero sin las características de inhumación (Alemania, Península Ibérica), indican un origen independiente dentro de la amplia extensión musteriense (Binant, 1991). La inhumación, como medio de hacer desaparecer un cadáver, no pudo interesar a la totalidad de la población de neandertales (Bonifay, 1988), o no todos tuvieron el desarrollo cognitivo y cultural necesario para su realización.
Este peculiar agrupamiento geográfico de las inhumaciones junto a importantes yacimientos musterienses, indican que tendrían una relación con situaciones de mayor demografía (Binant, 1991). Tal situación favorecería las relaciones sociales (Shennan, 2001) y la posibilidad de mayor desarrollo cognitivo.

- Cronología.
No deja de ser importante que la mayoría de los enterramientos del oeste europeo tengan lugar en unas fechas comprendidas entre 60/40.000 BP (Binant, 1991), aunque haya que tener en cuenta la antigüedad del estudio de sus yacimientos y las limitaciones del método del C-14. Mientras en el Próximo Oriente tenemos una triple cronología, la más antigua del único enterramiento neandertal en Tabün (TL: 160.000 BP; Mercier et al. 2000); las múltiples inhumaciones de Qafzeh (6) y Skhül (6) asociadas a los HAM comprendidas entre 80.000/120.000 BP (Grün y Stringer, 1991); y las más recientes de Kebara (2) y Amud (2) asociadas al Neandertal situadas entre 40.000/60.000 BP (Valladas et al. 1988). Parecen indicar que en esos periodos se produjo, en las áreas de mayor demografía y de relación social, cierto desarrollo cognitivo que favoreció la practica del enterramiento de algunos de sus miembros.

- Sociabilidad.
Como la mayoría de los posibles enterramientos se han localizado en los lugares de hábitat situados en cuevas o abrigos, y que en zonas alejadas o al aire libre no conocemos ninguno, hay que pensar que mayoritariamente se enterraban los óbitos que tuvieran lugar en el área de ocupación habitual, o cercanos a él. La presencia masiva de niños (40%) y de adultos con lesiones parece corroborar tal apreciación, aunque nunca se pueden excluir otras actuaciones que, sin embargo, no serían mayoritarias. Las características particulares de estas inhumaciones (tanto de los esqueletos como del lugar donde se encontraron), su peculiar distribución geográfica y temporal en zonas de mayor desarrollo demográfico y social, distan mucho de adaptarse a las leyes del simple azar (acción de carroñeros, derrumbes, actividad geológica, etc.) que postulan los que no creen en su intencionalidad. 

La interacción arqueológica de todos estos aspectos indica la intencionalidad de muchos de los enterramientos musterienses por motivos, al menos sanitarios, lo que no excluye la existencia añadida de otros de componentes más complejos.

III. - Posibilidad de cierto simbolismo.

Para analizar la posibilidad de un simbolismo asociado a la inhumación hay que valorar el desarrollo cognitivo alcanzado por sus creadores. La decisión estaría directamente relacionada con el contexto cognitivo y cultural que existiera dentro del seno de la población de estas zonas y en ese periodo, por lo que no todas las comunidades humanas tomarían la misma actuación.
El simbolismo, tal y como vimos, no es un todo o nada, sino un complejo proceso que caracteriza la conducta humana, y que en su desarrollo pasa por diversas fases de acumulación cognitiva y cultural (continuum). Su evolución es claramente heterogénea en las poblaciones que inician su particular conducta simbólica, aunque todas ellas dentro de los límites del estructuralismo funcional. Existen diversos estadios intermedios de muy difícil explicación que se nos escapan a nuestro raciocinio, al no tener datos que nos indiquen sus características. Las tumbas intencionadamente realizadas pueden poseer cierto simbolismo, si como tal se considera a las manifestaciones de afectividad, respeto social o jerárquico, que se sumarían a los criterios sanitarios. Sería una forma de simbolismo individual más o menos incipiente. Con él, se evitaría que el cuerpo del difunto fuera devorado por los carroñeros, ya fuese por respeto, pena o temor ante tan desagradable acto. Estaríamos en un periodo intermedio del continuum que supone el desarrollo cognitivo y cultural de las poblaciones con las suficientes capacidades cognitivas como para llegar a un simbolismo moderno y después trascendente.

Estas consideraciones afectarían tanto a las posibles inhumaciones de los HAM en los yacimientos del Próximo Oriente y Egipto como a las de los neandertales del momento. El simbolismo que podríamos asociar a estos enterramientos sería compatible con el que vemos en la cultura de sus creadores, es decir, un simbolismo primitivo que promocionaría unas tumbas intencionadas a las que añadir manifestaciones de afectividad, respeto social y/o jerárquico. Sin embargo, en las dos inhumaciones de los HAM en Sudáfrica, donde al apreciar en su cultura manifestaciones de un simbolismo moderno que podría plasmarse en la intencionalidad de estos enterramientos, las dudas sobre su correcta estratigrafía, atribución cultural y temporal, hace pensar que tan escaso número y poca fiabilidad de tales inhumaciones no constituyen una representación fiable de las conductas mortuorias de esta población en este periodo y lugar.

El simbolismo de tales tumbas debería ser paralelo al observado en la sociedad que las creó, o por lo menos ser consecuente con el desarrollado por la población en su conducta habitual. Si en el Musteriense el simbolismo sólo tenía un desarrollo primitivo (básicamente lingüístico, inconsciente y de limitado desarrollo de los conceptos sobre la individualidad social-personal, y de su ubicación temporal-espacial), no hay que pensar en la existencia de un simbolismo moderno ni metafísico, pues requieren un mayor desarrollo cognitivo de estos conceptos. Si en los aspectos de supervivencia y adaptabilidad estaban pobremente desarrollados los conceptos de individualidad personal, del espacio y del tiempo, no es posible aceptar que en otras áreas más complejas (metafísicas) si estuvieran desarrolladas. La ausencia de una conciencia reflexiva, lo suficientemente desarrollada como para tener el suficiente conocimiento sobre nuestra propia existencia y la de los demás, dentro de un amplio concepto temporal y espacial (simbolismo moderno) en este periodo y en las áreas geográficas en estudio, impide poder incluir en su conducta un simbolismo reflexivo de carácter espiritual o trascendente a estas inhumaciones intencionadas.

En los contextos del MSA el desarrollo tecnológico, social y simbólico cambia notablemente, como se aprecia de su tecnología laminar, tecnología ósea, y los adornos (conchas perforadas, ocre gravados, etc.) como ejemplo de una conducta reflexiva y flexible, características del simbolismo moderno (McBrearty y Brooks, 2000). Sin embargo, su reciente iniciación en este nivel simbólico, y sus irregularidades temporales y espaciales que pueden ser consecuencia de la falta de grandes estudios regionales, parecen indicar un desarrollo cognitivo de estas características con ciertas limitaciones. Esta falta de homogeneidad y continuación cultural inducen a pensar en el logro de un simbolismo moderno, pero no del inicio del simbolismo trascendente. Así, la intencionalidad de estas escasas inhumaciones estaría más cerca de la apreciada en el Musteriense que de las propias del Paleolítico Superior. Pero el escaso número de enterramientos en África durante el periodo en estudio, y las dudas respecto de su intencionalidad, indican formas conductuales mortuorias que no pueden compararse con las del Próximo Oriente y Europa, ni ser claros ejemplos de la conducta ante la muerte de aquellas poblaciones.


IV. - Conclusiones

El simbolismo es el proceso cognitivo que más nos caracteriza, pero su complejo origen y desarrollo obliga a tener una metodología específica para su análisis. Su estudio por la simple comparación de aquellos objetos o conductas que no representan una utilidad práctica con cierto simbolismo de naturaleza desconocida, difícilmente puede llegar a conclusiones que satisfagan a todos. Por otro lado, la excesiva traslación de conceptos y conductas mortuorias de periodos históricos más recientes, en los que el desarrollo cognitivo es claramente moderno y metafísico, a periodos más antiguos donde tal desarrollo cognitivo estaba en formación, sólo pueden producir confusión e incertidumbre. Así, es difícil pensar en inhumaciones con carácter metafísico (ajuares, otra vida, etc.), cuando en las formas conductuales de su vida cotidiana no existen las condiciones básicas que posibiliten tales conceptualizaciones espirituales.

El simbolismo representa un complejo proceso que caracteriza la conducta humana, y que en su desarrollo pasa por diversas fases de acumulación cognitiva y cultural (continuum). Su estudio requiere desmenuzar tal proceso en sus elementos más simples (conceptos de individualidad, espacio y tiempo), para intentar comprobar su inicio y desarrollo en el paleolítico. Sólo tras un mínimo desarrollo de estos elementos básicos y su mutua interacción es cuando tendría lugar una emergencia cognitiva de carácter simbólico. Podemos seguir su rastro evolutivo por medio de su influencia en los datos de los yacimientos, los cuales habrán adquirido ciertas características modernas (primero los adornos y después las conductas metafísicas).

Los datos del Paleolítico Medio señalan a una sociedad con una capacidad simbólica poco desarrollada, que cuando aparece lo hace de forma esporádica, escasa y limitada a las formas de un simbolismo primitivo. No podemos hablar de religión pues su concepción demasiado compleja para seres humanos que aún no han desarrollado plenamente la objetivación de su propia existencia y la de los demás, junto con una necesaria ubicación temporal y espacial. Tampoco de ritos, pues un rito es la representación ordenada y sistemática de ciertas ideas de carácter simbólico, creando un modelo conductual que se realiza repetitivamente, fenómeno que no puede darse en este momento. Por tanto, creo que en este periodo no existirían enterramientos con un simbolismo metafísico. Lo más lógico, sobre la base de nuestro desarrollo teórico expuesto, es que se tratasen de inhumaciones intencionadas con un fin sanitario, a las que hay que añadir cierta presencia de respuestas sociales y/o emotivas originadas por la muerte de un miembro del grupo, sobre todo si se trata de un niño o individuos con cierta relevancia social. Podría pensarse en un desarrollo cognitivo camino del simbolismo moderno, pero que aún no habría llegado a su pleno desarrollo. Tal proceso sólo puede desarrollarse en aquellos lugares donde existiera una importante interacción social, consecuencia de un aumento demográfico y perduración del mismo. Con unas capacidades cognitivas que puedan crear una conducta simbólica (como ocurrió entre los humanos del periodo), sólo sería necesario la formación de un medio ambiente (cultural, social, tecnológico, lingüístico, etc.) que favoreciera su desarrollo, lo que en un grado intermedio vemos en las comunidades del Paleolítico Medio con mayor densidad de población. 

Por tanto, no hay por qué dudar de la intencionalidad de las inhumaciones producidas durante este período, ni de cierto simbolismo de carácter social y emotivo, pero sí de su motivación metafísica o espiritual.


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sábado, 12 de febrero de 2011

Contextos culturales y cognitivos en la transición europea

Ya comenté que todo desarrollo cultural necesita la existencia de unos antecedentes (culturales y cognitivos) que lo posibiliten. Su desarrollo histórico se aprecia en el característico continuum cultural de la evolución conductual humana. Las propiedades de nuestro estructuralismo funcional hacen que tal desarrollo presente una heterogeneidad espacial y temporal muy marcada. Cuando en el paleolítico estudiamos la evolución cultural siempre debemos de tener presente la necesaria existencia de este proceso de desarrollo, pues en definitiva su análisis sería el que nos ofrezca las particularidades históricas de los seres humanos de aquella lejana época. Debemos de tener la seguridad de que tal continuidad en la evolución cultural (rápida o lenta) siempre ha existido, sólo que hay que buscarla aprovechando todos los indicios que los datos arqueológicos nos ofrecen.

El inicio del Paleolítico Superior sin duda es muy complejo, pues involucra a dos poblaciones (neandertales y HAM) y a sus respectivos desarrollos cognitivos y culturales, algunos de ellos convergentes, pero también los hay claramente divergentes. Todo ello dentro de un heterogéneo (temporal y espacial) desarrollo cultural donde hay que valorar la existencia de los estadios intermedios de desarrollo que, en conjunto, formarían el continuum cultural ya mencionado.
Los cambios son producidos por las comunidades humanas que poblaron Europa durante la transición. Su origen evolutivo, cultural y posiblemente cognitivo no fue el mismo, pues su diferenciada evolución producida en lugares lejanos, sin conexión hasta su encuentro en el Próximo Oriente y en Europa, indica que tuvieron caminos diferentes, aunque posiblemente parecidos al evolucionar de las características psicobiológicas de un ancestro común.

Este diferenciado acervo cultural y cognitivo ofrece un determinado continuum cultural con unas características propias (puede que definitorias), consecuencia de sus capacidades cognitivas y del desarrollo de las mismas en función del medio ambiente en el que viven e interaccionan. En este sentido, los aspectos cognitivos y sociales, demográficos adquieren tanta importancia como los tecnológicos, por lo que su análisis es imprescindible en el complejo estudio de la transición paleolítica. Estas características son las que van a definir el contexto cultural y cognitivo de estas poblaciones. Habría que comprobar en el registro arqueológico de la transición europea la existencia o no de contextos culturales claramente diferenciados. Naturalmente, utilizando los datos tecnológicos, socioeconómicos, demográficos y cognitivos obtenidos a partir de una muestra poblacional (yacimientos) que sea representativa de todo el continente europeo en ese periodo. 

Contextos cognitivos, sociales y tecnológicos en la transición paleolítica
Sumando los datos arqueológicos de estas tres facetas (cognitiva, social y tecnológica) se aprecia dos contextos cognitivos y culturales claramente diferentes. Uno de ellos tiene aspectos y relaciones de una clara evolución local, mientras que el otro tiene características que difieren de lo visto en yacimientos adyacentes del mismo periodo, por lo que podrían denominarse como de origen foráneo. Estos presentan una importante homogeneidad cultural y cognitiva dentro de cada uno de ellos. Se encuentran intercalados por la mayor parte de la Europa habitable de la transición al Paleolítico Superior. Habría que valorar los siguientes factores:

I. Rango particular de los yacimientos.
* Factores cognitivos. En definitiva son los que van a posibilitar la evolución de los demás (tecnológico, social y cultural).
- Desarrollo del simbolismo (adornos).
- Conductas dependientes de los conceptos temporales y espaciales.
- Aparición de la conducta reflexiva y flexible (Tecnología ósea, laminar, útiles compuestos: puntas y laminas que enmangar).
* Factores sociales. Relaciones e interacción social.
- Importación y calidad de materias primas.
- Elementos de sustrato.
- Relación con los yacimientos locales musterienses (similitud o disparidad).
- Relación con la propia estratigrafía del yacimiento (HAM y neandertales).
- Inclusión en un área de difusión arqueológica definida con características similares o aislamiento cultural.

II. Rango general del conjunto de los yacimientos
* Factores demográficos, geográficos y estadísticos. No tienen sentido si nos referimos a uno o muy pocos yacimientos, pero adquieren especial importancia al realizar el estudio con una amplia muestra estadística.
- Demografía de las zonas de influencia.
- Mezcla de tradiciones arqueológicas.
- Distribución europea de tales tradiciones.
- Estadísticas.



Estas dos tradiciones culturales (continuum cultural y cognitivo) están expuestas de una forma muy genérica, asumiendo la existencia de yacimientos con particularidades imprecisas para su ubicación. Sería una manifestación de la heterogeneidad temporal y espacial del desarrollo cultural y cognitivo, así de la existencia de los obligados estadios intermedios que conforman todo continuum evolutivo.

Las culturas asociadas al desarrollo local en este periodo son muchas y variadas: Chatelperroniense, Uluzziense, Szeletiense, Lincombien-Ranisien-Jerzmanowicien, Neroniense, Musteriense tardío, Musteriense con puntas de Chatelperron, etc.
Los yacimientos asociados al origen foráneo son los que se han relacionado de alguna manera con el Auriñaciense (Protoauriñaciense, Auriñaciense 0, Auriñaciense arcaico, Fumariense).

Si tenemos en cuenta estos factores, y no sólo los tecnológicos y los datos aislados de unos pocos yacimientos, el panorama nos ofrece dos formas de desarrollo cultural y cognitivo bien diferenciados. Hay que añadir que la tradición local desapareció junto con los neandertales, mientras que la tradición foránea continuó directamente con el Auriñaciense y los HAM. No tendremos la seguridad absoluta que aportan los fósiles humanos en la autoría de los yacimientos, pero el imprescindible continuum cultural de los neandertales y HAM parece que está claro con los datos arqueológicos obtenidos de los aspectos cognitivos, tecnológicos, sociales y demográficos anteriormente expuestos, lo que desembocaría en el origen del Auriñaciense

domingo, 30 de enero de 2011

Baradostiense


El llamado Baradostiense corresponde a una serie de yacimientos situados en los Zagros con una tecnología lítica similar en algunos tipos del Auriñaciense inicial, por lo que también se le ha denominado como el Auriñaciense de los Zagros. Presenta una tecnología lítica y laminar compuesta por raspadores carenados, buriles, puntas de Font-Yves y hojitas Dufour a partir de núcleos carenados y, naturalmente, elementos del sustrato musteriense del que procede en esta zona geográfica (raederas, piezas truncadas-facetadas). No se ha encontrado tecnología ósea ni adornos, indicando la posibilidad de que se deba a la escasez de materia prima orgánica y a la mala conservación de los materiales orgánicos, así como lo poco que se ha excavado en la zona (Olszewski y Dibble, 2006). Un yacimiento representativo es el de Warwasi donde se han encontrado depósitos de 2,2 m correspondientes a este periodo y que se han dividido en dos periodos:

Niveles antiguos del Auriñaciense de los Zagros   AA-LL (40-32.000 BP).


Niveles recientes del Auriñaciense de los Zagros  P-Z (32-22.000 BP).


Sin embargo, los tipos derivados de los núcleos carenados no son los más representativos del Auriñaciense. Esto, junto con la falta de tecnología ósea y de adornos (existen casos similares en la transición al Paleolítico Superior) sitúa a estos conjuntos como una tecnología asociada al Paleolítico Superior, pero con una relación con el Auriñaciense un poco imprecisa. Existe una confusión de términos correspondientes a este complejo periodo que no ayuda nada a su interpretación, por lo que es importante definir los conceptos habitualmente usados (Bar-Yosef, 2006):

1 - Early Upper Paleolithic (principios del Paleolítico Superior). Sería un plazo temporal sin connotaciones culturales, correspondiente a 10-20 milenios desde el final del Paleolítico Medio al Superior.
2 - Initial Upper Paleolithic (IUP). Serían entidades culturales (anteriormente denominadas como industrias de transición), marcando el inicio del Paleolítico Superior por medio de un claro cambio en las secuencias operativas, aunque sin ninguna específica definición cultural del mismo (Marks, 1990).
3 - Industrias de transición. Industrias en las que se observa un marcado cambio de las tecnologías líticas del Musteriense, hacia formas del Paleolítico Superior.

Por tanto, esta cultura ¿es o no es del Paleolítico Superior? ¿Qué nombre (etiqueta) sería el más correcto: industria transicional, Auriñaciense de los Zagros, Initial Upper Paleolithic (IUP)? Puede que la respuesta teóricamente correcta no exista, o que las tres denominaciones puedan usarse según el criterio personal (subjetividad). Lo que sin duda sí podemos destacar es la quiebra de la tradición Musteriense, al desarrollar una tecnología laminar más compleja (láminas y laminillas retocadas, percutor blando, tecnología prismática evolucionada, etc.) y unos tipos propios del Paleolítico Superior (laminas, laminillas Dufour, puntas de Font-Yves, raspadores carenados, buriles, etc.), que además van a ser característicos del Auriñaciense posteriormente desarrollado. Tal vez la síntesis de los tres conceptos pueda resumir sus polémicas características, al conceptuarla como una transición conductual y cultural hacia una IUP (Paleolítico Superior) con elementos tipológicos y tecnológicos que posteriormente serán propios del Auriñaciense, pero que aún distan de representarlo con seguridad. Por tanto, podría hablarse de un Auriñaciense de los Zagros (Kozlowski y Otte, 2000; Harrold y Otte, 2001; Olszewski y Dibble, 2006; Otte, 2006), aunque quizás precise otras subetiquetas (el problema es que ya se han empleado varias en Europa: Preauriñaciense, Protoauriñaciense, Auriñaciense arcaico Auriñaciense 0. Todas ellas con elementos más avanzados en el uso de la tecnología lítica, ósea y la producción de adornos) que lo situasen mejor dentro del marco temporal de las IUP que se conocen en el Oeste de Asia. Lo que si podemos concretar es que en conjunto todos pueden encuadrase en el continuum cultural y cognitivo (pues presenta mayores semejanzas con la tecnología de Bacho Kiro que con cualquier Musteriense local) que desembocaría en el clásico Auriñaciense. Otro problema sería el de las dataciones, pues sin ser muy precisas apuntan a fechas algo más recientes que algunas vistas en Europa (p. e. Bacho Kiro). Esto, ha hecho posible el descartar a esta zona como posible origen del Auriñaciense, y considerarlo como área de tradición auriñaciense, ampliando el territorio de influencia desde Portugal hasta Afganistán (Otte y Kozlowski, 2004).

El origen del Auriñaciense es el más complejo de los que hemos visto en la transición paleolítica, pues involucra a dos poblaciones (neandertales y HAM) y a diversos desarrollos tecnológicos, muchos de ellos convergentes, pero también los hay divergentes. Todo ello dentro de un marco geográfico, demográfico, social y cognitivo que no ha sido analizado en algunos aspectos trascendentes y difinitorios: su generalidad geográfica y las repercusiones estadísticas. La excesiva tradición tecnológica en este tipo de estudios junto con la igualmente excesiva parcelación en sus yacimientos representativos (un solo yacimiento, en una zona geográfica o en una delimitada área europea) hace que, como dice el refrán, la visión de los árboles nos impida ver el bosque.

Los cambios son producidos por grupos humanos (neandertales y HAM) con un determinado desarrollo cognitivo, que forman sociedades con particulares formas culturales, y que conviven en una determinada área geográfica. El continuum cultural de cada uno de ellos tendría unas características propias (puede que definitorias), consecuencia de sus capacidades cognitivas y del desarrollo de las mismas en función del medio ambiente en el que viven e interaccionan. En este sentido, los aspectos cognitivos y sociales adquieren tanta importancia como los tecnológicos, por lo que su análisis pueden aportarnos conclusiones sobre el problema de la transición paleolítica más claras y mejor fundamentadas. Lo veremos más adelante. 
  
* Bar-Yosef, O. (2006): “Defining the Aurignacian”. En Bar-Yosef, O. y Zilhão, J.(eds.), Towards a definition of the Aurignacian. Proceedings of the Symposium held. Lisboa. Portugal.
* Harrold, F. B. y Otte, M. (2001): “Time, Space, and Cultural Process in the European Middle”. BAR international Series 1005
* Kozlowski, J. K y Otte, M. (2000): “The formation of the Aurignacian in Europe”. J. Anthropol. Res. 56: 513-534.
* Olszewski, D. y Dibble, H. (2006): “To be or not to be Aurignacian: the Zagros Upper Palaeolithic”. En Bar-Yosef, O. y Zilhão, J.(eds.), Towards a definition of the Aurignacian. Lisboa. Proceedings of the Symposium held.
* Otte, M. y Kozlowski, J. K (2003): “Constitution of the Aurignacian through Eurasia”. En The Chronology of the Aurignacian and of the Transitional Technocomplexes. Dating, Stratigraphies, Cultural Implications. Trabalhos de Arqueologia 33. Proceedings of Symposium 6.1 of the XIVth Congress of the UISPP.
* Otte, M. y Kozlowski, J. K (2004):”La place du Baradostian dans l´origine du Paléolithique supérieur d´Eurasie”. L´Anthropologie, 108 (3-4): 395-406.

viernes, 21 de enero de 2011

El problema del continuum histórico (cultural y cognitivo)

Todos estamos de acuerdo en que cualquier desarrollo cultural se fragua sobre la existencia de unos antecedentes que lo posibilita. Este acervo y los nuevos logros van constituyendo un continuum cultural, dentro de una heterogeneidad espacial y temporal características de la evolución conductual humana. Lo que es obvio y relativamente fácil de apreciar en los periodos históricos, adquiere rasgos de gran imprecisión en los tiempos concernientes a la prehistoria, y más concretamente en el paleolítico. Sin embargo, aunque sea difícil encontrarlo en el registro arqueológico, tal continuidad en la evolución cultural (rápida o lenta) siempre existe, por tanto debemos de intentar aprovechar todos los indicios que los datos arqueológicos nos ofrecen para poder mostrarlo.

Yacimientos Chatelperronienses
 (rojo adornos; azul tecnología ósea)

(Pelegrin y Soressi, 2007)
Respecto de los neandertales tenemos numerosos indicios de la continuidad del Chatelperroniense y del Uluzziense como desarrollos tecnológicos a partir del Musteriense local. Sobre el Chatelperroniense se aprecia una importante relación tecnológica con el Musteriense de tradición Achelense B (MTA B), pues en general suele aparecer donde previamente existía un Musteriense de este tipo o de denticulados, considerándose como una evolución del mismo hacia patrones propios del Paleolítico Superior (Mellars, 1989; Baffier, 1999; Pelegrin y Soressi, 2007). Así, en niveles musterienses recientes (sobre el 45.000 BP) encontramos una evolución laminar y de piezas de dorso en progresivo aumento. La tecnología para la producción de puntas de Chatelperron se hace predominante, posiblemente por la gran utilidad de tales puntas (uso como cuchillo o puntas de lanzas), de tal manera que parecen ser el centro de toda la talla lítica, usando los subproductos de tallado como base para el resto de los útiles propios de esta cultura (Pelegrin y Soressi, 2007). (¿Qué es el Chatelperroniense?). Es un claro ejemplo de una evolución local, pues no sólo no rompe o es extraña a los rasgos culturales más antiguos del yacimiento, sino que de una forma continuada va transformándose en nuevas manifestaciones tecnológicas y culturales.

Con el Uluzziense ocurre algo similar, aunque algo menos claro. Se ha propuesto una evolución local a partir del Musteriense de denticulados (Laplace, 1966), aunque es difícil encontrar una conexión tipológica y/o tecnológica entre las dos industrias, las cuales presentan diferencias apreciables. Algunos autores opinan que se trata de una industria muy similar al Chatelperroniense, lo que ha sido desestimado sobre todo por aspectos tecnológicos, pues cuenta con útiles exclusivos de microlitos y medias lunas (Palma di Cesnola, 1993). Lo único claro es la gran cantidad de útiles de sustrato que presenta, por lo que su relación con el Musteriense parece clara, pero el origen y la forma de desarrollo aún es poco conocido (Kuhn y Bietti, 2000). (¿Qué es el Uluzziense?).


Sin embargo, lo que es de sentido común incluso de análisis obligatorio, no se realiza con el desarrollo cultural de los HAM. Siguiendo los parámetros de la metodología difusionista de gran importancia en el siglo pasado, del Auriñaciense no se ha podido localizar ninguna zona geográfica donde situar su inicio tecnológico y cultural, para después expandirse a Europa. Desde hace varios años conocemos diversos yacimientos en el Próximo Oriente que en el aspecto tecnológico pudieran cumplir este requisito. En ellos, aparecen unas secuencias estratigráficas que reflejan cierta evolución tecnológica, las más conocidas son las de Boker Tachtit en Israel y Ksar Akil en el Líbano. Pero su información se limitaba a indicar la presencia de una evolución de la talla laminar, que afectaba a su industria lítica, lo que en los años en los que se estudiaron era la información que más se atribuía a la transición al Paleolítico Superior. Por tanto, en su momento fueron denominadas como industrias transicionales, al pensar que podrían corresponder con uno de los focos donde se produjo el paso a la cultura moderna. Sin embargo, el Auriñaciense levantino de esta zona es muy tardío, pues no es más antiguo del 36.000 BP (Bar-Yosef, 1996), cuando con estas fechas está plenamente comprobado la existencia de un Auriñaciense con adornos y tecnología ósea en Alemania, como en el yacimiento de Geissenklösterle (Conard y Bolus, 2003). Estos datos invalidan al Próximo Oriente como origen del Auriñaciense, por lo menos en su cronología y en los aspectos más característicos de la conducta moderna, como fueron la aparición de los adornos, el uso de otras materias primas y la creación de sus característicos útiles. La realidad es que, tanto en Asia como en Europa no conocemos ninguna zona geográfica que nos ofrezca pautas de este desarrollo tecnológico y cultural con la suficiente intensidad y complejidad como para poder asumir que pudo corresponder al centro o a uno de sus centros de origen. Habría que analizar los datos del registro arqueológico con otra metodología más flexible que nos ofrezca otras vías de estudio. En este sentido, como ya mencioné en otra entrada, puede que su origen sea la consecuencia de un proceso de mayor amplitud espacial (más que una precisa zona geográfica) e incluso de mayor duración temporal, abarcando todo el tiempo que se considera la transición del Paleolítico Medio al Superior (Auriñaciense).

La teoría "Out of Africa" afirma que los HAM ya habían desarrollado un comportamiento moderno cuando llegaron a Europa, puede que tal afirmación sea una generalización consecuencia de las señales de modernidad que conocemos del registro arqueológico africano, producido con anterioridad al europeo (D´Errico, 2003; McBrearty y Brooks, 2000; Mellars, 2005), pues tal modernidad (simbólica, tecnológica y social) no se aprecia en el Próximo Oriente, aunque sí en el MSA africano, aunque con cierta dificultad en el seguimiento de su particular continuum cultural. Esta situación nos induce a pensar que el origen, características y evolución de la primera cultura simbólica europea atribuible a los HAM, debemos buscar en la misma Europa, en zonas adyacentes o en todas ellas datos arqueológicos que constituyan ese continuum que tanto nos interesa. Lo que ocurriera en otros continentes o lejanas áreas geográficas, es un problema que habría que analizar con los datos arqueológicos que se obtengan en sus yacimientos, aunque debe existir un modelo general sobre la forma de desarrollo cultural de matiz simbólico.

Puesto que la llegada de los HAM en la transición es un proceso humano y cognitivo de origen externo a nuestro continente, habría que buscar este continuum cultural entre los yacimientos que ofrezcan unas características determinadas:

- La impresión arqueológica sobre los datos obtenidos de tales yacimientos sería de una intromisión poblacional, y no de una evolución local. Se valorarían los hiatos arqueológicos (estratigrafía adyacente pero con signos muy claros de diferenciación cultural. Como ya se vio en Bacho Kiro), y la separación por estratigrafías arqueológicamente nulas.

- Tecnología y tipología lítica y ósea realizada con conceptualizaciones diferentes a las que se ven en la mayoría de los yacimientos más o menos coetáneos de la zona.

- Apreciables diferenciaciones simbólicas (adornos) con los yacimientos locales de larga duración o estratigrafía continuada, y que pueden constituir un determinado continuum cultural (contexto cognitivo), el cual no se acopla al visto en el yacimiento en estudio.

- Semejanza tecnológica, simbólica y cultural con otros yacimientos muy lejanos geográficamente y con las mismas características de intromisión arqueológica, lo que dificultaría mucho su atribución como evolución local.

Se abre el debate sobre la posibilidad de que algunas culturas del este de Europa pudieran ser originadas por los humanos anatómicamente modernos, y no asimilables al neandertal como tradicionalmente se ha comentado. Es el caso de aquellas que tienen gran semejanza tecnológica con las industrias del Próximo Oriente, y tienen un carácter intrusivo respecto de las demás culturas de la zona como el Bohuniciense (Svoboda, 2002; Bar-Yosef, 2006) o tengan elementos suficientes (Bachokiriense y demás yacimientos atribuidos al Auriñaciense arcaico o inicial) como para compararlas con el llamado Baradostiense en los Zagros tecnológicamente similar en algunos tipos del Auriñaciense inicial (Kozlowski y Otte, 2000; Harrold y Otte, 2001; Olszewski y Dibble, 2006).

La teoría básica sería que las poblaciones de HAM del oeste de Asia, por motivos desconocidos (posiblemente de carácter demográfico, climático y de supervivencia), emigraron al este de Europa, donde llegaron con una tecnología que podemos definir como Paleolítico Superior Inicial (IUP), con un sentido más tecnológico que moderno en el aspecto simbólico. El problema es la falta de conexión geográfica, la distinción con las tecnologías del IUP que ya existían en Europa asociadas al Neandertal (p. e. Lincombien-Ranisien-Jerzmanowiciense), y la correlación paleoantropológica, lo que por otro lado es extensivo a casi todas las poblaciones de la transición. En este contexto creo que habría que conocer las características del Baradostiense, para poder compararlas con las industrias más antiguas de la transición europea, y poder asumir si pueden constituir parte inicial del continuum cultural que debió de tener el desarrollo cognitivo y conductual de los HAM en Europa, o es sólo una expansión desde otros lugares con mayor antiguedad, lo que haré en la próxima entrada.

* Baffier, D. (1999): Les deniers Néandertaliens. Le Châtelperronien. Ed. La maison des Roches. Paris.
* Bar-Yosef, O. (2006): “Defining the Aurignacian”. En Bar-Yosef, O. y Zilhão, J.(eds.), Towards a definition of the Aurignacian. Proceedings of the Symposium held. Lisboa. Portugal.
* Conard, N. J. y Bolus, M. (2003): “Radiocarbon Dating the Appearance of Modern Humans and Timing of Cultural Innovations in Europe: New Results and new Challenges”. Journal of Human Evolution, 44: 333-373.
* D´Errico, F.; Henshilwood, CH.; Lawson G.; Vanhaeren, M.; Tillier, A. M.; Suressi, M.; Bresson, F.; Maureille, B.; Nowell, A.; Lakarra, J.; Backwell, L. y Julien. M. (2003): “Archaeological Evidence for the Emergence of Language, Symbolism, and Music–An Alternative Multidisciplinary Perspective”. Journal of World Prehistory, 17 (1): 1-70.
* Harrold, F. B. y Otte, M. (2001): “Time, Space, and Cultural Process in the European Middle”. BAR international Series 1005.
* Kozlowski, J. K y Otte, M. (2000): “The formation of the Aurignacian in Europe”. J. Anthropol. Res. 56: 513-534.
* Kuhn, S. L. y Bietti, A. (2000): “The Late Middle and Early Upper Paleolithic in Italy”. En The Geography of Neandertals and Modern Humans in Europe and Greater Mediterranean. Bar-Yosef, O. y Plibeam, D. (eds.) .49-75. Cambridge, Massachusetts: Peabody Museum of Archaeology and Ethnology, Harvard University.
* Laplace, G. (1966): “Les niveaux Chatelperronien, Protoaurignaciens et Aurignaciens de la grutte Gatzaria á Suhare en Pays Vasque”. Quartär, 17: 117-140.
* Mcbrearty, S. y Brooks, A. (2000): “The revolution that wasn’t: a new interpretation of the origin of modern human behaviour”. Journal of Human Evolution, 39: 453-563.
* Mellars, P. A. (1989): “Major issues in the emergence of modern humans”. Current Anthropology, 30 (3): 349-385.
* Mellars, P. A. (2005): “The Impossible Coincidence. A Single-Species Model for the Origins of Modern Human Behaviour in Europe”. Evolutionary Anthropology 14: 12-27.
* Olszewski, D. y Dibble, H. (2006): “To be or not to be Aurignacian: the Zagros Upper Palaeolithic”. En Bar-Yosef, O. y Zilhão, J.(eds.), Towards a definition of the Aurignacian. Lisboa. Proceedings of the Symposium held.
* Palma di Cesnola, A. (1993): Il Paleolitico superiore in Italia. Garlatti e Razzai, Firenze.
* Pelegrin, J. y Soressi, M. (2007): “Le Châtelperronien et ses rapports avec le Moustérien”. En Les Néandertaliens. Biologie et cultures. Documents préhistoriques, 23: 283-29.6. Éditions du CTHS. Paris,
* Svoboda, J. (2002): “The Bohunician and the Aurignacian”. En Zilhão, J. y d'Errico, F. (eds.), The chronology of the Aurignacian and of the transitional technocomplexes: dating, stratigraphies, cultural implications. Trabalhos de Arqueología 33.

sábado, 8 de enero de 2011

Arqueología y Paleontología

En las últimas semanas del año pasado se han producido diversas noticias relacionadas con la evolución del género Homo. Destacaré las siguientes:

- Se han descubierto en la cueva de Qesem (Israel) ocho dientes humanos con una datación de 400.000 BP. La noticia se ha publicado en el American Journal of Physical Anthropology. Los autores del descubrimiento (Universidad de Tel Avid) indican que puede ser la evidencia más antigua del mundo sobre los humanos anatómicamente modernos, pudiendo cambiar la idea de que su origen fue el continente africano y en fechas diferentes a las tradicionales (150-200.000 BP).  

- Se han encontrado en el sur de China un fragmento de mandíbula y dos muelas pertenecientes al Homo sapiens con una datación de unos 100.000 BP. Los descubridores (Eric Trinkaus y Wu Liu) pretenden cuestionar el origen africano de los humanos anatómicamente modernos, abogando por la tesis multirregional. Este modelo indica que desde la salida del Homo Erectus de África (hace casi 2 m.a.) y su expansión por Asia y Europa, se mantuvo cierto flujo genético que mantuvieron a los humanos de estos milenios con cierta homogeneidad genética, lo que a la larga daría lugar a la evolución de los humanos modernos, con las diferencias de la variantes regionales (las razas actuales). Los autores apuntan otra posibilidad en su artículo, publicado en PNAS, El surgimiento de manera independiente de estos rasgos en Asia Oriental. Lo que se opondría a la teoría Fuera de Africa y favorecería la del Multirregionalismo.

- El descubrimiento de una falange de la mano con un ADNmt diferente al de los neandertales y HAM con una datación de 40.000 BP, en la cueva de Denisova (Altai al sur de Siberia. Rusia). Sobre esta noticia ya realicé una entrada (el tercer homínido), concluyendo la necesidad de usar de metodologías adecuadas y bien fundamentadas, sobre el estudio de la desaparición, evolución y posible cruce del Homo erectus con los HAM en Asia. Sería una prueba de la existencia de humanos diferentes a los comúnmente referidos, así como del cruce entre ellos.

- La propia relación biológica entre los HAM y neandertales en el Próximo Oriente (Hibridación entre neandertales y cromañones).

En conjunto, todas estas noticias parecen ser de difícil compaginación con las teorías tradicionales sobre la evolución humana, e incluso en algún sentido contradictorias. Desde luego, dan la impresión de que nuestro conocimiento sobre el complejo proceso evolutivo que nos ha creado, dista mucho de estar ampliamente comprendido. Puede que una de sus principales causas sea la propia dinámica de desarrollo científico y académico de las sociedades humanas contemporáneas, pues siempre se ha partido de dos supuestos que han marcado toda nuestra tradición científica:  

- La evolución como un proceso biológico de cambio morfológico gradual y guiado por la selección natural, donde el concepto de especie es fundamental para su explicación, aunque realmente se adapta más a la teoría que a la realidad.

- La aceptación de la idea de especie como un hecho real y constante más que como un concepto abstracto, pues en realidad corresponde a un proceso clasificatorio existente en la estructura académica vigente, siendo usado para una mejor exposición doctrinal de la realidad viviente y fósil. Así, lo expresa Emiliano Aguirre en su discurso del acto de recepción a la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (Aguirre, 2000: 35):

Un taxón no es el ser viviente que pretendemos conocer – y que representa realmente nuestro fósil-: los taxones son entidades abstractas, producto de una operación racional, término de un lenguaje técnico.

Su definición más aceptada corresponde a un concepto biológico que especifica su contenido, como es la capacidad de reproducción o descendencia fértil entre elementos observables de similar anatomía (Ayala, 1980: 96). En el registro fósil es imposible poder conocer esta característica biológica, por lo que deben de establecerse criterios puramente morfológicos, considerando miembros de especies diferentes aquellos organismos de distintas épocas (aunque existe la posibilidad de convivencia temporal más o menos limitada) que difieren anatómicamente entre sí, al menos tanto como se diferencian los organismos actuales clasificados como especies distintas (Simpson, 1945: 16). En este contexto, existe la imposibilidad de comprobar la hibridación biológica de esos grupos en estudio durante el periodo de convivencia pasado, mientras que la diferenciación anatómica estaría marcada en función del azar de los descubrimientos en el tiempo y el espacio, del número de muestras a estudiar, del estado de las mismos, del registro paleoantropológico anterior y del propio criterio de sus descubridores, lo que implica una subjetividad científica muy importante, sólo admisible ante la notoria falta de datos más fiables. Por tanto, no podemos precisar, con la seguridad deseada, que algunas de las especies de nuestro género no sean en realidad manifestaciones diferentes de una misma identidad biológica (entidad de base real desconocida), con todo lo que ello podría significar. A estas bases teóricas hay que añadir las conclusiones que actualmente se están formulando y que pueden cambiar mucho tales conceptos:

- El desconocimiento de la realidad paleontológica de Asia. Si bien Europa y África están relativamente bien estudiadas, el continente asiático presenta una serie de problemas paleontológicos y arqueológicos que muchas veces no se acoplan bien con los datos obtenidos en los otros dos continentes.
- La información que podemos obtener de las nuevas técnicas sobre el ADN fósil, puede aclarar mucho la situación o complicarla aún más, pues es muy posible que rompa las simples ideas de evolución más o menos lineal y/o gradual de especie en especie (p. e. Homo habilis, Homo erectus, Homo sapiens como entidades biológicas independientes y continuas en el tiempo). Puede que sea necesario un nuevo paradigma, que sea mal flexible a estos nuevos datos genéticos y paleontológicos.

- Según se van produciendo los nuevos descubrimientos y se van obteniendo nuevos datos (ADN) nos vamos dando cuenta de la complejidad que supone la evolución, y más aún la de los seres humanos, pues con ellos se añaden nuevos conceptos que no presentan las otras entidades biológicas. Me refiero a la cultura humana, capaz de modular en parte la acción de la selección natural. Esto se ve claramente en la expansión de los humanos, proceso que ninguna otra especie de primates ha podido realizar.



La teoría sintética de la evolución entiende a las especies no como entidades inmutables, sino como realidades dinámicas en continuo cambio en el tiempo y en el espacio, ofreciendo un paulatino y lento cambio morfológico. Esta forma de cambio evolutivo se produce junto a otras variaciones morfológicas realizadas con mayor rapidez en la formación de las especies, como explica el modelo de los equilibrios puntuados y las nuevas directrices sobre el cambio morfológico ya vistas en otras entradas (Mecanismos de cambio morfológico; Paleontología, Biología evolutiva, Genética y Arqueología en la transición). 

Ante la complejidad de la evolución anatómica de varias especies coetáneas, algunos autores ven la evolución humana como un arbusto ramificado, con gran dificultad para conocer cual es el pariente más cercano y quién es el antepasado de quién (Angela et al. 1989: 187). En este arbusto, los humanos son sólo unas ramitas laterales que se han significado, no sólo por sus cualidades, sino por la extinción de todos los demás. El concepto tradicional de especie se diluye y es posible que grupos humanos con una determinada anatomía (más o menos aislados geográficamente) en sus continuas emigraciones (por empeoramiento climático, desastres naturales, etc.) pudieron cruzarse biológicamente con otros humanos con los que mantenían diferencias morfológicas importantes, siendo sus descendientes fértiles o no. Sin embargo, tampoco está claro que estos cruces fueran lo suficientemente intensos como para corroborar plenamente los postulados que la teoría multirregionalista indica.


En este sentido, pudieron existir diversas poblaciones humanas en Asia e incluso en África, producto de evoluciones diferenciadas a partir del Homo erectus y por el aislamiento geográfico. De la coexistencia de estas variadas poblaciones algunas de ellas se mezclarían, mientras que otras no lo harían. El problema es que es prácticamente imposible conocer estas posibilidades, que sólo podemos conocer por medio del los tan buscados fósiles híbridos, y actualmente del ADN fósil de nuestros ancestros más recientes.

Hay que señalar que estas vagas ideas siempre han estado rondando la cabeza a muchos paleontólogos, de ahí la diferente denominación que han recibido los grupos humanos en estudio, con el fin de referirse a una entidad determinada en un tiempo y con una relación evolutiva con las demás (cronoespecies, taxones, grados, especies, etc.). Varias de estas denominaciones no incluyen la necesidad de aislamiento reproductivo con otras contemporáneas o cercanas en el tiempo entre sí. Puede que este sea el camino a seguir dentro de la Arqueología que debe distanciarse de tanta polémica paleontológica sobre las especies, hibridaciones, ancestros y descendientes, y centrarse más en el estudio de la conducta humana.

La Paleontología tiene en el Paleolítico un papel fundamental en su propio campo: la evolución humana. No obstante, en la Arqueología debe de tener una importancia más secundaria, pues la conducta humana no está directamente relacionada con las poblaciones humanas que han configurado nuestra evolución. Las directrices especie-cultura (Homo habilis con Olduvaiense; Homo erectus con Achelense; Neandertal con Musteriense y Homo sapiens con el Paleolítico Superior) hace tiempo que se han superado. Así es comúnmente aceptado que hay neandertales con conductas musterienses de un pobre simbolismo y con culturas del Paleolítico Superior con un mayor simbolismo (Chatelperroniense). Igualmente vemos a los HAM del próximo Oriente del Paleolítico Medio con los mismos desarrollos culturales que los neandertales del mismo periodo, mientras que en el MSA africano estaban más desarrollados simbólicamente, y en Europa habría que esperar hasta el inicio del Auriñaciense. 

La evolución no produjo automáticamente la aparición de poblaciones humanas con tales logros conductuales, por lo que seguir justificándolos como logros directos de mutaciones o procesos evolutivos específicos, así como intentar ver logros culturales y simbólicos a través de la propia evolución morfológica, no creo que deba ser el camino que la Arqueología deba seguir en la actualidad. Opino que debe crear sus propios cauces y directrices sobre la evolución humana en los aspectos conductuales, pero con cierta independencia de los criterios morfológicos propios de la Paleontología. En este sentido, parece que la Arqueología cognitiva si puede tener mucho que decir.

* Angela, A. y Angela,  P. (1989): La straordinaria storia dell'uomo. Mondadori, Milano.
* Ayala, F. J. (1980): Origen y evolución del hombre. AU 278. Alianza. Madrid.
* Simpson, G. G. (1945): The principles of classifications and a classification of mammals. Bulletin of the American Museun of Natural Histoty, 85: pp.i-xvi, 1-350. 

sábado, 18 de diciembre de 2010

Origen del lenguaje

El equipo que trabaja en Atapuerca nos ha ofrecido una nueva noticia clave sobre el origen del lenguaje, a partir de los datos paleontológicos de los fósiles de la Sima de los Huesos (Homo Heidelbergensis). Se trata de conocer en qué momento de nuestra historia evolutiva comenzamos a expresarnos oralmente. Para ello, una vez superados los estudios anatómicos del sistema fonador (base del cráneo, hioides, etc.) y del cerebro (endomoldes con representación del área de Broca) por falta de conclusiones fundamentadas y claras, los estudios se han dirigido a las características del oído, como órgano receptor sonoro, el cual estaría adaptado a la variedad de sonidos que los humanos de nuestro género pudieran haber alcanzado evolutivamente. Para ello, ha reconstruido por TAC (Tomografía Axial Computerizada) las cavidades del hueso temporal donde se alojan las estructuras de oído humano, aplicándoles después un tratamiento digital adecuado. Por medio de modelos matemáticos elaborados por ingenieros de Telecomunicaciones y con las variables anatómicas adecuadas se ha podido saber exactamente cómo resuenan las cavidades, cómo oímos y qué frecuencias percibimos mejor. Las primeras conclusiones es que los hombres que habitaron en la Sima de los Huesos podían hablar, siendo esta capacidad heredada de sus ancestros evolutivos. Los antepasados comunes de los Homo Heidelbergensis y de nuestra especie debieron de tener estas capacidades que transmitieron a sus herederos. Este antecesor común sería el Homo Antecesor, que habitó estas tierras hace 1,2 millones de años. Por tanto, el origen del lenguaje humano tendría como mínimo un millón de años. Esta teoría revoluciona teorías anteriores, que sustentaban que nuestra especie esa la única que podía hablar, por lo que apareció evolutivamente en fechas muy recientes.

Todo parece muy técnico, lógico y factible, y seguramente así fue. Sin embargo, su teoría se parece más aun silogismo filosófico que a una demostración científica de un proceso tan complejo como es el lenguaje humano. Creo que hay que aclara muchos puntos:

- Dicen que las palabras ni los tejidos blandos con los que se pronuncia la voz no fosilizan, lo que es cierto, pero no del todo. Las palabras, o lo que es lo mismo la conversación o dialogo entre los miembros del grupo humano, sí dejan huella, pues gracias a ellas las acciones humanas pueden realizarse, y éstas si están presentes en los yacimientos. No han tenido en cuenta que toda acción humana es la consecuencia del desarrollo de las capacidades psicobiológicas de los humanos que las crean, y de la acción en conjunto realizada por ellos, en este proceso el lenguaje tiene un papel esencial. Tanto, que su desarrollo es paralelo al desarrollo de los datos que nos ofrece el registro arqueológico. Se sigue insistiendo en los aspectos meramente anatómicos, olvidando de nuevo los criterios psicobiológicos, sociales y lingüísticos, considerados como una unidad de acción inseparable. Pensamiento, acción y lenguaje son tres vertientes de un mismo proceso: el quehacer de la vida humana. Podemos ampliar estos conceptos en otras entradas del blog (lenguaje, pensamiento y conducta).

- Lo que han registrado es el cómo resuenan los sonidos en las cavidades humanas, pero no lo que el cerebro es capaz de captar. Esta percepción se recoge en el oído interno (nervio acústico o VII par) del que pocos datos tenemos. Estudios recientes sobre el sistema receptor auditivo del Homo Heidelbergensis de Atapuerca, presentan una limitación en el desarrollo del caracol óseo (donde se asientan las terminaciones auditivas que recogen los diferentes sonidos), como se ha podido ver por escáner del cráneo nº 5 (Muñoz, 1997), lo que podía indicar una menor capacidad auditiva en las funciones lingüísticas que la de los humanos modernos, pero al tratarse del estudio de un único ejemplar es demasiado pronto para sacar conclusiones de este tipo. Pero el lenguaje es mucho más que emitir sonidos y escuchar, pues hay animales que pueden producir toda la gama de sonidos humanos y escucharlos y sin embargo no hablan en el sentido de tener las características humanas (lenguaje y evolución). 


- La existencia de una gran banda de percepción acústica no implica necesariamente la existencia del lenguaje (al menos con las características humanas, que no se mencionan). La presencia de esta capacidad (amplia capacidad auditiva) no implica necesariamente su completo desarrollo, ni su funcionalidad dentro de un proceso en el que participan otros órganos y funciones, siendo la resultante conductual (lenguaje) consecuencia de la unión de todos ellos. Muchos animales presentan tal capacidad auditiva, incluso más desarrollada de la que se aprecia entre los humanos.

- Poca revolución se produce, pues su silogismo no está muy documentado y sólo se fundamenta en una relación evolutiva (Neandertal y HAM con un antecesor común: Homo antecessor). Pues aunque la conclusión a la que llega creo que es cierta, la forma que lo fundamente no me parece muy científica (Rivera 1998, 2006, 2005, 2009).

Vuelvo a insistir en la necesidad de realizar estudios multidisciplinares, que engloben tanto a las ciencias tradicionales de la Arqueología Paleontología como a las relacionadas con la conducta humana (Psicología, Neurología, Sociología, Lingüística, Biología evolutiva). Pues de no ser así sólo tendremos verdades a medias y poco documentadas, lo que conlleva a la perpetua discusión, al cansancio y trabajos inútiles. Un ejemplo de este tipo de estudios lo podemos leer en: El origen del lenguaje: Un enfoque multidisciplinar.

* Muñoz, A. (1997): “Escáner al cráneo nº5 de Atapuerca”. Diario “El Pais”, 27 de abril de 1997. Comunicación personal.
* Rivera, A. (2005): Arqueología cognitiva. El origen del simbolismo humano. Madrid. Arcos/Libros
* Rivera, A. (2006): “Conducta y lenguaje en la prehistoria”. ArqueoWeb, 8(1).
* Rivera, A. (2009): Arqueología del Lenguaje. Akal. Madrid

sábado, 4 de diciembre de 2010

Finalidad de la Prehistoria y formación del prehistoriador

El fin primordial de la Prehistoria es el estudio de la conducta del género Homo. En este intento, los datos arqueológicos sólo nos ofrecen señales de tal conducta de una forma muy indirecta, además de ser escasos y muchas veces en muy mal estado. Ante esta generalidad (estudio de la conducta), ¿qué es lo que realmente se intenta analizar? Aunque muchas veces se han obviado los aspectos generales de toda conducta humana, estos pueden agruparse en cinco apartados: en qué consiste, cuándo se creó, dónde tuvo lugar su inicio y desarrollo, porqué apareció en ese lugar y momento, y cómo se crearon. De tales preguntas las tres primeras son las que más ampliamente se ha ocupado el trabajo arqueológico desde su inicio. Prueba de ello es el amplio conocimiento (aunque limitado en numerosos aspectos) que tenemos de las diferentes culturas prehistóricas, lo que nos permite tener un mínimo conocimiento de tan lejanos tiempos. Su manifestación cultural queda reflejada en la gran cantidad de útiles (líticos, óseos, cerámicos, metálicos, etc.) y conductas (cazadores-recolectores, agricultores, ganaderos, metalúrgicos, etc.) que variaran según sean los periodos de estudio. Se sitúan cronológicamente en unos anagramas temporales que cada vez son más exactos, gracias a la constante mejora de los medios de datación actuales. Igualmente, se describen posibles áreas de inicio, de expansión, de influencia, e incluso de regresión de tales culturas. Toda esta información constituye un registro arqueológico enorme, dando la impresión de tener un importante conocimiento sobre el inicio de la Humanidad.

Pero la apreciación de un proceso es una cosa y, por desgracia, la realidad de su conocimiento otra. En efecto, de todo este inmenso acumulo de información los aspectos del cómo y porqué apenas han iniciado su andadura. En este punto, es cuando hay que indicar la existencia de cierto desajuste metodológico, relacionado con los contenidos históricos y académicos de la Prehistoria, que dificulta el desarrollo de estos aspectos analíticos. Históricos, pues cuando se inició el estudio de la Prehistoria se realizó en un momento en el que las ciencias encargadas de analizar el cómo y el porqué la conducta humana (Neurología y Psicología) estaban poco desarrollados, teniendo metas propias y diferentes a las de estos incipientes estudios prehistóricos. Académicos, pues la parcelación académica siempre ha sido una realidad que ha dificultado la creación de estudios multidisciplinares e interdisciplinarios, los cuales con un adecuado y extensivo uso facilitarían mucho la comprensión de tan complejos procesos.

No obstante, parece que recientemente se está cambiando el interés por conocer las profundas causas de los cambios culturales detectados en nuestra prehistoria. Así, cada vez se habla más de la cognición humana, de las variaciones neurológicas con las que se relaciona, y de las ciencias que más se dedican a su estudio (Neurología y Psicología, de cuya íntima unión nace la Psicobiología). Cada vez más, se mencionan en diversos trabajos las capacidades cognitivas de los humanos que crearon los restos que vemos en los yacimientos, del simbolismo que puede estar relacionado en ellos y, en definitiva, de intentar explicar las causas que motivaron la aparición y desarrollo de tales restos arqueológicos (serían el cómo y el porqué del cambio cultural). Pero tales preocupaciones sólo se producen en los países que tienen interés en relacionar la Arqueología prehistórica con la Antropología física y cultural, así como por las relaciones biológicas que conlleva. Mientras que en otros se omiten del bagaje académico actual, siendo escaso el interés de muchos de los que se dedican al estudio de la prehistoria, pues se carece de métodos y formas que faciliten su análisis y comprensión. Por si esto fuera poco, hay que añadir el continuo aumento de la complejidad que su estudio conlleva, así como su gran dificultad expositiva y divulgativa. No obstante, la comprensión de la realidad humana en todas las épocas pasa inexcusablemente por la utilización y desarrollo de tales ideas y disciplinas. Podemos ignorarlas por un tiempo, pero tarde o temprano se impondrán como formas imprescindibles en el estudio de nuestra conducta, sólo hay que esperar o, lo que sería mucho mejor, empezar a trabajar en esta línea teórica.

También se está hablando mucho de los estudios multidisciplinares e interdisciplinarios como necesarios para el estudio de la conducta humana. Sin embargo, aparecen nuevos problemas, como la propia composición de tales estudios multidisciplinares, es decir, que ciencias deben tratar de analizar la conducta en el lejano pasado prehistórico. Si nos centramos en los yacimientos arqueológicos, como fuente directa de la conducta paleolítica, la elaboración de estos equipos multidisciplinares debe recaer en el arqueólogo que vaya a dirigir la excavación y realizar su posterior análisis (Arrizabalaga e Iriarte, 2006). Así, siempre estarían compuestos por los criterios que su formación académica y tradición arqueológica le indiquen, es decir, por arqueólogos, paleontólogos, y en general de todos los pertenecientes a disciplinas que puedan aportan datos sobre las características geológicas, biológicas y físico-químicas del yacimiento, del medio ambiental existente durante su periodo de formación, y de su ubicación temporal y espacial. Pero, ¿estamos seguros que tal composición cumple todas las posibilidades teóricas para estudiar la conducta de las primitivas poblaciones paleolíticas?, ¿no tendrían algo que decir aquellas disciplinas que tradicionalmente estudian el comportamiento humano en su origen, desarrollo y evolución en general? Parece lógico que, en nuestro intento de alcanzar la máxima objetividad posible, debamos valorar el aporte teórico que tales ciencias (Neurología, Psicología, Sociología, Lingüística y Biología evolutiva) nos ofrecen.

Pero los problemas se acumulan, pues no es fácil encontrar una concordancia teórica entre disciplinas tan dispares, las cuales en su tarea habitual ignoran los cometidos de las demás. Esto hace que sea imprescindible cumplir una condición fundamental en toda síntesis multidisciplinar: todas las ciencias que se utilicen en su realización, inexcusablemente deben tener unos fundamentos teóricos que no sean contradictorios. Si en esta confluencia de explicaciones científicas existiesen contradicciones teóricas, habría que pensar si algún desarrollo de las disciplinas usadas pudiera no ser correcto, pues en la explicación de la conducta humana no pueden coexistir conceptos generales claramente opuestos (concordancia multidisciplinar). Por supuesto, los datos arqueológicos también deberían estar de acuerdo con las conclusiones teóricas de estas ciencias. Además, parece importante que exista una línea argumental en el desarrollo conjunto de estas disciplinas a través del tiempo en el que se produce la evolución humana. Es decir, la evolución es la causante de las capacidades cognitivas humanas (de naturaleza psicobiológica, y de base inicialmente genética), las cuales en relación con el medio ambiente en el que se desenvuelven (demográfico, social, ambiental y lingüístico) serían las causantes de la conducta que observamos en los yacimientos. Por tanto, la conducta humana sería la resultante de la interacción coordinada de las características de la Biología evolutiva (evolución, genética y embriología), Psicobiología (Neurología y Psicología), Sociología, Demografía y Lingüística sobre el género Homo, desde su aparición evolutiva hasta el presente.

Sin embargo, la realización y organización de un equipo interdisciplinario con estas ciencias conductuales supone un importante reto, pues sus métodos, objetivos y elementos de estudio son diferentes, haciendo muy difícil su interrelación doctrinal. Ni el prehistoriador suele conocer los fundamentos psicobiológicos del ser humano relacionados con la conducta, ni los psicobiólogos conocen la realidad conductual de los homínidos del paleolítico. Sin un mínimo conocimiento de estas disciplinas es muy difícil la armonización de sus contenidos, hecho que facilitaría el desarrollo de teorías mejor fundamentadas.

En este punto, es cuando hay que indagar en el problema que plantea este tipo de estudios multidisciplinares. La formación académica y el cotidiano quehacer de los que se dedican al estudio de la conducta humana en la prehistoria no tienen ninguna necesidad colectiva ni interés particular en agrandar el abanico que preguntas que expuse al principio. La mayoría (afortunadamente no todos) de ellos prefieren continuar desarrollando las cuestiones tradicionales de la arqueología (qué cambia, donde y cuando), expresando muy poco interés en las cuestiones relativas al cómo y porqué, o por lo menos poniendo las condiciones precisas para el inicio de su estudio. El estudio de la Arqueología cognitiva debe considerarse como una necesidad para lograr una mejor formación de los arqueólogos que se dediquen al estudio del la prehistoria, en especial del Paleolítico. Sé que muchos no estarían de acuerdo: ¿podrían indicar el porqué?

ARRIZABALAGA, A.; IRIARTE M. J. (2006): “El Castelperroniense y otros complejos de transición entre el Paleolítico medio y el superior en la Cornisa Cantábrica: algunas reflexiones”. Zona arqueológica, 7, (1): 359-370.